Por Juan Manuel López
Él sale a jugar. No importa lo que expresa el reglamento: él sale porque algunas reglas se hicieron para desobedecer. No se fija si el acontecimiento es por la liga española, por la Copa del Rey, por un certamen internacional o es un simple amistoso de pretemporada. Da lo mismo que sea en el Benito Villamarín o en cualquier otro estadio donde actúe su Betis. Él sale siempre desde aquel 6 de marzo de 2011, el día que nació el “minuto 26”. Sale con un plan: relativizar. Sale con una teoría: “podemos hacer todo aquello que nos propongamos”. No interesa que sus compañeros ya sean 11 y ninguno se retire del campo para dejarle el lugar, como tampoco influye la opinión del entrenador, el resultado, el poderío del rival o si el árbitro detiene el juego para que se lleve a cabo el ingreso. Los béticos, desde la tribuna, cierran sus ojos para verlo con la mirada del corazón, mirada sin miopía. Y lo saludan, coreando su nombre, como lo volvieron a hacer en La Cartuja, bien fuerte, con un grito entonado que pretende la inmortalidad. Él sale a jugar, sólo un minuto en cada tiempo (el 26), para levantar al caído y para explicar que los caminos importan más que las metas. Él está allí, donde está lo más mágico, en ese desconocido trayecto paralelo que nos acompaña. Está para decir que hay que soñar hasta la hora de dormir. Está para recordar que existen otros partidos detrás de un partido.
