'A maior promessa atualmente” insistían voces del país vecino. Si uno atendía a lo que sus ojos veían en ‘Youtube’, no había duda. Y si uno recelaba del espíritu fenicio de Jorge Mendes, pensaba en el tocomocho. El caso es que el Atleti, que recula cuando debe acometer y carga cuando debe retroceder, se tiró de cabeza a la piscina. La operación la financiaba el Barça con el dinero de Antoine y de perdidos, al río. Media Europa estaba detrás del niño y la competencia era feroz. Se lo llevó Gil Marín, que estuvo más listo que la competencia y cerró el que será su mejor negocio como dirigente. No le pudo fichar la Juve, dispuesta a pagar la cláusula; ni tampoco pudo el Madrid, que ponía la tela y le dejaba cedido un año; ni siquiera el City, que pagaba incluso más de la cláusula pero le pedía un año más en Lisboa. Al ‘menino’ se lo llevó el Atleti, gastándose 127 millones de machacantes. Suficiente para que el ‘Club del Ofendido’ se tirase a la yugular de Simeone con la cantinela de ‘el equipo del pueblo’. Ya saben, el burdo reproche cuya entonación correcta es: “Il iquipi dil piibli”.
El huracán de Viseu llegó al Atleti y pagó el precio del fielato por vestir esa camiseta. Antes de triunfar, toca el servicio militar con Simeone. Mientras el personal categorizaba que no decidía partidos, mientras los odiadores profesionales del Cholo le culpaban de amargar al niño y mientras el panenkismo ilustrado hablaba de sistemas y esquemas, vaticinando que jamás triunfaría en el Atleti, João Félix hizo lo que debía. Trabajar más, sacrificar su ego, asimilar todos los conceptos que le pedía el entrenador y procesar que, para triunfar en el Atleti, no debes preguntarte qué puede hacer el equipo por ti, sino qué puedes hacer tu por el Atleti. Se trataba de hacerle ver que debía implicarse más, que podía gobernar los partidos y no limitarse a ofrecer pinceladas y que podía y debía ser el jugador que necesitaban sus compañeros.
Un curso después, João Félix y el Atleti han fusionado sus caminos para desintegrar cientos de tópicos. Los que profetizaban que João jamás triunfaría en el siderúrgico equipo del malvado Simeone, se han quedado mustios cuando ven la alegría que transmiten entrenador, equipo y jugador. João es feliz en este Atleti. Y cada día, lo exterioriza más. Sí, el entrenador explota las características de los jugadores que tiene y está siguiendo lo que el equipo le pide. Ahora defiende diez metros más arriba, tiene más balón – para atacar y defender-, busca el segundo gol con insistencia y aunque tiene margen de mejora porque aún no ha ganado nada, está cerca de lograr el equilibrio. Y João también ha cambiado. Trabaja más, la pide más, interviene más, decide más, se implica más. Nadie le ha regalado nada y Simeone,menos. Se lo ha tenido que ganar en el campo. Donde debe ser. Y precisamente por eso, los compañeros le respetan.
Nadie mejor que Simeone sabe que, aunque João tiene veinte años, posee un talento futbolístico tan letal como refinado. En un equipo que jamás se preocupó de ganar concursos de estética, ahora la belleza ha explotado como una bomba de racimo. Bueno hasta decir basta, pura plasticidad, João devuelve el precio de cada entrada. Si a uno le gusta el fútbol, le gusta João. Control y vértigo, amago y pisada, velocidad y pausa, engaño y finta. Puro talento. El que se aprende en la escuela de la calle, porque este niño es puro barrio. Simeone no le pone puertas al campo y si João Félix quiere, el monte será orégano. Messi al margen, no existe un jugador de fútbol más plástico ni más estético que este portugués imberbe. Cuando la pandemia remita y los espectadores regresen a los estadios, va a ser un espectáculo ver cómo João fusiona la plasticidad de su fútbol con los decibelios de la apasionada hinchada del Atleti.
Rubén Uría




