Pedri no es un futbolista. Es un parque temático y un tour por Disneylandia, porque devuelve el precio de la entrada. No se equivoca ni a tiros, recibe, gira, entrega, trabaja, corre, levanta la cabeza, dribla, pisa, amaga, finta y tiene la sensibilidad de los elegidos para interpretar el juego y tomar siempre la decisión correcta. Sí, marcará una época. Si las lesiones le respetan y mantiene su nivel, su irrupción es una bendición para los aficionados, porque está llamado a ser la piedra angular del fútbol del Barcelona y también de la selección española. A los que decían que Pedri era un invento de la prensa, que no era para tanto y que no tenía nada especial, se les ha visto el cartón. De aquí a Lima. El chico es un futbolista excelente y sólo él sabe cuál será tu techo. De entrada, es uno de los mejores del Barça y de la selección. Y de propina, es el mejor joven de Europa. El "Golden Boy". Poca broma. Tiene un talento que sólo un ciego, que no ve embutido en el color de su bufanda, podría negar. Hasta aquí, la realidad. Que no es poca cosa, porque con este chico, que es una máquina de jugar bien a fútbol, hay que sacarse el sombrero.
Después está el relato, las inevitables y odiosas comparaciones, y como fin de fiesta, la constante exageración periodístico-propagandística, que dependiendo del lado de la trinchera de la cual provenga el halago o el palo, debe ser cogida con pinzas. Que se pretenda comparar a Pedri con Iniesta por su manera de comprender el juego, por cómo conduce o regatea con la pelota cosida al tobillo, es algo de sentido común, pero nadie podría asegurar que el canario, aunque haya logrado más que el manchego a su edad, acabe siendo capaz de alcanzar el estatus de estrella universal que conquistó Andrés. El campo, que nunca engaña, y el tiempo, que como decía ‘SuperGarcía’ es un juez insobornable, se van a encargar de poner todo en su lugar.
Para todo lo demás están las exageraciones a la carta, a gusto del consumidor, para generar pseudo-debates, memes, ruido, confusión y trincheras infinitas. No es nada nuevo que a los profesionales, periodistas y aficionados, al calor de una actuación puntual o una temporada memorable, se nos va la mano. Pero claro, una cosa es tomarse dos copas y otra llegar al trabajo oliendo a destilería. Una cosa es la pasión del momento, incluso escribir con la bufanda puesta, y otra, muy diferente, hacer comulgar al personal con ruedas de molino.
Una cosa son los colores, los afectos, los debates y el ‘clickbait’ y otra, muy diferente, es la realidad. Puede que algún día Pedri, que no tiene las características de juego del croata, acabe siendo mejor que Luka Modric. O no. De momento, no ha logrado ni la mitad de lo que el croata ha conquistado en su carrera. Algún día puede que Pedri supere la trascendencia de Zinedine Zidane, pero en honor a la verdad, parece complicado que incluso en su caso, aún siendo buenísimo, que pueda superar la leyenda de Zidane, que ha sido bastante más de lo que ha sido, es y será Modric, con todo respeto para el croata. Incluso dando por bueno algo que es ciencia-ficción, pudiera ser que Pedri ganase siete Balones de Oro y acabase superando los registros de marciano de Messi, pero honestamente, decir ahora, en cualquier contexto y situación, que Pedri es el nuevo Messi o será más que Messi, es algo así como haberse tomado unas copas de más en la fiesta de Blas. Que alguien frene este disparate.
Pedri no es Iniesta. Pedri no es Xavi. Pedri no es Modric. Pedri no es Zidane. Y Pedri no se parece a Messi ni en el blanco de los ojos. Pedri es Pedri. Mejor disfrutarle como a los mejores que compararle con los mejores. El chico tiene 19 años. Merece escribir su propia historia y no que otros le fabriquen un relato desproporcionado. Pedri no es Maradona. Ni falta que le hace. Pedri es Pedri. Que siga siendo así. Disfrutemos y dejemos que el chico juegue y construya su propia historia alejado de la barra del bar. Juega de cine, es humilde y va por buen camino. Dejemos que Pedri sea Pedri y no lo que queremos que sea. Porque una cosa es tomarse dos copas y otra, llegar al trabajo oliendo a destilería.
Rubén Uría




