Aturde la quietud dominguera. Persianas bajas, poco tránsito. Pasa poco y lo poco que pasa transcurre sigiloso. No hay frenadas bruscas haciendo chillar al pavimento, gritos de vereda a vereda ni personas cantando por la calle. El sonido ambiente está muteado.
A pocas -pero largas- cuadras se está tramando algo. Salen de los autos, de las casas y caminan en grupo con ese apuro que indica que algo importante está por comenzar. Ligero, pero sin correr. Las subidas pronunciadas de las calles de Savassi, uno de los barrios más exclusivos de Belo Horizonte, no los hacen jadear ni silencia su murmullo.
¡Ahora sí! ¿Banderazo multitudinario para apoyar a la Selección brasileña antes del "gran superclásico de la Copa América que paraliza el continente"? ¿Brasil se despertó y de pronto hay una fiebre futbolera? No y no.
Brasil le da la espalda a su Copa: la vida le gana al fútbol
La masa de camisetas amarillas y verdes es evidente. Cada vez son más. Hay hombres y mujeres de distintas generaciones. Hay otro domingo dentro del domingo. En Brasil la fuerte puja (grieta, polarización) entre quienes respaldan al presidente ultraderechista Jair Bolsonaro y quienes no, es tan nítida como en la Argentina con Mauricio Macri y los kirchneristas. La manifestación en apoyo al Ministro de Justicia Sergio Moro, acusado de haber "negociado" con fiscales para impedir que Lula Da Silva se postulara como candidato a presidente, no fue solo en Minas Gerais: se replicó en Sao Paulo, Brasilia, Río de Janeiro y otras ciudades.
Al tanto de que la movida no tenía ribetes futboleros sino políticos, empezaron a advertirse más y más insignias verdeamarelas, el atuendo con el que se identifican los oficialistas, a diferencia del vermelho del PT (Partido de los Trabajadores) que embandera a los adeptos al dos veces presidente Luiz Inácio Da Silva, preso en Curitiba desde abril de 2018, condenado por corrupción y lavado de dinero durante su mandato.

En Brasil hay 13 millones de personas sin trabajo; lo que representa un 12,3 de la población, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). El salario promedio oscila en los 2.290 reales (usd 596 aproximadamente), por lo que para la mayoría de los brasileños pagar un ticket a 590 y 390 reales -los últimos en agotarse- era casi utópico.
MINEIRAO A TOPE
En este contexto, el Mineirao estará colmado de 60.000 personas que esperan vivir una jornada más parecida al 3-0 de las Eliminatorias 2016 que al 1-7 de las semifinales del Mundial 2014.
Mientras tanto, los brasileños mastican una dualidad impensada: adoran a Messi, se lo envidian a Argentina, quieren verlo feliz ganando algo. Pero lógico: no contra ellos. "Si pudo esperar tanto, que no sea justo ahora contra Brasil", bromea Norman mientras conduce, gesticula, gira la cabeza apasionado por empatizar con los pasajeros y muerde el límite del carril alrededor de la Lagoa da Pampulha, junto al estadio. No hay patriotismo forzado ni disimulo: que Messi se luzca y brille, que brinde espectáculo... y Brasil pase a la final.
