Leo Messi y el Barcelona siguen siendo vasos comunicantes, en una nueva semana de decepciones tanto en Catalunya como en París. El argentino no encuentra todavía su sitio en el PSG, confundido incluso por la decisión de Pochettino de sustituirle en pleno intento de remontada, y el Barça le echa de menos, recordando cuando tenía al mejor jugador del mundo capaz de aparecer en los sitios menos esperados y en los partidos más nublados. Esa figura, en el nuevo Barcelona, ya no existe.
La depresión post-Messi sigue alargándose en el Barça, con Ronald Koeman como principal señalado, incapaz de mejorar a un equipo que crece únicamente cuando los jóvenes deciden rebelarse, liderados por un Ronald Araujo que fue futbolista que más y mejor remató sobre la portería de un acertadísimo Maximiano, el portero de un Granada que sacó un empate del Camp Nou (1-1). El central uruguayo le pasó la mano por la cara a un Luuk de Jong que no acertó en nada, y le dio una clase magistral de como atacar el área, como posicionarse para rematar y como golpear el balón para dirigirlo hacia portería. Quién también estuvo en el área fue Gerard Piqué, que entró en los últimos 15 minutos para jugar de delantero, en una decisión que recordó a la época cuando el entrenador del actual técnico, Johan Cruyff, situaba a Alexanko de punta para cazar balones.
Araujo es el síntoma perfecto que demuestra que el Barça de Koeman no arranca. El defensa levantó a la afición, decepcionada de nuevo con las decisiones del entrenador y resignada a ver a su equipo colgando balones para encontrar a Piqué, Luuk y al mismo Araujo en el área, sin acierto en la construcción y sin ningún futbolista capaz de desequilibrar cerca de la zona de peligro. Resultadismo durante todo el encuentro. Fútbol, muy poco. El Barça sigue siendo un equipo empequeñecido, simple y entregado al éxito de un Memphis Depay que este lunes no tuvo su mejor día, acompañado de un Coutinho errático, un Yusuf Demir poco atrevido en el uno contra uno y un Frenkie de Jong que sigue siendo el líder que todos esperan.
El Barcelona intenta levantarse del desánimo general con el empuje de sus niños. Balde estuvo bien antes de marcharse lesionado, Eric intentó organizar el equipo desde atrás, Gavi hiper-revolucionó la presión en el segundo tiempo, Riqui movió el balón y Araujo empujó a todo el equipo con su fuerza y ambición, convirtiéndose en el Che Guevara de la revolución barcelonista desde el terreno de juego tras varias decisiones sorprendentes del banquillo. El público del Camp Nou no explotó contra su equipo porque los once que terminaron en el césped no lo merecieron. Demasiado jóvenes para ganarse los abucheos de una afición que respeta la voluntad y la poca experiencia de quién puede acabar formando parte de su futuro. Pero la cruz sigue pesando y la paciencia, terminándose.
