No es el equipo que batalla. Tampoco el que juega bien. No ataca con todo lo que tiene ni se mete atrás. En el mediocampo casi nunca domina, como si fuera una zona del juego prescindible. Los delanteros no aguantan las pelotas ni reciben faltas. No hay jugadas de esas fáciles de recordar: cuando los de arriba apilan rivales, cuando juntan patadas, cuando caen al piso, escupen y ya no queda nada de oxígeno. Pero también es el momento en el que el árbitro se acerca para cobrar la falta y el resto de los compañeros lo aplauden porque ese jugador consiguió lo que se necesitaba. Aire en un momento de ahogo.
Más allá del resultado entre Boca y Cruzeiro, por el partido de vuelta de los cuartos de final de la Copa Libertadores, el equipo de Guillermo volvió a dejar una idea que, a esta altura del torneo más importante, parece hasta imposible de transmitir: la indiferencia, la sensación gris, la idea de que no se sabe muy bien cuál es el plan. El Xeneize está en las semifinales, pero no tiene identidad.
No hace falta recurrir a la nostalgia de Riquelme recibiendo patadas de los jugadores del Palmeiras, Gremio o Vasco da Gama. No tiene sentido identificar los goles salvadores de Palermo. Las atajadas de Óscar Córdoba o los penales de Abbondanzieri no vienen a cuento. Pero este Boca (el de Guillermo, pero también el de Arruabarrena y el de la última época de Bianchi) no se acerca ni un poco a esas secuencias.
River va de menor a mayor y juega a lo grande ante todos sus rivales. Gremio, el campeón, asusta y se mantiene como candidato. Palmeiras reconoce sus limitaciones y se planta como un equiop durísimo, intenso y físico. ¿Y Boca? Cuesta reconocer su ADN. Quizás tenga que ver con el desequilibrio de sus jugadores de ataque. Pero Guillermo cambia sus delanteros todo el tiempo. Entonces, el poderío ofensivo pasa a ser cambiante, esporádico y para nada regular.
Un arquero que deja demasiadas dudas. Una defensa que no da seguridad. No hay voz de mando, no hay imposición, no hay anticipación. Ni siquiera un plan definido: a veces, achica. Otras, marca hombre a hombre. Luego, zona. En el mediocampo, los internos quedan demasiado lejos entre sí. Casi siempre juegan ante la misma opción de pase: por afuera a los delanteros. Y, los de arriba, no se asocian casi nunca y hasta se hacen gestos entre sí cada vez que no se conectan.
Boca es el semifinalista de la Copa Libertadores que menos se conoce. Una ventaja que, con los rivales que se le vienen, no puede darse para ganar este torneo.




