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Ruben Uria BlogGoal

Partido a partido, vacuna a vacuna

Doscientos goles y un reguero de títulos después, la peor junta directiva de la historia del Barça decidió prescindir de Luis Suárez. Si el fondo de la cuestión obedecía a que creían que ya había dado todo lo que tenía y que en el sótano no le quedaban más goles por exprimir, nada que objetar. Otra cosa fueron las formas. El club necesitaba una cabeza de turco que ofrecer para renovar su proyecto de cambiar todo para que nada cambie. Con 33 años en el carné, el uruguayo comprendió que sus horas en el Camp Nou estaban contadas. Manifestó públicamente que se quería quedar, pero le echaron. Dijo que estaba dispuesto a quedarse si hacía falta como suplente, pero le echaron. Le comunicaron, por teléfono y en una conversación de medio minuto, que sobraba. Y como querían largarle a toda costa para desunir su sociedad con Messi, Suárez comprendió que no podía seguir donde no le querían, así que fue muy claro: ustedes me pagan lo que me deben y hago la maleta. En un auténtico prodigio de 'gestión', decidieron traspasar, sin tener un recambio fichado, a Luis a un rival directo.

Se lo enfucharon al Atlético de Madrid, casi gratis, pagando unos variables (ojo, colectivos, no individuales) y olvidando que quien ignora la historia, está condenado a repetirla. Las hojas del calendario avanzan y seis meses después, Luis Suárez no sólo es el máximo goleador de un Atlético de Madrid líder, sino que, a cada remate que hace, se le pone más cara de David Villa. El Barça regaló al asturiano al Atleti y Simeone aprovechó aquella presunta limosna para alcanzar la final de la Champions y ganar la Liga en el Camp Nou, con ovación cerrada del público en reconocimiento del torneo colchonero. Está por ver cómo acaba la historia esta temporada, pero lo que nadie puede negar ya es que Bartomeuva, sin haber jugado un sólo partido como rojiblanco, camino de ganarse una placa en el Paseo de las Leyendas del estadio Metropolitano. 

Gil Marín, después de los traspasos de Arda Turan y Antoine Griezmann, envolió cuidadosamente el regalo del Barça y Simeone se ocupó del resto. Le integró en el grupo, cambió el estilo de atacar, le acercó al área y le invitó a superarse. Resultado: el uruguayo lleva 12 goles en 15 remates, es el seguro de vida de los aficionados rojiblancos, es la contundencia hecha depredador del área y con 34 años sigue viendo la portería como una piscina olímpica. Hay quien dice que le mueve la venganza, quien sostiene que su gasolina extra es demostrar al Barça que se equivocó y quien recuerda que, Messi, que habla poco y al que se escucha menos, tenía razón cuando dijo que el problema no era vender a Suárez, sino regalárselo al Atleti.

Hubo quien dijo que Luis sería un problema para el Atleti, quien fue más allá y comentó que no estaba ni para jugar en Primera División, quien insinuó que estaba gordo, quien le dio trato de jubilado y quien pensó que se arrastraría en la elite porque vivía su ocaso. Y Suárez, que lleva 34 años de su vida saliendo de su casa, dándole un beso a su señora y facturando gol, está jugando para abrir bocas al mismo tiempo que las cierra. No marca en Champions, justificaban. Tóxico, susurraban. Fuera de forma, explicaban. Artritis, decían. Acabado, contaban. Suficiente chapapote para haber enterrado la reputación de cualquier, menos la de Suárez. El uruguayo ha absorbido toda la energía negativa que se vertía sobre él y toda la ponzoña de quienes no le respetaron y la ha canalizado en ser el martilo pilón del Atleti. No puede correr como antes, no salta como antes, no tiene la velocidad de antes, no tiene los movimientos de antes y sin embargo, sigue haciendo los goles que hacía antes. Partido a partido, vacuna a vacuna, Suárez está cobrándose todas las facturas que le quisieron pasar. Y lo peor para sus furibundos críticos es que, si no se lesiona, lo mejor está por llegar: A Luisito todavía le quedan goles en el sótano y Simeone se los va a exprimir hasta la última gota. Partido a partido, vacuna a vacuna. Porque no hay vacuna más potente contra la mediocridad que el gol. 

Rubén Uría

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