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Ruben Uria BlogGoal

Cuando muy poco termina siendo mucho

Luz al final del túnel. Con tanta agonía como falta de gol, el Atlético de Madrid frenó en seco su mala racha. De inicio, Simeone plantó con una piqueta en el césped un once sin delanteros: 4-6-0, con Correa y Vitolo como referencias postizas. Es lo que tiene dirigir, haciendo de tripas corazón, a un equipo que debe cumplir con las exigencias que marca el club con más lesiones que partidos oficiales y más tipos en la camilla que puntos en la clasificación. Con seis titulares fuera -Joao Félix, Morata, Diego Costa, Trippier, Giménez y Felipe sancionado- y otros dos activos fuera -Arias y Herrera-, Simeone tenía lo que tenía. También sabía lo que tocaba: ganar o ganar. Por lo civil o por lo criminal, que solía decir el difunto y añorado Luis Aragonés, porque otro paso atrás era caminar sin red por la cornisa con el Liverpool a la vuelta de la esquina.

El Atleti que sigue anémico de confianza y de fútbol, se encomendó a dos activos - todavía sanos, pero crucen los dedos los colchoneros-, que se encargaron de darle un soplo de aire fresco al grupo. Koke, sin estar en forma todavía, puso la pausa y el cerebro – nunca se valora lo que se tiene, hasta que se pierde-, mientras que Correa puso lo que sigue sin tener este equipo, el gol. Con su tanto, el imprevisible Angelito del Cholo ha participado en más goles que nadie en un equipo que, en cuestiones de contundencia, apunta a un farol y mata a una vieja. Cuando a los veinte minutos el fútbol se espesó, el fútbol abandonó el escenario y dio paso a una refriega de imprecisiones, interrupciones y pérdidas absurdas. El partido se encanalló, el Atlético decreció, el Granada creció y durante muchos minutos ambos equipos patrullaron por el césped, con el balón largo como coartada, convirtiendo el partido en una suerte de guerrilla urbana.

El Granada, pendiente del envite de la Copa, hizo crepitar las dudas del personal. Roberto Soldado, sangre caliente y competidor infinito, le puso un nudo en la garganta al público del Metropolitano, pero su remate acrobático topó con el santo que nunca se coge la noche libre: San Oblak. Así que el Atleti, víctima de un ataque de nervios comprensible por un resultado tan corto, se llevó los puntos después de unos minutos de sufrida agonía. En una actuación más que discreta, suturada por el terrible momento de desconfianza que sufre la plantilla, el equipo de Simeone superó una situación límite. El Cholo lo festejó. Motivos tenía. El Granada regaló el gol, pero peleó con bravura, así que Simeone bendijo los tres puntos, apoyado en la realidad indiscutible de un contexto terrorífico: tiene medio equipo lesionado, al otro medio sin confianza y a las dos partes, sin gol. Aún le falta un mundo para volver a parecerse a su mejor versión, pero no hay nada peor para un equipo grande que acostumbrarse a perder. Y esta noche el Atlético cortó su mala racha por lo sano, sabiendo sufrir. Bastó un gol de Correa. Y un poco de Koke, que visto lo visto, es mucho. En realidad, cuando la duda se instala en un grupo, algo que parece muy poco puede terminar siendo mucho. 

Rubén Uría

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