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Copa del Mundo

Cuando el Mundial se apaga en Moscú

19:10 CEST 14/7/18
Moscú
De a poco, a medida que los hinchas dejan Rusia, la ciudad vuelve a un ritmo normal. Una fiesta que llega a su final.

Probablemente fue la imagen más dolorosa del Mundial: un grupo de turistas corría atrás de una pelota de plástico, más bien liviana. Algunos jueguitos, cada tanto pateaban hacia arriba, alguno la tocaba con la mano. Eran de diferentes países. Algún argentino que todavía queda en Moscú. Un par de muchachos árabes. Unos rusos que se sumaron al juego. ¿El escenario? El más lindo de todos, la Plaza Roja, el gran símbolo. Piso empedrado. Irregular. Un policía se acercó con bastante velocidad, otro lo acompañaba pero desde más atrás. Miró al grupo. Se aproximó al balón y lo señaló. No dijo nada. Solo levantó los brazos, los cruzó y apoyó unos sobre otros. Fue la señal que los rusos, especialmente la policía, usa para decir 'no se puede'. O 'está cerrado'. O 'por aquí, no'. Es 'no'.

La secuencia, inocente y divertida, fue una señal de algo que deja de ser. El Mundial se acaba y Moscú, la ciudad que recibió más de tres millones de turistas en el último mes, se apaga. El ritmo del lugar comienza a volverse habitual. Los locales lucen acostumbrados a la locura de fanáticos que llegaron para ver a sus equipos. No hay tantas selfies. No hay tantas cámaras prendidas. No hay fiesta ni baile más allá de lo que pueden regalar los franceses y croatas que sueñan con la Copa del Mundo.

Las normas a las que todos estaban habituados regresan para rugir otra vez. Los buscavidas que inventaron un juego-apuesta en Moscú ya no están: el objetivo del que apostaba (por un mínimo de 3 dólares y hasta 10 o 20) era tumbar dos botellas de plástico que estaban paradas sobre un arco. Si lo conseguía, recibía el doble de lo apostado. Estaban en todas las esquinas del centro de Moscú. Multitudes se reunían y pasaban un rato largo. Porque en ese sencillo juego-tramposo, porque la pelota estaba demasiado desinflada como para darle precisión, había una reunión de comunidades. Los latinos se reían de lo mal que pateaban los rusos. Los rusos miraban con atención cómo le daban los europeos. Y así. La policía miraba para otro lado. Ya no. 

Se había especulado mucho sobre el consumo de alcohol en la calle. En Rusia no se puede tomar en la vía pública. Pero la FIFA, el negocio de la cerveza y la locura del Mundial pudo más. Mucho más. Era simplemente imposible detener a miles de rusos que probablemente por primera vez en sus vidas hacían tragos de vodka parados mientras apoyaban las botellas en el piso o las marquesinas de los locales del centro. No se podía con los latinos acostumbrados a beber cerveza en la vía pública como si nada. Pero se acabó. En la calle de las luces, el corazón de la fiesta mundialista, van varias secuencias en las que los policías se acercan a grupos de extranjeros para dedicarles la famosa seña de los brazos. 'No'. 

Los artistas callejeros, acostumbrados a recibir multitudes a su alrededor, ahora se conforman con un puñado de curiosos. La recaudación es menor, el entusiasmo también. 

Los rusos prefieren mirar hacia otro lado y se aferran a lo que les queda. Para ellos fue como una especie de vacaciones. Salir todos los días. Caminar hacia el centro para explorar otras culturas. Hablar con la gente. Grabar videos. Asombrarse por los mariachis mexicanos. Enamorarse del baile colombiano. Festejar la locura argentina. Disfrutar del tono brasileño. Y así, cada cultura con su espectacular particularidad. 

Moscú vuelve a ser Moscú. Una ciudad gigante con medios de transporte fascinantes. Estaciones de metro que parecen museos. Vagones que hasta transmitieron los partidos en vivo del Mundial. Conexión wi fi en todos los rincones. Tranvías eficientes y siempre a horario. Un lugar cálido y festivo que ahora se queda sin la curiosidad de lo distinto. 

El sentido de libertad absoluta se siente más chico.  La fiesta se acaba. La fantasía se despide.