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Espanyol vs. Sevilla KoundéGetty Images

Cuando sueñas con una cerilla y un bidón de gasolina

Nada irrita más a un aficionado, sea del equipo que sea, que ver cómo se cargan un partido sin motivo. Sucedió, sucede y sucederá. Y sin embargo, se debe denunciar. Este fin de semana se produjo el penúltimo episodio de una historia interminable. A un lado, un futbolista que agarró, de manera permanente y continua, a un rival. No tenía intención de jugar, sólo de frenarle. Al otro lado de la ventanilla, un futbolista que sí tenía intención de jugar y que, como no podía avanzar, reaccionó a esos agarrones con el único fin de liberarse. A un lado, Puado. Al otro, Koundé. Mañana será al revés. Quién sabe. El caso es que Koundé, al que no conviene exculpar del todo, reaccionó al agarrón persistente, que ya merecía una amonestación, se sacó al contrario de encima, usando los brazos. A partir de ahí, una jugada que hemos visto mil veces en mil campos y que casi siempre tiene el mismo final. Agarrón, reacción y revolcón aparatoso que genera confusión, estrépito y ruido. Conclusión: Roja para el que quiere jugar, castigo menor para el que no. 

Koundé, al que el Sevilla debe advertir y aleccionar en el futuro, porque esta no es su primera vez, se sacó de encima a Puado. Y González Fuertes, que tiene muchas virtudes pero es más rápido con las tarjetas que Usain Bolt en los cien metros lisos, sentenció. Koundé perdió los nervios, Puado exageró y eso fue suficiente. ‘Spoiler’: alguien se iba a ir a la calle. Dicho y hecho. Nada mejor para un colegiado con fama de pirómano que encontrar un jugador que le proporciona con una cerilla. Incendio al canto. Koundé se sacó de encima al rival, Puado se retorció por el suelo como si le hubiese explotado una granada de mano - otro día lo sufrirá él en sus propias carnes- y el árbitro desenfundó. El que quería jugar, a la calle. El que sólo quería interrumpir el juego, a seguir jugando. Otra vez la historia interminable. Este fin de semana le pasó a Koundé, al otro le pasó a Joao Félix, a Raúl de Tomás, a Fekir, ya le pasó a Vinicius y mañana le seguirá pasando a cualquier otro. Es un bucle endiablado: el que no quiere jugar, sigue jugando. Y el que sólo quería seguir jugando, suele acabar en la calle. Bingo para el que sobreactúa, galeras para el que se quiere zafar. Esperpento. 

No se trata de satanizar a los árbitros, ni de poner a caldo a González Fuertes ni de decir que todos son muy malos, ni siquiera de preguntarse por qué carajo en este país sigue sin haber un cuerpo específico de VAR, cuando el fútbol lo pide a gritos. No se trata de santificar a Koundé, ni de blanquear al que suelta las manos, ni tampoco de premiar los espasmos desmedidos de Puado, porque seguramente en otro partido, a no mucho tardar, el jugador del Espanyol será víctima de una situación de la que este fin de semana sacó provecho. Ni siquiera se trata de constatar que el castigo aplicado a Koundé fue tan excesivo como injusto, porque ni hubo agresión, ni hubo puñetazo, ni era tarjeta roja directa, ni tampoco había sido amarilla la “entrada” previa que sólo existió en la imaginación del colegiado. De lo que se trata es de que el personal empiece a interpretar el reglamento no conforme a normas rígidas, sino conforme al espíritu del mismo. No se puede dar cancha a árbitros que sueñan con una cerilla y un bidón de gasolina. No se puede hablar de compañeros de profesión cuando uno exagera con el fin de echar a otro. Y no se puede castigar al que sí tenía intención de jugar.

Rubén Uría



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