La victoria ajustada ante Huila servía para mucho más que sumar tres puntos, era una reivindicación del equipo y el cuerpo técnico ante su gente, de una tregua entre las partes, de un respiro para todos antes de afrontar la parte más álgida del semestre.
Con ese fuego interior, América salió al Pascual Guerrero con toda la intención y acción de llevarse a Santa Fe por delante, objetivo muy bien logrado en esa primera parte del partido, pese a que la diferencia también era mínima. Pero era otro América: claro con la pelota, tranquilo en defensa, asentado en la cancha y haciendo las cosas correctamente. La celebración del gol, todos abrazando a Osorio, era una ratificación de que el viento soplaba a favor.
Llegó el huracán para cambiar la meteorología, desatar la tormenta y dejar al barco rojo nuevamente a la intemperie, con el casco golpeado, el capitán sin avistar tierra firme y las alarmas de naufragio sonando con fuerza desde la tribuna que, ante la derrota, volvió a encenderse.
Los vientos fuertes capitalinos ya se sentían con fuerza en el amanecer de la complementaria, pero desde el faro de Osorio hubo cambios que precipitaron la caída: salieron Malagón, Sierra, Ureña y Barreiro para darle paso a Segura, Paz, Angulo y Torres. Se desarmó el mástil que sostenía la vela que mejor impulsaba el barco.
La Superliga quedó seriamente comprometida, pues faltan 90 minutos en Bogotá, con un Santa Fe que sabe defenderse, con dos goles que valen oro. En el medio, Millonarios y Deportivo Cali, dos arrecifes listos para terminar de fracturar el barco si el capitán no encuentra la brújula y despliega los salvavidas de una tripulación aún aturdida.





