GoalEl sábado, Osasuna había dejado al Valencia fuera de las aspiraciones a la posible última plaza liguera para ir a Europa. El Villarreal, seguramente espoleado por su hazaña lograda ante el Bayern, sí había hecho los deberes en Getafe. ¿Y el Athletic? Los de Bilbao recibían 24 horas más tarde a un Celta con alguna necesidad pero sin ninguna urgencia, al que poco se le había perdido en el soleado Bilbao de Domingo de Resurrección.
Ese mismo Bilbao en el que cada año por estas fechas miles de fieles a los colores rojo y blanco se van convenciendo mutuamente de que Europa tendrá la suerte de contar con el Athletic entre sus contendientes la siguiente temporada.
A la afición del Athletic, como a tantas otras, pero especialmente a la de San Mamés, le gusta que le susurren mentiras bonitas y piadosas. Cree ver teatro donde no hay sino títeres, ópera allí donde se representa zarzuela y música celestial donde percuten txalaparta. Podría decirse que, en mucho casos, la realidad del aficionado rojiblanco descansa en un relato onírico del que prefiere no ser despertado, no sea que tuviera que levantarse en armas contra demasiados culpables internos.
De lo que cada vez están más convencidos los que disfrutan, pero también sufren, al Athletic es que con la plantilla del primer equipo no da para ser verdaderamente competitivos en un torneo que precise de regularidad. Tanto por deméritos propios como por el incremento en la calidad de los rivales. El binomio impericia/mansedumbre de los leones no alcanza para otra cosa que para pasarse la mayor parte de la temporada tratando de rozar el larguero de un billete europeo que se mantiene lo suficientemente cerca como para creer que podría estar al alcance y tan lejos como para que no se acabe de asir jamás, como en la paradoja de Aquiles y la tortuga de Zenón.
Claro que volver a perder otro año más el tren europeo de esta manera, se lleva por delante la hasta ahora todavía posible continuidad de Marcelino García Toral en el banquillo del primer equipo. Sus soldados, esos que conocen mejor que nadie que sus superiores no cuentan –ni contarán– con guerreros con quienes sustituirlos llegada la necesidad, hace tiempo que ofrecen síntomas de haberse vuelto a convertir en Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, los célebres tres monos sabios que no ven, no oyen y no hablan, que esculpiera Hidari Jingoro en el siglo XVII.
Unos tienen su continuidad asegurada, mientras que al que Elizegi ha pretendido renovar a lo largo de la presente campaña, no solo ha perdido el crédito que le quedaba, sino que su rueda de prensa postpartido sonó a epitafio rubricado por quien no sabe qué más hacer con lo que cuenta y desde su proverbial rigidez.
En el horizonte se vislumbran unas elecciones de las que debería salir un equipo de dirección y gestión con ganas y capacidad para darle la vuelta a un club que lleva demasiados años confundiendo tradición con inmovilismo, actualizar con retocar, pertenencia con nepotismo y satisfacción con autocomplacencia, entre otros frenos insoportables. Camino del 125 aniversario, el Athletic de hoy es un poco más débil que el de ayer pero ¿menos que el de mañana? Dentro y fuera del verde.


