EDITORIAL
"Las grandes almas siempre se han encontrado con una oposición violenta de las mentes mediocres" dijo Albert Einstein. El genial físico alemán no se refería al fútbol ni mucho menos a Leo Messi, con el que jamás coincidió ni en el espacio ni en el tiempo pero la universalidad de su sentencia describe perfectamente la cruz que le ha tocado vivir al mejor futbolista de todos los tiempos en el ocaso de su carrera, gestionado desde los despachos por una serie de personajes ajenos al fútbol que se creen que, sin más proyecto que tenerle contento, pueden delegar sus responsabilidades en los goles de este jugador irrepetible.
Pero no. Ni siquiera Maradona metía el gol maradoniano en cada partido. Messi, aun siendo la mayor de las grandes estrellas de la historia del fútbol, no gana solo. Vence y excele encajado en un modelo que le entienda y con el que se pueda entender. Pero tanto en el Barcelona como en Argentina están más pendientes de rascarle la espalda al rosarino que de rodearle de jugadores capaces de devolverle las paredes al primer toque. Y así les va a ambos equipos, que van de decepción en decepción sin que los ideólogos de tanta incoherencia futbolística se dén por enterados.
Creen que hacer el ridículo teniendo al mejor es algo aceptable. En Barcelona algunos se quejan de que el vestuario gobierne un club cuya directiva ya fue incapaz de encontrar un patrocinador principal sin la ayuda de Gerard Piqué. Los goles de Messi tapan los despropósitos de los despachos, cuyos inquilinos viven atemorizados ante la posibilidad de cabrear al tipo que sostiene el club sobre sus espaldas, un poco como en Argentina, donde algunos se creen que entregándole el balón al 'diez' ya pueden dejar de correr y hasta de pensar.
Decía el filósofo y dramaturgo romano Séneca que “una persona inteligente se repone pronto de un fracaso pero un mediocre jamás se recupera de un éxito.” Messi se levantará de la enésima decepción con Argentina, ni duda cabe de ello, a pesar del chasco. Sin embargo, da miedo pensar cómo en su regreso a Barcelona volverá a encontrar a un club rehén del triplete de 2015 e incapaz de gestionar la renovación de la plantilla para empezar otra temporada sin más estímulos que olvidar decepciones. Y tan poca proactividad, tanta reactividad, en una época tan irrepetible como la que les ha tocado tanto al Barcelona como a Argentina, duele. Duele mucho.
