Se atribuye a Fraklin Delano Roosevelt una cita acerca de Anastasio Somoza, que a pesar de no haber podido ser documentada, no tardó en hacerse popular a ambos lados del charco. Dicen que en 1939 Roosevelt dijo del tirano nicaragüense que “Somoza puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.
Mutatis mutandi, y sin ánimo de atender a la literalidad de la sentencia del 32º presidente norteamericano, con pocos futbolistas se ha utilizado popularmente tanto la citada sentencia como con Raúl García en la última década y media. Tan detestado por los aficionados rivales como amado por sus propios seguidores, el fiero Rulo no despertaría sentimientos tan dispares si no fuera por la variada valía de su desempeño.
La carrera de Raúl García está jalonada por numerosas actuaciones exitosas desde sus inicios en Osasuna, en su paso por el Calderón y ahora en Bilbao. Del mismo modo, son muchos los choques en los que se ha visto envuelto en rifirrafes con los contrarios y los árbitros en el ejercicio de su oficio. Guste más o menos por razón de su carácter, nadie puede negar que el navarro defiende los colores del club para el que juega, desde el pitido inicial hasta el último suspiro.
La expulsión
El pasado martes, en la visita de un necesitado Athletic al Alfredo Di Stéfano, Rulo se vio obligado a marcharse a la caseta a los 13 minutos, dejando a los leones con diez jugadores para el resto del partido. El centrocampista, vehemente en exceso esa noche, cometió tres faltas imprudentes que le costaron dos cartulinas amarillas. Los aficionados rojiblancos mostraron su decepción en las redes sociales pero con sordina. El respeto que hoy en día se le profesa en Bilbao a Rulo, es de la misma intensidad que el de la aversión que provocaba cuando era colchonero o anteriormente cuando se presentaba como osasunista en San Mamés.
De haber sido otro miembro de la plantilla el que hubiera dejado cojo al equipo en Valdebebas, la afición habría crujido severamente al protagonista. Sin embargo, con Raúl la reacción fue de rabia, sí, pero más de extrañeza, casi de incredulidad ante unas acciones más propias de alguien mucho más bisoño. Se podría afirmar que ante el roto que provocó Rulo, en una gran parte de los aficionados pesó más la hoja de servicios del navarro con el Athletic que lo que acababan de contemplar en el televisor.
La profesionalidad del jugador de Pamplona está fuera de toda duda por mucho que se le pelaran los cables ante el Madrid. Este mismo verano, mientras un nutrido grupo de compañeros suyos compartían en la redes fotos en actitudes nada edificantes en plena pandemia de la Covid, alguien filtró unas imágenes de Raúl García dando toques a un balón con unos niños, ataviado con la obligada mascarilla. Unos, en la vorágine de Ibiza y Marbella; el otro, en un tranquilo prado asturiano.
Cuando ha habido algún conflicto, ya sea en el campo o fuera de él, Raúl siempre ha antepuesto el interés general del grupo y del club por encima de protagonismos que no van con él. Llegó a Bilbao con la aureola de primer espada y con el paso de los años no ha hecho sino aumentar su peso específico a base de trabajo, de liderazgo y de una presencia en el once inicial indiscutida hasta hace pocas fechas.
Las dudas
Con la mala trayectoria del Athletic de Garitano en los últimos meses, ha surgido en Bilbao un calificativo para el estilo rocoso de equipo que más casa con el ideario del técnico de Derio. Y así, se ha comenzado a hablar del “Athletic de los García”, donde tanto el propio Raúl como Dani García son dos de las piedras angulares sobre las que ha estado edificando su proyecto Gaizka Garitano. Un Athletic de los García que se deshizo de la noche a la mañana a finales de noviembre y que cuya primera derivada fue la holgada goleada que los rojiblancos lograron ante el Betis en San Mamés.
Desde entonces y durante cuatro choques, Garitano redujo severamente la presencia de los García en el verde hasta el enfrentamiento ante el Madrid, donde volvió a dar entrada a los dos nuevamente. La apuesta por un fútbol de más combinación –escogida por Garitano o sugerida desde más arriba– no ha supuesto un cambio en las aspiraciones inmediatas del equipo, pero sí se espera que insistiendo en ella, pueda romper para bien más pronto que tarde.
Mientras tanto, en escasos meses, Raúl García ha pasado de ser el máximo goleador de la plantilla, a protagonizar los debates rojiblancos con la idoneidad de su presencia en el once como argumento. Por si fuera poco, el navarro termina contrato el próximo junio y la que parecía que iba a ser una renovación prácticamente automática, ha quedado en stand by a la espera de que desde Ibaigane tengan más claro el futuro económico y deportivo de la entidad.
Getty ImagesA su novedosa experiencia como hombre de refresco y a la incómoda situación de no conocer su futuro contractual, se han unido otros factores como un descenso notorio en su rendimiento sobre el césped o el descontento que mostró en privado cuando tres de sus compañeros hicieron campaña en favor de la llegada de Fernando Llorente con el mercado de fichajes a punto de cerrarse. Y es que son varios los ingredientes que han podido provocar dos recientes acciones que han sido objeto de los comentarios de la prensa y los aficionados locales. Por una parte, la sorprendente autoexpulsión de Valdebebas y, por otra, la no celebración de su gol en Mestalla. Un tanto que suponía en ese momento la remontada del Athletic ante el Valencia.
Es posible que las piernas de Raúl García ya no sean las mismas que le permitían acometer tantas tareas hasta hace poco. No en vano, cuenta con 34 años y casi 700 partidos disputados en el primer nivel. Pero amén de su físico, en el bravo centrocampista de Pamplona parecen haberse instalado demasiadas dudas en muy poco tiempo. Dudas propias y ajenas que no están ayudando a que por unas u otras razones se esté viendo al Rulo de siempre, tanto en lo futbolístico como en lo anímico. Y eso es algo que no puede permitirse un Athletic que no deja de flirtear con los puestos de peligro.


