Si el fútbol es un estado de ánimo, el de los atléticos es cambiante. Qué decir de los que disfrutan con los tropiezos rojiblancos o de los colchoneros que, siendo mayores de edad, todavía siguen consumiendo el producto tóxico de los telepredicadores habituales. De la mejor plantilla de la historia (sic) al fin de ciclo de Simeone. De la nada al todo. Del drama a la euforia. De ganarlo todo a no ganar nada. De ser los mejores del mundo a ser los peores de la historia. Y viceversa. Con el Atlético no hay término medio, ni equilibrio que valga. Entre la presión interna que supone tener mejores cromos (presuntos mejores cromos), más caros y ser el vigente campeón, entre el maremoto mundial que se arma cada vez que el equipo no da la talla, entre el paso atrás crónico que resulta complicado asimilar y entre los debates de todo a cien que genera, compra y consume el atlético de a pie, devorado por los excesos de las redes sociales y los entrenadores de sofá, el Atleti sobrevive combatiendo sus propios demonios. Un día da la talla y al siguiente, el partido le queda grande. No tiene regularidad.
En el torneo doméstico, el equipo tiene números aceptables. En Europa, inadmisibles. Otra cosa son las sensaciones. Más allá de la confianza y el crédito infinito que se han ganado y merecen Simeone y sus jugadores, durante el último mes los problemas se han multiplicado y tratar de ignorarlos es una impostura que entronca más con la bufanda que con la realidad de un equipo que atraviesa una crisis de juego, resultados y confianza. Problemas que no son puntuales, porque cuando se reproducen, son tendencia. Problemas de los que hay que ocuparse además de preocuparse. Y encontrar soluciones. En eso anda el club, que sabe lo que está en juego. Por más que insistan los profetas del pasado, el Atleti aún está en la carrera. Por más que saliven los telepredicadores, no es el fin de ciclo del Cholo. Y por más que percutan por tierra, mar y aire los inquisidores de las redes sociales, el grupo no tiene gafes, ni recomendados, ni manzanas podridas, ni figuritas de mazapán. Lo que sí tiene son problemas futbolísticos de primer orden. Y si no aplica la autocrítica y se conforma con golear en Cádiz, será víctima de sí mismo.
Al grano: Primero, la mejor arma del Atleti es Marcos Llorente. El año pasado fue imparable. Y este curso, recién salido de una lesión y sin estar en su mejor versión, sigue siendo el factor más desequilibrante del equipo. Simeone necesita recuperar un lateral derecho, inventarlo o recrearlo, pero no tiene sentido alinear a Marcos como defensa, porque cada vez que arranca al espacio, rompe al rival. Si el Atleti recupera el Llorente interior, va a multiplicar su poderío ofensivo, porque Carrasco en este equipo es Dios. Segundo, el físico y la confianza de los centrales pende de un hilo. Felipe, Savic, Giménez o Hermoso, que alternan graves errores con desatenciones, saben, pueden y deben hacerlo mucho mejor. No puede ser que cada centro lateral sea un peligro y que cada balón a la olla sea un melodrama. Eso se arregla con trabajo, atención y concentración. No se puede pelear por títulos si atrás no hay un mínimo de seguridad. Otro debate son los tres centrales. Al aficionado no le gustan, pero es igual salir con tres, cuatro o seis, si no hay seguridad. Los equipos modernos se arman de atrás hacia adelante y si en defensa se tiembla, el rival lo detecta. Tercer problema: la sala de máquinas. Koke parece fatigado, sufre como cinco posicional y necesita ayudas. De Paul es pieza clave y Lemar, si está inspirado, aporta. Sin embargo, el equipo se parte. Un cuarto volante generaría más equilibrio, ayudaría a correr menos, gobernar los partidos y potenciar la necesidad de descansar con balón. Despoblar el medio para alinear tres delanteros no es la solución. Asignatura pendientea Simeone.
Y el cuarto y último problema está arriba: Suárez, Griezmann, Joao, Correa y Cunha. Cinco piezas de primer nivel, pero que parecen cuerpos extraños en un sistema que no les saca partido. Hay exceso de dinamita, pero si el balón no llega al área, no sirve de nada. Suena feo, pero el equilibrio del grupo dependerá de rotar y de exigirles un sacrificio total en cada partido. No debe importar el nombre del jugador, ni su coste, ni su pedigrí. Si se juega cerca del área, Luisito. Si te van a defender en bloque bajo, Joao. Si es partido para sutilezas, Antoine. Si es partido de ritmo alto, Correa. Y si hay que descorchar de contra y trabajar, Cunha. Aquí también se tiene que mojar Simeone. Sin hipotecas, sin ambages y con un mensaje directo. Debe interpretar lo que el equipo pide. Se llame como se llame el jugador.
De propina, está la figura del entrenador. Tiene más talento que nunca, más presión que nunca y sus enterradores se multiplican más que nunca, porque avistan la tierra prometida y creen que, por fin, este año crujirá. Simeone parece este año confuso, superado y en algunos pasajes, hasta dubitativo. Que es lo mejor que le ha pasado al Atleti en sus más de cien años de historia solo lo niegan los teleñecos que lavan más blanco que Ariel. Que hay que exigirle soluciones, mecanismos de juego y nuevas soluciones, es un hecho. Y para encontrar el camino correcto, para que el equipo se parezca a lo que fue y no a lo que está siendo, el remedio es retomar el cholismo, que trasciende al propio entrenador. Potenciar virtudes, esconder defectos, trabajar el doble, mejorar la puesta a punto, reforzar el mensaje y poner a los jugadores que pide el campo, no el periodismo. Los atléticos le perdonarán que falle, pero no que no lo intente. Hay que dar un paso al frente. Partido a partido.
Rubén Uría




