-Papá, ¿por qué siempre festejas los goles igual? Siempre sales corriendo para un lado y nada más. Si marcas, ¿no puedes hacer algo extraordinario? Haz algo especial.
Le gustaba usar la 11 en la espalda por la forma en la que los hinchas aplaudían antes de los partidos. Si la voz del estadio anunciaba a los jugadores del 1 al 11, el último en ser nombrado se llevaba no sólo el aplauso individual si no también el del empujón hacia el equipo, que se preparaba para disputar el encuentro. Cuando se anunciaba el nombre de "Brian Laudrup", la ovación era el doble. Por eso decidió usar siempre el mismo número.
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Se acostumbró a jugar al fútbol, a ver la vida, de otra manera. Cuando era chico, competía en el patio de su casa con su hermano, Michael. Era cinco años menor, es verdad, pero de todas maneras había mucha diferencia entre los dos. Brian sentía que competía con una máquina imposible de vencer. Se las arregló, aún con la sensación de que nunca podría jugar como su hermano mayor.
Fue un jugador más de partidos que de temporadas o de clubes. Tenía talento y enorme potencial, pero nunca dio el salto. No destacaba físicamente pero sí sacaba provecho de su inteligencia, de su capacidad de distinguir los tiempos, de su vida alrededor de una pelota (su papá, Finn, también fue jugador de fútbol profesional). Brian Laudrup, el hermano de Michael, uno de los jugadores más grandes de los 80, empezó a jugar en Dinamarca y rápidamente se destacó. Dio el salto en 1990, cuando lo compró el Bayern Munich por una cifra millonaria que en ese momento representó el pase más caro de la historia. Y ahí empezó una serie de malos tragos: Fiorentina y Milan, primero. Encontró su lugar en el mundo en Rangers, Escocia, donde ganó la liga en tres oportunidades. El Chelsea lo fichó, pero tampoco funcionó. En Ajax no logró demostrar su talento.
GettyA los 30 años, volvió a su país para retirarse poco después, en el 2000. Las lesiones no lo dejaban jugar más.
En la Selección de Dinamarca dejó el recuerdo más grande: primero, por ser uno de los mejores jugadores de la Eurocopa que su país ganó sorpresivamente en 1992 (integró el XI ideal del equipo junto a Peter Schmeichel). Después, por el Mundial Francia 1998. El equipo europeo pasó con lo justo la primera ronda y llegaba con pocas oportunidades a los octavos de final, pero dejó afuera a la favorita Nigeria. En los cuartos de final, ante Brasil, no hubo más que conformarse con la derrota por 3 a 2.
Roberto Carlos falló una inoportuna chilena en el área. A él le quedó picando la pelota, la midió y sacó un remate brutal para liquidar a Taffarel. Era el 2 a 2. Corrió desesperadamente, como hacía cada vez que marcaba un gol. Pero, en el medio de la desesperación, se acordó del pedido de su hijo: "Papá, ¿puedes hacer algo extraordinario?". Entonces, se tiró al piso, ubicó la mano izquierda sobre la cabeza, casi como si estuviera tomando sol, como si no le hubiera costado nada el gol. El festejo se volvió un símbolo, mucho más que algo extraordinario.
"Sí, creo que le gustó bastante el festejo", dijo algunos años más tarde.
