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Juez árbitro VAR EspañaGetty

Estafar al fútbol

Chris Mc Dougall decía que toda gran causa comienza como un movimiento, se convierte en un negocio y termina siendo un fraude. El VAR llegó como una gran herramienta para ayudar a los árbitros, se convirtió en el negocio de unos pocos y ahora mismo es un fraude. No se recuerda un momento peor del arbitraje español. Nos tiramos años pidiendo que la tecnología ayudase a los colegiados, nos pasamos años exigiendo mejorar el nivel y cuando estaba en la mano, los dueños del tinglado decidieron pervertir el espíritu del VAR, convirtiendo una herramienta maravillosa en un engendro que está asesinando la reputación del fútbol. Desde la implantación del VAR, la calidad arbitral ha caído en picado, porque los trencillas y por supuesto, sus jefes, se han recostado en un sistema clientelista, coporativista y nauseabundo, donde los que están en la sala VAR son juez y parte, siendo presidente de la empresa y delegado sindical a la vez. Los árbitros están encantados porque el sistema les permite seguir "poniendo el cazo" y el fútbol español sigue sin querer imitar a la NBA ni a la NFL, ligas realmente profesionales y no chapuceras, que tienen cuerpos específicos de VAR, con un criterio único y una plantilla independiente.

El fútbol ha enloquecido. Se intuía que, en este país, pasar del "Antiguo Testamento" - como suele decir Alfredo Relaño, el inventor del "Villarato"- al "Nuevo Testamento" sería traumático. Se sabía que el VAR no acabaría con las polémicas, pero se suponía que esta herramienta haría nuestro fútbol algo más justo. Y sin embargo, lo que ha terminado por suceder es justo lo contrario. El fútbol ha enloquecido por completo. Ni jugadores, ni entrenadores, ni directivos, ni aficionados saben qué es mano y qué no, qué es tarjeta y qué no, qué es expulsión y qué no, y qué es fuera de juego o no, porque ya hasta se duda de si las líneas están bien tiradas o no. Eso, en cualquier país del mundo, sería suficiente para que el colectivo arbitral reflexionase sobre lo que está pasando. Pues no. Ahora ya no solo son los aficionados los que no saben qué se pita, cómo se pita y por qué se pita un día sí y al siguiente no. Ahora también son los árbitros los que no tienen ni pajolera idea de lo que pitan, porque aplican un código ético-justiciero de geometría variable. Y tenemos un problema. Uno gigante. Solo hay un colectivo con menos credibilidad que el arbitral: el periodístico. Y con razón. No estamos para darle lecciones a nadie. Tampoco a los árbitros.

Eso sí, lo que sucedió este fin de semana ha superado todos los límites de lo tolerable. Uno cree en la honestidad de los árbitros exactamente igual que en la de otros profesionales. Los hay honestos y los hay que no. Los hay buenos y también malos. Los hay con vergüenza profesional y los hay que no concen la vergüenza. Hay de todo, como en botica. Lo que no puede tolerarse, ni un minuto más, es que primero Velasco Carballo y después Medina Cantalejo nos hagan comulgar con ruedas de molino. Siguen debajo de la cama. Basta.

La calidad del arbitraje español está por los suelos, la credibilidad del estamento por debajo del nivel del suelo y el aficionado está hasta el gorro de que piten lo que les sale del forro de sus caprichos. El arbitraje que se vivió en el Metropolitano fue infame, calamitoso y caprichoso. De camisa de fuerza. Luego llegó el plato fuerte en Sevilla. Hasta un ciego podría ver que Camavinga debió ver la segunda amarilla porque no tocó el balón y sí la pierna de Martial. Y hasta un vendedor de cupones de la ONCE, con todo el respeto del mundo para sus ejemplares trabajadores, habría visto que Vinicius controló la pelota con el hombro y no con la mano. Lo vio toda España, menos los que lo tenían que ver. Anular ese gol fue un escándalo. Ha sido el enésimo escándalo arbitral de una competición que está alcanzando mínimos históricos y está convirtiendo el fútbol en un deporte de histéricos.

El fútbol está harto, el aficionado está hasta las narices y este magnífico deporte no se está muriendo, lo están matando. Lo que está pasando en el fútbol español hace tiempo que es un disparate y ahora, por desgracia, ya se ha embarcado en el camino de la vergüenza. Están estafando la ilusión de la gente. Nadie en su sano juicio se puede creer lo que está pasando con los árbitros. Pitar es muy difícil, errar es humano, los jugadores no ayudan y los clubes están encantados de que los colegiados siempre sean los malos de la película, pero esto tiene que parar. Basta. Si un árbitro, se llame como se llame, no tiene personalidad para echar a la calle a un señor cuando lo ha visto toda España, no puede seguir pitando. Y si el mismo árbitro, habiendo visto todas las tomas que puede ver, sigue pensando que un señor controla con el brazo lo que todo el país ve que ha controlado con el hombro, es una vergüenza. Una estafa al fútbol. Hagan algo decente. Rectifiquen. Creen un cuerpo específico de VAR como en la NBA o la NFL. Sean profesionales, sean creíbles. Están matando este deporte. Y con su soberbia e incompetencia, están estafando al fútbol.

Rubén Uría

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