A Simeone le preguntaron por la clave del partido. Y el Cholo, enemigo público número uno del madridismo desde la marcha de Messi, dio en la clave: la contundencia. El Madrid la tiene y el Atleti, no. De haber durado 24 horas más, el orden de los factores no habría alterado el producto. El Madrid no regala nada, no se equivoca nunca y de media ocasión te vacuna dos veces. El Atleti está en las antípodas de eso. Cuando dimite de su naturaleza de equipo guerrillero, regala mucho, se equivoca casi siempre y cuando genera ocasiones no lastima en ninguna. Si fuera un partido, sería puntual. Cuando la historia se repite en el tiempo, es tendencia. A un boxeador que no tiene pegada siempre le espera una paliza. Y a un equipo que no tiene contundencia solo le espera una gran frustración, porque aunque sabe y quiere, casi nunca puede. No es un partido, es una tendencia. No fue un duelo para olvidar, sino un partido para aprender. Quien olvida la historia se condena a repetirla.
El fútbol se cocina en el centro del campo y se decide en las áreas. En la suya, el Atleti tiembla como las hojas de los árboles en otoño. Defiende mal, tarde y con la vista. No tiene coordinación, tampoco confianza y cada vez que el rival pisa el área, se cobra una pieza. O ficha un central en verano o el entrenador se encarga de reprogramar una línea que antes era un muro y ahora es el muro de las lamentaciones. Los delanteros ganan partidos, pero las defensas ganan campeonatos. Y con esa defensa, el Atleti no puede ni siquiera aspirar a defender su título.
Qué decir del área ajena, donde el Atleti amaga una y otra vez, perdiéndose en arabescos que maquillan una realidad: no tiene dinamita. Sobre el papel, va sobrado de delanteros de categoría. Sobre el terreno, ninguna de las fórmulas cuaja. La radiografía no engaña. Suárez se explica solo: ni el equipo le abastece de balones, es oro puro. Si el equipo no pisa área, es un atrezzo. Antoine quiere recuperar su mejor versión, pero necesita socios y espacio. Joao, por falta de minutos o personalidad, sigue siendo un futbolista de jugadas y no alguien que decide partidos. Correa, que se ganó el derecho a ser titular, ha vuelto a la casilla de salida y es el gran perjudicado. Y Cunha, que es un jugador útil pero no Pelé, está teniendo minutos porque el resto no carbura. Del mediocampo, un auténtico páramo, está todo dicho. Koke está en un momento malo, De Paul es bueno pero no es Maradona, Lemar necesita más balón y más minutos, Llorente no es lateral sino volante y tanto Herrera como Kondogbia corren como un coche de bomberos buscando un fuego equivocado. Hace meses que Simeone está tentado de hablar con Houston: “Tenemos un problema”. Y el que lo tiene que solucionar es él.
El duelo del Bernabéu fue un perfecto resumen de las constantes vitales que presenta el Atleti: es un equipo indefinido, que se queda a medio camino, que tiene intención pero no tiene seguridad, que ha potenciado sus defectos y que se empeña en ocultar sus virtudes. Que el Atleti atraviesa un momento de dificultad extrema es algo tan obvio que ni el colchonero más recalcitrante podría negar. El equipo esquivó una bala que llevaba su nombre en Oporto, pero en la ruleta rusa del Bernabéu acabó levantándose la tapa de los sesos. Simeone tiene mucho trabajo. Tiene que acertar mucho más en sus decisiones, tiene que alentar la meritocracia, tiene que espabilar al grupo, tiene que frenar la sangría en defensa, tiene que recuperar la verticalidad del curso pasado y sobre todas las cosas, tiene que convencer al grupo de que este no es, ni puede ser nunca, el camino. No hay un solo atlético que no tenga claro el rumbo a seguir: “Si se cree, y si se trabaja, se puede”. Bueno, pues ha llegado el momento de demostrarlo. A creer el doble y trabajar el triple, porque con esto no alcanza.
