Consejo: si odia el famoso “periodismo para periodistas”, no siga leyendo estas líneas. Por el contrario, si el tema le interesa, adelante. Al fondo hay sitio. Al grano: hay una constante que, a lo largo de los últimos años, se repite. No hay día, semana, mes o año que no me cruce con aficionados que me transmiten su profundo malestar y su enorme decepción por el estado actual del periodismo deportivo. Y no hay día, semana, mes o año que no me cruce con algún aspirante a periodista o compañero en paro que, además de solicitarme trabajo, me pida opinión sobre si algún día cambiará este tinglado. Uno antes opinaba. Ahora, se encoge de hombros. Hay de todo: desde una legión de periodistas que se jactan de vivir el mejor momento del periodismo deportivo – en cantidad y calidad, dicen-, pasando por una abrumadora mayoría que se cuestiona el sistema, que reniega de la banalización del oficio y que proclama la necesidad de una profesión alejada de la militancia y del contenedor de basura. También cabe otro sector, menos beligerante, que entiende que en el término medio está la virtud y que considera que hay espacio, mercado y oportunidades para que puedan convivir el show con el rigor, la credibilidad con el desfase y la noticia con el esperpento. Quizá sean los más sabios y los más prácticos. O no. Al fin y al cabo, de fútbol y medicina todo el mundo opina. Y de periodismo, ración doble de lo mismo.
Doctores tiene la Iglesia, dicen. Supongo que cada uno tiene su manera de entender la profesión y que cada uno, desde su circunstancia, su realidad y su conciencia, es capaz de entender su oficio del modo que cree conveniente. Incluso hasta puede hacerse preguntas, más o menos incómodas: ¿es más importante vender periódicos que tener credibilidad? ¿puede convivir la dictadura del click con el código deontológico? ¿es sana una profesión que paga dos millones de euros a un tío mientras tiene a otros dos mil en el paro? ¿las noticias suceden o se fabrican, se dan o se cocinan? La humilde opinión de quien esto escribe es dura, pero sencilla. Exclusiva: Hemos perdido credibilidad y seguimos en caída libre, sin capacidad para rebelarnos ante un sistema de holding de empresas que travisten el periodismo, estableciendo un cordón sanitario que divide la profesión entre “lo que vende y lo que no”. O como le gusta decir a los nuevos popes del negocio, hemos trazado una línea divisoria entre el “periodismo triste” y el “periodismo alegre”. Ni bueno, ni malo. Que cada palo aguante su vela.
Como hay quien suele reprocharme – y con toda la razón- que una cosa es predicar y otra diferente, dar trigo, les brindo una confesión. Me declaro culpable: no me siento ya capacitado para hablar de periodismo cuando después de años de combatir ciertas prácticas, me siento ya parte de ellas. No me siento ya legitimado para voltear un escenario de mediocridad que, jaleado por los que se están haciendo de oro alimentando la histeria del Madrid-Barça de cada día, ofertan un contenido vulgar y teledirigido. Ya he perdido la posibilidad de quejarme del elenco de payasos, domadores y equilibristas, porque me guste o no, formo parte del circo. Así que por aquí anda uno, haciendo examen de conciencia. Preguntándome en voz alta cómo es posible que odie el periodismo que se hace y que, lejos de combatirlo, me haya convertido en parte de él. Y llega la pregunta del millón, parafraseando a Mou: ¿Por qué? Primero, porque una cosa es ir por la vida dando lecciones y otra, aplicártelas. Sólo por este motivo ya deberían haberme dado dos medallas. Una por gilipollas – con perdón-, y otra por si la pierdo. Segundo, porque te justificas y parapetas con algo tan real como fácil, pagar la hipoteca. Y tercero, porque cuando tu cuenta corriente crece proporcionalmente a tu popularidad, empiezas a pensar que la culpa no es tuya, sino del mundo, que es el que nos ha hecho así. Llega un día en el que te sorprendes a ti mismo cuando te has inmunizado de la ración diaria de náusea del Madrid-Barça, otro en la que no eres consciente de que te ha devorado el personaje y otra en el que cruzas la delgada línea roja, interiorizando que ya te da igual contarle al espectador/oyente/lector cualquier mierda que quiera ver, escuchar o leer. Aunque, en el fondo, no te la creas. Aunque no te guste la alfalfa, tragas. Primero, por comodidad. Luego, por dinero.
Qué decir de las redes sociales. Esa suerte de bar abierto hasta el amanecer donde se intercambian memes, envidias, insultos, vejaciones y disparates, en la que, por un puñado de seguidores, terminas inhibiéndote, aplicándote la peor de las censuras posibles, la autocensura, no sea que tus seguidores te reprochen tus opiniones, se vayan a la ventanilla de enfrente y dejes de ingresar euros por tu presunto estatus de “influencer” (sic), que dicen ahora. Un día te descubres entrando al trapo, al otro bloqueando, al otro silenciando y meses más tarde, insultando. Con impunidad, por cierto. Verán, del prestigio del oficio viven pocos. Del ruido, por desgracia, vivimos casi todos. Y no es que un periodista sea bueno o malo, mejor o peor, por los lugares en los que trabaja o las empresas que le pagan. No es que no pueda mantener su criterio, sus formas y su respeto a la verdad, sea del tipo que sea el programa en el que participe. Haberlos, como las meigas, haylos. El problema es que, por desgracia, y hablo en primera persona, los programas te comen a ti. Te devoran. Tanto, que un día te crees que eres alguien que ni eras ni querías ser, pero que un día cualquiera, descubres que estás siendo. Y cuando te ves diciendo una barrabasada, cuando te inmortaliza “La Libreta de Van Gaal”, te brota de lo más hondo del pecho la famosa frase de Steve Urkel: “¿He sido yo?”. Pues sí, era yo. No lo parezco, pero lo soy.
Hubo un tiempo en el que el periodismo existía para publicar cosas que otros no querían que se publicasen. Ahora sólo se publica aquello que el poder quiere que se publique. No es periodismo, es trinchera. Y el que se mueve, no sale en la foto. Formamos parte de una rueda. Y si no estás en la rueda, no existes. No es que el periodismo deportivo de este país haya renunciado a combatir al poder, es que ahora se alía con él. Y no es que esa renuncia haya sido voluntaria, es que al periodismo le ha faltado conciencia y autonomía respecto al empresario. Sí, el periodismo es un negocio. Pero antes también lo era y la cuenta de resultados, la audiencia, nunca iba por delante de la verdad. Ahora la verdad no importa si no vende. En el fondo, el escenario no deja de ser un ejercicio de cinismo e hipocresía: en caso de duda, periodismo. Y no estoy al margen del problema. Soy, por desgracia, parte de él. Quizá no sea tarde para volver al sitio del que nunca debí moverme, quizá no me haya traicionado tanto como creo. Quizá ya sea tarde. O quizá, como decía el maestro de actores Alfredo Landa en la secuela de la mítica “El crack”, ahora sólo tenga ganas de “llegar a casa, abrir el frigorífico y comerme un queso con gusanos en soledad”.
Supongo que anoche me dio un ataque de sinceridad, que anoche desperté de madrugada, odiando mi lugar en el mundo y que, entre sudores fríos, noté que ya formaba parte de un sistema que, en realidad, siempre he aborrecido. Supongo que renació una parte de mi conciencia que se había desconectado voluntariamente y que, como Jerry Maguire sentía la imperiosa necesidad de escribir un memorándum de intenciones para no sentirme una oveja más del rebaño. Supongo que seguiré yendo a programas de televisión, participando de tertulias de radio y que seguiré cobrando por escribir, mejor o peor, porque no sé hacer otra cosa. Supongo que habré aprendido la diferencia entre ver un problema y entender que soy parte de él. Y si por mi infinita soberbia, sigo sin aprenderlo, les ruego que me adviertan. Supongo que, al menos, por un día, frente al teclado, tenía la necesidad de contarles que me he mirado al espejo y no me ha gustado lo que he visto. Y supongo que esta madrugada me desperté y que, por un simple momento, por apenas unas horas, quería volver a ser el hijo de mi padre.
Rubén Uría




