GoalMe ha llamado un buen amigo desde Gernika. Aún no se conocía la noticia pero él acababa de saber que Mauri ya estaba de camino a verse las caras con San Mamés, allí arriba. Hace unas semanas me había dicho que no lo veía desde el otoño pero que era algo habitual porque “los Ugartemendia en invierno prefieren resguardarse hasta la primavera”.
Solo que al bueno de Mauri no le ha dado tiempo para llegar esta vez a escuchar el trino de los pajarillos de finales de marzo. A Mauricio Ugartemendia Lauzirika se le ha parado el corazón a los 87 años en su Gernika del alma. En ese pueblo en el que vino al orbe y en el que comenzó a jugar al fútbol como complemento al frontón donde destacaba de niño con la pelota a mano; en la misma villa foral donde durante un par de décadas regentó con gran éxito el bar Poxpolin, hasta que lo traspasó.
Mauri vio cómo se convirtió en futbolista casi sin darse cuenta. Un puñado de goles en un amistoso en Elorrio le valieron para que el equipo de su pueblo lo fichara siendo un adolescente, donde no llegó a echar raíces porque llegó el Getxo para llevárselo; cuando el equipo getxotarra funcionaba casi a modo de filial del Athletic.
Tanto gustaron sus formas que lo llamaron para San Mamés, para que paliara la salida de su paisano Rafa Iriondo en el extremo derecho. Porque Mauri jugaba pegado a la cal por la diestra hasta entonces y así lo hizo en su primera temporada en el Athletic poniendo balones a Zarra. Tuvo que ser Ferdinand Daucik quien viera que las facultades de Mauri casarían muy bien con una reubicación en la medular.
Así fue cómo nació la que durante siete campañas fue una de las parejas más célebres de la historia del fútbol español: Mauri-Maguregui, que aún hoy resuena entre los aficionados al balompié, sean de la edad que sean. José Mari Maguregui era un centrocampista de muchísima calidad y buena visión de juego aunque lento. Jugaba por delante de la defensa y desde esa zona surtía de balones a sus compañeros. Mauri, su alter ego, era fuerte, potente, de gran disparo lejano y capaz de estar en todas partes en muy poco tiempo. Tenía además un muy efectivo regate en corto que le permitía quitarse de encima a los rivales en tres cuartos de campo. Juntos, Mauri y Maguregui llegaron a hacer olvidar a otro sensacional dúo que antes que ellos había hecho las delicias de los exigentes parroquianos de San Mamés: Manolín y Nando.
Mauri tenía mucho gol para ser un centrocampista y esta condición ayudó a que aquellos leones fueran acreedores de una Liga y tres Copas, incluyendo el doblete de la 55/56, y a ser internacional con España. Suyo fue el segundo tanto de la final de los Once Aldeanos; una violenta volea con la derecha ante la que nada pudo hacer la defensa del Madrid. Eran tiempos felices para el guerniqués que hoy nos ha dejado a pesar de que el Athletic pagaba muy poco a sus jugadores. Él siempre decía que hizo más dinero en su paso de dos años por Huelva, Sabadell y Avilés que en las once temporadas en las que brilló en el Athletic.
Quienes lo trataron cuentan que escucharle contar historias de aquellos años 50 y 60 era una delicia. Gozaba de buena memoria e igual que en el terreno de juego era terriblemente apasionado en sus exposiciones. Mauri era un huracán encerrado en el cuerpo de un vasco. Al inicio de la pandemia, cuando todos permanecíamos confinados en nuestros domicilios en el periodo que fue de marzo a junio de 2020, Mauri salía a la calle a diario. No por llevar la contraria a la legalidad ni nada por estilo, sino porque necesitaba expansión. A pesar de sus 85 años las paredes de su casa le suponían un presidio y ante una Gernika soleada, Mauri se lanzaba a la calle empujado por un irrefrenable resorte interior. De poco servía que la policía municipal de la villa foral le amenazara pacientemente con multarlo una y otra vez. La autoridad sabía cómo era Mauricio Ugartemendia y que pretender reducir su día a día a una jaula, aunque esta fuera dorada, era poco menos que intentar ponerle puertas al campo.
Hoy lamentamos el fallecimiento de uno de los verdaderamente grandes de la historia del Athletic y también de un cristiano practicante que ya estará armando el taco en el Cielo. Mauri perteneció a ese grupo de futbolistas rojiblancos que oraba en los eternos desplazamientos del equipo por carretera. “El Athletic era el único equipo que rezaba el rosario, todos juntos en el autobús”, se le escuchaba repetir. Hace un rato ya que San Pedro, San Mamés y San Roque, patrón de Gernika, están convocados para un mus. Descanse en paz Mauri.


