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Lionel MessiGetty

Cuando las "malas decisiones" le ganaron al sentido común

Es imposible no pensar que la línea de José Pekerman en el Mundial 2006 fue al menos contradictoria. Primero, porque desde que se decidió citar a Lionel Messi a la competencia, un joven de 19 años con el mundo atrás de él pero que aún debía demostrar de qué estaba hecho, no paró de elogiarlo. Segundo, porque le cedió demasiado espacio al 'estudio' para sacarle importancia a lo verdaderamente importante: el sentido común.

En una entrevista posterior a la eliminación de la Selección argentina ante Alemania, por los cuartos de final del Mundial 2006, Pekerman explicó por qué había decido no poner a Messi: "Yo igual que ustedes pienso (que es desequilibrante), por eso lo llevo al campeonato, porque puede hacer una jugada individual, pero ya en el partido con México tuvo algunas malas decisiones donde nosotros íbamos ganando el partido y...tuvo malas decisiones en el control de la pelota".

Y, en el partido con México, por los octavos de final, Lionel Messi cometió varios errores en los 36 minutos de partido que tuvo. Errores de inexperiencia, quizás. Apuros de un jugador inmaduro. Movimientos que reflejan muchas ganas pero poco equilibrio. Decisiones equivocadas, sí. 

En ese encuentro, en el que entró por Javier Saviola a los 84 minutos (el partido iba 1 a 1 y terminó yendo al alargue), Messi recibió dos faltas, eludió a cinco rivales, completó 23 pases (88.5% de efectividad) y no pateó al arco. Pero quizás las estadísticas no terminen de describir la verdadera naturaleza de su juego. La Pulga, que ya había jugado 15 minutos ante Serbia (allí marcó su primer gol en la historia de los Mundiales) y 70 ante Holanda, ambos por la fase de grupos, sacudió a un equipo con mucha (y buena) posesión pero que carecía de movimientos frontales y, especialmente, de desequilibrio individual.

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Libre en el ataque, con referencias también móviles. Cansado, Riquelme había retrocedido unos metros y ahora funcionaba como generador de juego pivote. Tocaba y hacía mover a sus compañeros. Más adelante, Pablo Aimar proponía paredes y pases en cortada. A la misma altura que Messi, Carlos Tevez, probablemente su mejor socio en ese Mundial. En la mitad, más atrás, Maxi Rodríguez y Mascherano se repartían la marca (a esa altura, México no atacaba demasiado).

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Unos años más tarde, el preparador físico de ese plantel, Gerardo Salorio, explicó que el cambio del arquero Abbondanzieri por lesión en el encuentro ante Alemania complicó los planes. El que entró en ese encuentro fue Julio Cruz, principalmente porque sería un aporte defensivo aéreo, la única vía por la que Pekerman creía que el equipo europeo podía vencer al sudamericano.

La mano derecha en la cabeza. La mirada perdida. La soledad de alguien que no pretende ser molestado. Las piernas estiradas, relajadas, del que quedó muy lejos de la acción. La secuencia de Lionel Messi cuando la Selección argentina quedó eliminada del Mundial 2006 se volvió famosa. Pero lo que no se supo tanto fue el detrás de escena: el por qué. 

El tiempo demostró que fue un preconcepto correcto: a los 19 años, Lionel Messi era un jugador que tomaba bastantes malas decisiones. Pero, claro, el tiempo también demostró que el fútbol se rige por una lógica imposible de ocultar. Cuando un chico corre con la pelota tan rápido, se saca rivales de encima con tanta facilidad y juega en un Mundial como si nada no hay ninguna otra señal que pueda anular la esencia. Ahí, a la vista de todos, se percibía que el pequeño crack ya podía hacer más que muchos. Sólo faltaba un poco más de sentido común.

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