Con el estreno de Quique Setién como coartada, se reactivan las diferentes maneras de vivir y debatir sobre el juego y ese concepto tan voluble sobre qué significa “jugar bien”. Que nadie dude: de aquí hasta final de temporada, el debate será aún más recalcitrante acerca de qué es jugar bien y qué no lo es. Asistiremos, jornada a jornada, porque uno ya se conoce a sus clásicos, al combate dialéctico entre los que defienden un único estilo de juego mientras desdeñan otros, en el que aficionados y periodistas intercambiaremos puntos de vista y dardos, verbales o estadísticos, para reforzar nuestro punto de vista. Y más allá del resultado, que es el primer eslabón de la cadena en el fútbol profesional, nos adentraremos en las procelosas aguas de quienes reniegan de lo que no conocen o de quienes se arrogan una cierta superioridad moral respecto a los que juegan de una manera que no es la suya. Estableceremos un cordón sanitario contra todo aquel que opine diferente a nuestra opinión y nos creeremos en posesión de la verdad. Quizá por eso este juego es tan grande, porque se puede interpretar de mil maneras diferentes.
Hay que ser muy atrevido para juzgar a Setién por su primer partido. Tanto como pretender que el debut del cántabro esté condenado a emular al mejor Barça de la historia de Guardiola. Cabe esperar que, más allá de filias y fobias, se tenga con Setién la paciencia que se tuvo con Valverde. Lo contrario, establecer una diferencia entre el pasado y el presente por un partido, obedece más al arte de la futurología que al relato de la realidad. De entrada, con datos en la mano y una mirada futbolística templada, hubo brotes verdes en lo táctico: búsqueda de tercer hombre, defensa de tres para salir tocando, amplitud por bandas, un tibio intento de presión tras pérdida y posesiones eternas. Una lectura que debe convivir con otra que no es incompatible: que la posesión del Barça fue demasiado retórica, que faltó profundidad, que los interiores generan poco, que después de mil pases sólo Messi sigue siendo capaz de eliminar rivales y que, once contra once, el Barça nunca pudo desarticular a un Granada que estuvo de pie hasta sufrir una rigurosa expulsión.
Más de mil pases después, con un 80% de posesión y seis remates a portería, el Barça ganó con la receta de siempre: Messi. El tiempo dirá si Setién era lo que necesita el Barça o no. Llega al Barça sin títulos, pero con una idea y una promesa: que su equipo jugará bien. Para que la canción de Setién, además de buena letra, tenga buena música, habrá que esperar. De momento, tiene justo lo que tuvieron Martino, Luis Enrique o Valverde. El mejor solista, Messi. Pasa el tiempo y pasan los entrenadores, pero eso no cambia. Sin Messi, no hay letra ni música que valga.
Rubén Uría

