EDITORIAL
Al principio decían que era un jugador sobrevalorado, de salón, y que si ganaba y metía goles era porque detrás tenía a los dos mejores pasadores del planeta, Xavi e Iniesta. Con ellos lo ganó todo, incluidos dos tripletes, lo nunca visto. Pero al poco se marcharon los dos centrocampistas y llegaron otros, distintos. Mientras, los fiascos con la selección envalentían a los rencorosos. Solo no es nadie, cacareaban. De nuevo, se equivocaban.
Porque ese jugador que dependía, según decían, de los compañeros elevaba el liderazgo a un nivel superior, arrastrando a su equipo con un mínimo de cuarenta goles por temporada durante diez años consecutivos, convirtiéndose en el jugador con más victorias de la Liga y empezando a acariciar el décimo campeonato de su carrera. Por delante solo tiene ya a Paco Gento, un jugador del que algún envidioso podría decir, equivocado, que le debía la mitad de su éxito a otro argentino.
Hoy, a los treinta y un años, prácticamente bate un récord en cada partido que juega. Presencias, goles, asistencias, victorias... Sin su némesis en la Liga, duelo que ha elevado el fútbol de ambos hasta cotas insospechadas, hasta los inmaculados voceros se han rendido a la evidencia de estar ante el mejor de todos los tiempos. Porque a menudo, el único consuelo que queda en un mundo que camina sin remedio hacia el desastre, es saber que vivimos en la misma era que Leo Messi.
