Su hija de cuatro años le tuvo que decir que el fútbol no era su vida, que su vida era su familia. Cuando vi ese fragmento de la serie de Simeone, me fijé cómo se le humedecían los ojos y se le formaba una pelota gigantesca en la garganta. Pensé en la pasión que pone ese señor en su vida. Pensé en lo difícil que debe ser conciliar una vida familiar plena con un trabajo tan agotador como liderar un club de elite durante una década. Y pensé en la suerte que tiene el Club Atlético de Madrid de tener a un señor que le dedica las 24 horas del día a aprender, mejorar, competir crecer y superar obstáculos, por muy complicados que parezcan, desde una ambición extraordinaria para conjugar su verbo favorito: ganar.
Aunque para el relato cholista Diego siempre será Dios, es un hombre de carne y hueso. Alguien que no es perfecto, ni infalible, que ha cometido errores en su vida, que tiene cicatrices y que aprende, día a día, a combatir sus demonios interiores con una energía admirable. Su papá, su vieja, sus hijos, sus niñas, su pareja y su estrecho círculo de amistades también viven partido a partido. Son un equipo. Sonríen y sufren juntos, como en el fútbol, que es el mejor relato de la vida. Como el Atleti, que es la historia de una pasión inexplicable que te mata y te da la vida, que te hace subir y bajar de las nubes. Caer y levantarse. Esa es la vida de Simeone. Esa es la del Atleti. Hace seis meses el Atleti se coronaba campeón. Con una primera vuelta arrolladora y una segunda de resistencia. Hoy el Atleti es un mal paciente, una víctima de sí mismo. Un enfermo que no para de recaer y lleva meses ingresado en la UVI. Y ahí, por supuesto, aparece Simeone. Si figuraba el primero en la fila de los éxitos, también ocupa el primer lugar en la cola de las culpas. Así debe ser.
El Atleti ha tocado fondo. La pregunta es ¿y ahora, qué? Al grano: Si Simeone está perdido, que se encuentre; si dice que las palabras ya no tienen sentido porque sólo cuentan los hechos, adelante; si tiene que lavar los trapos sucios en casa, hágase; si hay que sacar la “mesa chica” en los despachos y en el campo de entrenamiento, que sea cuanto antes: si tiene que salir y decir que se ha equivocado en todas sus decisiones este año, que lo haga, porque se ha ganado el derecho a meter la pata; si cree que es un problema de confianza, que lave el cerebro al personal; si cree que esta plantilla no da para más, que exprima hasta la última gota hasta junio y que haya limpia en verano; y si, por el motivo que sea, no se ve con energía y quiere dar un paso al costado, toda la suerte del mundo y gratitud eterna para el señor que refundó un club varado en la mediocridad.
Si el grupo está bloqueado, que se una y busque soluciones. Si hay quien debe decirle al entrenador que sus decisiones no están siendo buenas para el grupo, que tome la palabra; si hay gente que está haciendo la guerra por su cuenta y cree que para lo que les queda en el convento, se lo hacen dentro, que el grupo sea maduro y les aparte por el bien de la familia; si los futbolistas están a muerte con Simeone, que sean conscientes de una vez por todas de que lo están disimulando bastante mal; si se creyeron la trola de "la mejor plantilla de la historia", viven en Narnia, porque el movimiento se demuestra andando; si creen que el entrenador es el único culpable de perder ante el colista sin rematar a portería, se están engañando a sí mismos; si los jugadores no están con su entrenador, que traguen quinina hasta junio, que den todo lo que tienen y cuando acabe la temporada, si así lo desean, que pidan la cuenta; si los jugadores creen que Simeone les tiene que seguir tapando y descargando de responsabilidad para quitarles presión, que sepan que están siendo cobardes; y si algunos, por alguna remota casualidad, le están haciendo la cama al Cholo, han entrado en el Atleti pero el Atleti no entrará jamás en ellos. ¿Y en el palco? Aún más sencillo. Si el club no cree en Simeone, que le despida cuanto antes. Y si cree, que le renueve hasta 2033. Biberón y a soltar a las fieras. “Las caras, Juan, graba las caras”.
Sí, Simeone está herido. Sí, el Atleti está casi muerto. Y como pasa siempre, en los momentos de dificultad extrema, al calor de la carroña, sobrevuelan los buitres mediáticos. Llevan nueve años torpedeando a Simeone, con el contenedor de bilis a tope, deseando que el Atleti vuelva a ser el equipo simpático que no ganaba nada, el chiste fácil de la oficina. Hoy hacen mofas. Salivan. Festejan. Avistan la playa del dolor atlético, intuyen que a Simeone le llega al agua por las rodillas y repiten su mantra habitual: Cholo cagón, Cholo fin de ciclo, Cholo cobra mucho y Cholo dimisión. En Sicilia, las mujeres son más peligrosas que las escopetas. En España, la telebasura deportiva es peor que cualquier siciliana despechada. Han puesto el champán a enfriar y quieren poner la cabeza del Cholo en su sala de estar, como sus Champions. Buen provecho. Su ponzoña, como una gota malaya, ha calado entre un sector de atléticos que un día grita “orgullosos de no ser como vosotros” y al siguiente, se tira de cabeza a un micrófono para decir que Simeone se tiene que ir. Es una autopista de doble dirección: a un lado, un señor que, con sus éxitos y fracasos, es un icono del Atleti. Al otro, los que desprecian al Atleti. Si alguien duda qué lugar le corresponde a los atléticos en esta historia, que recuerde el consejo de Michael Corleone: “Nunca te pongas del lado de alguien que vaya contra la familia”.
Rubén Uría




