EDITORIAL
Si alguien ha sido capaz de acabar con el binomio nuñista-cruyffista en el Barcelona ese ha sido Neymar. El debate por excelencia de las últimas tres décadas en azulgrana ha quedado relegado a un segundo plano en la misma medida que crecía la ilusión de unos, temor para otros, en cuanto al posible regreso del brasileño. El culebrón no ha hecho más que engordar desde que Goal desvelara, allá en el mes de noviembre, que la posibilidad existía pero que el Barcelona ni se lo plantearía a menos que antes Neymar se arrodillara. Por si acaso perdía dinero, no lo ha hecho.
Sí se ha movido, en cambio, el Barcelona. Incluso ha radiotelegrafiado cada movimiento y la prensa, con mayor o menor acierto, ha explicado las idas y venidas del club que en un momento del día lo veía todo blanco madridista y, al rato, negro carbón. Algún prestigioso especialista de mercado llegó a decir que el pase estaba cerrado, algo desmentido por los propios hechos a estas alturas. Pero hasta este momentáneo capítulo final -tengan por seguro que habrá segunda entrega, puede que hasta dé para una saga- la división, dentro y fuera del club, no ha dejado de crecer y hoy cabe plantearse si ha valido la pena tanto ruido. A menos, claro, que el objetivo no fuera Neymar sino el ruido mediático en si mismo.
Porque si Dembélé y Rakitic tenían la llave del fichaje es fácil deducir que su postura no habrá gustado a los que sí querían a Neymar, Messi al frente. El francés está sentenciado desde que ocultara su lesión tras jugar en San Mamés pero el croata ha oído de todo, tanto desde dentro como desde fuera del club, tras seis años de intachable compromiso. Tiene motivos para estar más que cabreado con quien le decía una cosa y luego hacía otra. Descentrado como está se ha caído de los onces del Barcelona y descolgado de la convocatoria de su selección. También el agente de Coutinho se quejó de lo mismo cuando le aseguraban que su representado iba a continuar mientras le intentaban meter en un acuerdo con el PSG.
Sin el dimitido Jordi Mestre ni el destituido Pep Segura ha sido el presidente Bartomeu quien ha dirigido el sarao contra viento y marea. Pero el chairman barcelonista aglutina más cargos que aciertos en su empecinamiento por lograr la Champions League a toda costa antes de que acabe su mandato dentro de dos años, y puede no haber medido con precisión las consecuencias de sus actos. Si el objetivo era traer a Neymar no lo ha logrado tras haber dinamitado el ambiente dentro del vestuario ofreciendo jugadores que no se querían ir y que pueden quedar muy marcados. Si su intención era escenificar el interés frente a un fichaje imposible, se puede haber puesto definitivamente en contra al núcleo duro del vestuario por no haber ido en serio.
Bartomeu ha mordido su propio anzuelo, en definitiva. El PSG es la prueba viviente de que la Champions League no se gana solo con dinero. Hace falta un plan y el Barcelona lo tenía. Todos querían parecerse a él pero hoy el el club catalán se ve dividido en todas sus áreas, desde el vestuario a la junta directiva, por no hablar de la afición. Y aun siendo cierto que Valverde tiene hoy mejor plantilla que hace un año también lo es que las perspectivas son, a día de hoy, mucho más funestas que entonces. Neymar ha partido en dos al Barcelona, que solo triunfa en Europa con los astros alineados. Solo el tiempo dirá si hay margen de maniobra suficiente como para que Valverde, que ya recondució la salida de Neymar en su momento pero que hoy ha perdido muchos apoyos entre el público, puede gestionar la situación.




