Todo es imprevisible en Correa. Lo es en lo bueno y en lo malo. Lo es para la grada, para los compañeros, para el entrenador e incluso para él mismo. Capaz de solucionar problemas al tiempo que los crea y de generarlos mientras los soluciona, Ángel es un futbolista marcado por la suerte de lo inesperado. Hijo de la pobreza, producto del fútbol de barrio, elaborado en el potrero y artículo de lujo en el fútbol profesional, Correa representa la dinámica de lo impensado. Cuanto más fácil es el pase, más duda y menos provechoso es para la dinámica del equipo. Y cuanto más difícil es la jugada, más acierta con la combinación para reventar la caja de caudales del contrario. Su don natural supera cualquier plan defensivo. Recibe, gira con virtuosismo, encara con facilidad, se acomoda y vacuna. Ese es su punto fuerte. El más flojo, su capacidad de elección: es tan difícil sacarle la pelota como encontrarle una buena decisión en el pase. Con él no hay término medio y no deja indiferente a nadie: o se sale y se echa el equipo a la espalda eliminando rivales a su paso, o se complica la vida fallando en la marca, midiendo mal o desperdiciando una ocasión clarísima. Su gran aval, su enorme calidad. Su único lastre, su falta de regularidad. Talentoso, pícaro y regateador nato en carrera, Correa hace la diferencia cuando se encuentra cómodo y resta más que suma si se siente fuera de su zona de confort. Su rendimiento, con constantes picos de sierra, oscila entre el revulsivo de lujo y el aspirante eterno a una titularidad que no termina de digerir ni consolidar.
Que Simeone va a seguir dándole oportunidades, porque aún espera ver su mejor versión, es un hecho. El campo manda y ahí Correa todavía tiene respuesta cuando los partidos requieren una velocidad más y un componente de desequilibrio. Como segunda punta o desde el flanco diestro. Lo que pretende el Cholo es que su puesta en escena deje de ser una moneda al aire: le reclama más regularidad, más constancia, menos faltas de concentración y más vértigo. Los compañeros, también. Y el propio Correa, también. Quiere, sabe y ahora tiene que poder. Nadie mejor que él sabe que todavía no ha roto en el magnífico jugador que podría llegar a ser, el club le está dando confianza, el entrenador no se resigna a concederle un rol menor en el equipo y nadie podría convencer a sus compañeros de que Correa no tiene todos los dones futbolísticos que se le pueden atribuir a una estrella. Ahora sólo le falta un punto de madurez, de autoestima y de ambición. Componentes esenciales que, dentro y fuera del campo, harán que Correa sea mucho mejor jugador de lo que parece y aún mejor de lo que él mismo cree que puede ser. No hay que perderle la fe. El gran desafío de Angelito aún está por venir: necesita demostrarse a sí mismo que es mucho mejor de lo que los demás creen que puede llegar a ser. Si da ese paso al frente, se meterá al público del Metropolitano en el bolsillo. Simeone defiende que el fútbol empieza en la cabeza. Correa tiene buen pie. Ahora necesita amueblar su cabeza. Convencerse a sí mismo de que puede derribar la puerta grande del Atleti. Cuando lo haga, será un referente para la tribu atlética.
Rubén Uría
