Se ha marchado uno de los artífices de la historia del fútbol marroquí, el exárbitro internacional Jilali Gharib, que ha abandonado nuestro mundo tras una lucha contra la enfermedad, dejando tras de sí un legado arbitral que no se borrará de la memoria del deporte nacional.
Gharib no fue un árbitro cualquiera, sino el primer «rompedor de barreras». En el verano de 1994, mientras las miradas del mundo se dirigían hacia Estados Unidos, el nombre de Marruecos se inscribía en los registros del Mundial por una puerta distinta: la del silbato.
Jilali Gharib se convirtió en el primer marroquí que pisó el césped de una Copa del Mundo como árbitro asistente, abriendo un camino allanado para generaciones de árbitros marroquíes que lo siguieron hasta la mayor cita futbolística del planeta.
El momento histórico más destacado de su trayectoria mundialista fue el 16 de julio de 1994, cuando se situó en la línea de banda en el partido por el tercer puesto entre Suecia y Bulgaria, testigo de una arrolladora victoria sueca por 4-0 y partícipe en la escritura de un capítulo de la historia.
Pero el legado del fallecido trascendió las fronteras del Mundial. Llevó el silbato marroquí a otros continentes, siendo el primer árbitro del Reino en participar en una fase final de la Copa de Asia y el primero en representar al arbitraje nacional en unos Juegos Olímpicos, fundando la escuela del «embajador del silbato» que hizo presente el nombre de Marruecos en los grandes escenarios, incluso antes de que sus jugadores brillaran sobre el césped.
Con la partida de Jilali Gharib, el fútbol marroquí pierde a uno de sus símbolos pioneros, un árbitro que no solo dirigía los partidos, sino que dirigía la propia historia y la conducía para escribir el nombre de su país con letras de oro.



