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Inter Arsenal Champions LeagueGetty Images

Traducido por

Proceso, paciencia y oportunidad: reflexiones sobre la temporada 2025/26

Es curioso lo a menudo que vemos lo que queremos ver.

Últimamente me he dado cuenta de que busco pruebas que confirmen mis creencias, sobre todo en el fútbol: sea un jugador, un entrenador, el proyecto de un club o una idea táctica, nos encariñamos con una narrativa y nos centramos solo en los momentos que la respaldan.

En un artículo de finales de 2025 reflexioné sobre un año difícil, personal y profesionalmente: dudas, lecciones y nuevos puntos de vista. Ahora, creo que he avanzado, aunque no siempre se note desde fuera.

A simple vista no ha cambiado mucho: he encontrado algunas oportunidades y he avanzado, pero los mayores cambios han sido internos.

Esta temporada me sorprendió ver cómo el fútbol confirmó o cuestionó esas ideas. Seguir el crecimiento de equipos, entrenadores, jugadores y proyectos me recordó lecciones de paciencia, oportunidad, fe y proceso.

Antes de que toda la atención se centre en el Mundial, quiero mirar atrás la temporada de clubes y reflexionar sobre lo que el fútbol me ha enseñado.

Cuando el proceso da sus frutos

No voy a mentir: en los últimos años he luchado por confiar en el proceso.

No solo en el fútbol, sino también en la vida.

Hablaba de progreso, crecimiento y de que lo que importa lleva tiempo, pero, aunque lo entendía, esperaba una señal de que no estaba perdiendo el tiempo, una prueba de que la paciencia sería recompensada.

La temporada pasada, empecé a dudar.

En parte se debía al fútbol: como aficionado del Inter, viví una etapa extraordinaria. Tres Scudetti, dos Copas de Italia, tres Supercopas y dos finales de la Liga de Campeones en seis años; un sueño para muchos.

Sin embargo, el fútbol hace que el éxito parezca insuficiente.

El ascenso del Inter no fue inmediato: primero llegó la reconstrucción con Spalletti y luego Conte sentó las bases del proyecto. Parecía un proceso perfecto, pero las dos finales de la Liga de Campeones perdidas, sobre todo la última, dolieron. Ver cómo el París Saint-Germain, dirigido por Luis Enrique, nos desmontaba de forma tan contundente me hizo cuestionar si la paciencia y el proceso eran suficientes. Quizá el fútbol era más sencillo: quizá el éxito pertenecía a quienes llegaban primero, no a quienes construían mejor.

Fuera del fútbol, noté que cada vez me fijaba más en los logros ajenos: ascensos, éxitos económicos, hitos. Cosas que te hacen pensar si vas demasiado lento.

Luego el Arsenal ganó la liga.

Suena extraño que el éxito de otro club influyera en mi forma de pensar, pero los aficionados apasionados solemos ver partes de nosotros mismos en los equipos que seguimos y en las historias que admiramos.

Durante años, Arteta y el Arsenal recibieron críticas. Cada tropiezo parecía demostrar que el proyecto fracasaba y cada oportunidad perdida confirmaba que les faltaba algo esencial. Aun así, siguieron construyendo.

Lo que más me llamó la atención fue un pasaje que leí en The Athletic tras su conquista del título:

«Años antes de volver a ser campeones, los responsables del Arsenal identificaron una oportunidad única en el ciclo de la Premier».

El texto explicaba que el club analizó plantillas, edades, contratos y ciclos de entrenadores rivales y concluyó que habría una ventana entre 2023 y 2027, cuando el dominio de Manchester City y Liverpool pudiera declinar.

Para mí, ese es el pensamiento procesal en su máxima expresión.

No se trata de predecir el futuro, sino de entender los ciclos y estar listo cuando llegue el momento.

Claro que el Arsenal necesitaba suerte; todos los campeones la necesitan. Lesiones, forma, fichajes y otros detalles marcan los resultados.

Pero la suerte no reemplaza años de preparación.

Lo importante no fue el trofeo, sino el recordatorio de que el momento oportuno importa. A veces el progreso se da antes de que se vean los resultados; a veces se están colocando los cimientos mientras todos miran el marcador.

Esta temporada me ha recordado que confiar en el proceso no es esperar que todo salga tal como se planeó, sino aceptar que lo que importa suele tardar más de lo que desearíamos.

El fútbol me lo enseñó.

Y, en cierta medida, la vida también me lo enseña.

Recuperando mi lado emocional

En los últimos años he luchado con mi relación con el fútbol.

Veía, analizaba y aprendía más sobre el juego que nunca, pero me sentía cada vez más desconectado.

Todo se volvió análisis.

Estructuras de presión, patrones de construcción, defensa en bloque, jugadas a balón parado, redes de pases…

Me di cuenta de que lo apreciaba más con la mente que con el corazón.

La forma en que el Inter perdió la final de la Liga de Campeones solo amplificó esa sensación. El fútbol se convirtió en un problema que resolver, no en algo que vivir.

Hasta que algo cambió esta temporada.

La Premier no vivía su mejor momento en cuanto a calidad general, pero sentí que volvía algo que echaba de menos: la expresión individual.

El fútbol va por ciclos.

Cuando la presión aumentó y las estructuras colectivas se perfeccionaron, arriesgarse se volvió más difícil: se premiaba la organización y la eficiencia. Esa etapa nos brindó un fútbol increíble: el Inter de Conte ofreció secuencias de construcción exquisitas en la temporada del Scudetto 2020-21, y el Brighton de De Zerbi llevó el juego posicional a niveles fascinantes.

Me encantaba analizar esos equipos.

Esta temporada me ha recordado que el fútbol no es solo estructura.

También se trata de artistas.

Jugadores que pueden romper el guion.

Jugadores capaces de crear lo inesperado.

Ver a Lamine Yamal, Rayan Cherki, Cole Palmer, Pedri, Jude Bellingham, Raphinha, Vinícius Júnior y Nico Paz me recordó por qué me enamoré del fútbol.

El pase es hermoso.

La combinación es hermosa.

El movimiento colectivo es hermoso.

Pero a veces el momento más memorable es cuando un jugador hace algo que nadie más en el campo puede imaginar.

Pasé mucho tiempo buscando una señal de que volvía a conectar con el fútbol.

Al final, llegó gracias a los jugadores que me hicieron volver a sentir algo.

Hoy amo más el fútbol que nunca, no por analizar menos, sino por equilibrar análisis y disfrute.

El fútbol brilla cuando une estructura y libertad.

El entrenador traza el mapa.

Los jugadores le dan vida.

Menos tribalismo, más empatía.

Hace unos años, tras leer libros, analizar partidos y ver confirmadas algunas de mis ideas, creí entenderlo todo.

No del todo, pero lo suficiente para sentirme seguro al analizarlo.

Sin embargo, cuanto más aprendo, más me doy cuenta de lo poco que sé.

Esta temporada me ha enseñado sobre todo la empatía.

No simpatía, sino empatía.

Es la capacidad de reconocer lo difícil que es el fútbol para quienes toman decisiones cada día.

Entrenadores, directores deportivos, ojeadores, analistas y equipos de fichajes lidian cada día con decenas de variables que los aficionados no ven. Cuanto más profundizo en su mundo a través de libros, podcasts, entrevistas y artículos, más aprecio la complejidad de su labor.

Los aficionados al fútbol suelen dar por sentado que, si algo no funciona, es porque alguien es incompetente.

La realidad suele ser más compleja.

A veces un buen jugador llega al equipo equivocado.

A veces un entrenador con talento hereda una plantilla inadecuada.

A veces el momento no es el adecuado.

A veces, las lesiones lo cambian todo.

Y a veces la gente simplemente tiene mala suerte.

Esta temporada me ha hecho dudar más antes de pedir la destitución de un entrenador.

Aun así, hay proyectos que desde el principio no funcionan, nombramientos que nunca encajan e ideas que jamás cuajan.

Pero la tendencia del mundo del fútbol a sacar conclusiones precipitadas se ha vuelto agotadora.

Tomemos como ejemplo a Ruben Amorim.

Su paso por el Manchester United se convirtió en motivo de burla: cada mal resultado se tomó como prueba de su incompetencia, cada decisión se analizó con lupa y cada revés se presentó como evidencia del fracaso del proyecto.

¿Cometió errores? Por supuesto.

Sin embargo, al analizar en detalle, también hubo signos de progreso: las estadísticas mejoraron, se abordaron problemas estructurales y el equipo ganó solidez en jugadas a balón parado. No fue perfecto, pero tampoco el desastre que muchos pintaron.

Me sorprende lo rápido que el discurso futbolístico pasa de la paciencia al pánico.

Decimos que queremos proyectos a largo plazo, pero muchos aficionados solo respaldan el proceso cuando los resultados llegan al instante.

Por eso el título del Arsenal me llegó al alma.

No por ello hay que conservar a todos los entrenadores: la mayoría de los proyectos fracasan.

Pero el Arsenal nos recuerda que, cuando el entrenador comparte la visión del club, los jugadores confían en su mensaje y existe progreso oculto, la paciencia a veces se premia.

La clave es que a veces.

No todas las tormentas aclaran.

Pero no toda tormenta hunde el barco.

He aprendido que las decisiones deportivas no deben guiarse por la envidia: el éxito ajeno presiona a reaccionar, aunque a veces lo mejor es mantener la calma.

Algunos clubes se asustan porque otro gana.

Los aficionados también se asustan al ver a otros avanzar más rápido.

Sin embargo, cada club tiene su propio calendario.

Como aficionado del Inter, vi a muchos seguidores pidiendo la destitución de Chivu a principios de temporada; meses después, esos mismos aficionados celebraban una de las campañas más emocionantes de los últimos tiempos.

El fútbol me recuerda que la incertidumbre no indica fracaso;

A menudo es solo parte del proceso.

Y cuanto más envejezco, más aprecio lo difícil que es distinguir la diferencia.

Confía en el momento oportuno.

Esta temporada me ha enseñado que el fútbol rara vez avanza en línea recta.

Los proyectos se estancan antes de despegar.

Los jugadores desaparecen antes de dar el salto.

Los entrenadores parecen acabados antes de reinventarse.

Los equipos parecen imbatibles antes de que termine su ciclo.

Y los aficionados, analistas y comentaristas se pasan la mayor parte del tiempo intentando convencerse de que saben lo que va a pasar.

La verdad es que el fútbol sigue siendo maravillosamente incierto.

Esta temporada ha desafiado algunas de mis creencias y ha reforzado otras. Me ha recordado que el proceso importa, pero también el momento oportuno; que la estructura cuenta, pero también el talento individual; y que criticar es fácil, pero comprender es mucho más difícil.

Sobre todo, me ha recordado por qué me enamoré de este deporte.

No porque el fútbol siempre premie a los más inteligentes.

No porque el mejor equipo gane siempre.

No porque todos los procesos salgan bien.

Sino porque el fútbol nos sorprende constantemente.

Cuando crees que lo tienes claro, aparece un jugador, un entrenador o un equipo y te enseña algo nuevo.

Con el Mundial a la vuelta de la esquina, eso es lo que más espero.

No se trata de que se confirme mi opinión.

No se trata de confirmar mis opiniones.

Solo quiero aprender algo nuevo.

Cuanto más lo sigo, más entiendo que el fútbol no tiene respuestas finales.

Se trata de mantener la curiosidad para seguir haciendo mejores preguntas.


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