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betis-joaquin(C)Getty Images

'Manque gane'

No hay gloria sin sufrimiento. El Real Betis alcanzó anoche las playas de la gloria y se metió en la final de Copa para hacer vibrar a un estadio abarrotado. Noche de sensaciones encontradas, de emociones a flor de piel, de merecimientos de ida y vuelta. La Copa, en toda su esencia. El fútbol, en toda su grandeza. Con su grandeza y su miseria. Con su infinita crueldad y su estruendosa belleza. Los de Pellegrini merecieron estar en la final como premio a su trayectoria estupenda en una temporada que está siendo brillante y podría ser histórica. Vivos en las tres competiciones (Liga, Copa y Europa League), los béticos tienen licencia para soñar con un equipo que anoche superó un ataque de responsabilidad y espantó sus fantasmas en el minuto 92. Porque si el Betis mereció un billete para La Cartuja por su gran trayectoria, el Rayo de Andoni Iraola también lo mereció anoche, agobiando a un equipo que le supera en calidad, recursos e individualidades, con un gol de Bebé que chutó desde el Polo Norte y puso un nudo en las gargantas béticas. Nadie habría podido protestar en caso de que este milagro andante de Vallecas hubiera sido finalista. El final, trepidante, made in Betis, abrochó una final inédita en la Copa. Un menú degustación que hará las delicias del aficionado: un representante del club del fútbol arte contra un icono del legendario estilo del fútbol bronco y copero. Betis-Valencia.

Volvamos al Real Betis. Su hinchada merecía una noche así. 'Manque gane'. Con el corazón encogido y el pánico a morir en la orilla, los béticos pidieron a los dioses del fútbol aquello que cantaba Julio Iglesias, que no se rompiera la noche. Que fuese eterna. Que no amaneciera. Tras largos años de espera, esa afición disfrutará una final. La que merecía ese escudo y la que se ha ganado con su trayectoria ese entrenador y esa plantilla. El Betis más fantástico del último lustro - veremos si de toda la historia del club-, articulado, vertebrado y diseñado como un equipo de autor por Manuel Pellegrini - ya ‘no estás despedido Manolo’-, es un equipo capaz de lo más difícil que hay en fútbol: ganar y gustar. El equipo tiene duende, personalidad y arte. En lo colectivo, brilla. En lo individual, enamora. Guido es el tapón de la bañera bética, Álex Moreno es un cohete, Canales es un artista, Carvalho es un diamante, Joaquín es el escudo que gana la batalla al reloj biológico, Iglesias es un tanque tremendo y Fekir es el poeta de Avenida de La Palmera, el verso suelto más libre a orillas del Guadalquivir. Motivos para un sentimiento. Nombres para soñar. Y fútbol para regalar. 

El único lunar negro de la noche llegó, como suele suceder en estas situaciones, cuando un jugador de la plantilla, en un momento emocional álgido, no fue capaz de contener sus sentimientos y se acordó de un jugador del eterno rival. Y se viralizó, claro. No es la primera vez que sucede y por desgracia, no será la última. Joel Robles no midió que pertenece al club del “manque pierda” y que las trece barras están obligadas a saber ganar, que es más complicado que saber perder. Si quiso ganarse al beticismo más radical con esa proclama, cumplió su objetivo, pero el precio resultó demasiado caro. Entre otras cosas, porque su arrebato emocional ensució de chapapote un triunfo que merecía acabar inmaculado. Ojalá Joel recapacite y pida disculpas sinceras. Ni él es así, ni ese puede ser el estilo del Betis. Y mucho menos, en su noche más feliz. El equipo merece un aplauso gigante porque está completando un año para la historia, Pellegrini merece un desagravio público, la plantilla merece la gratitud del público y la gente del Betis, porque sin gente del Betis no hay Betis, merece una alegría que persigue con tanta fe como ilusión. Próxima estación, La Cartuja.

Rubén Uría

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