Año nuevo, vicio viejo. El Madrid, curtido en el arte de que otros hablen por él, puso sus altavoces mediáticos a trabajar con precisión de cirujano, porque más valía prevenir que curar. El plan lo veía un ciego: En caso de victoria, épica al poder y acento en el coraje para sobreponerse a viajes, temporales y rivales . Contra todo y contra todos, ya saben; En caso de mal resultado, excusas de mal pagador, culpas al empedrado y sobredosis de porquería para el personal, como si el resto de los españoles no tuvieran televisión. Nada nuevo bajo el sol, ni nada exclusivo del Madrid, porque el que no llora no mama. Lo feo es que suelen hacerlo los clubes que tienen más recursos, más presupuesto, mejor calendario, mejores jugadores y mejor prensa. De esto último, el Madrid va sobrado. Su quejío, auspiciado y promocionado por sus satélites habituales y sus terminales afines, fue penoso. En el círculo de la eterna rodilla desgastada había doble objetivo. A corto plazo, desviar la atención después de un partido pobre. A largo plazo, desacreditar a LaLiga, que gustará más o menos y hará las cosas mejor o peor, pero es el organismo gracias al cual se está pudiendo disputar este campeonato, gracias a su obstinación, protocolo y trabajo. Y al que no le guste, que no mire.
Acostumbrado a preguntarse qué puede hacer el mundo por el Madrid y no el Madrid por el mundo, el Real aireó su malestar por tierra, mar y aire, generando un ruido insoportable para justificar lo injustificable. En aras de la Superliga, el sueño húmedo presidencial que sigue siendo clandestino, se dio rienda suelta a una política de comunicación, efectiva: la culpa, del maestro armero. Que cualquier club tiene derecho a la queja es una obviedad. El Madrid, también. Si el choque debió suspenderse, si el plan de viaje fue una odisea, si las condiciones no eran propicias, si el Madrid no puede volver, si el piloto debió despegar o si se debió actuar de otro modo, es debatible. Lo que no admite debate alguno es que los operarios de Osasuna hicieron su trabajo, que el campo estaba en condiciones y que el estado del césped, aún no siendo el mejor, estaba igual para ambos equipos. Si Zidane, que suele ser un señor admirable que jamás busca excusas, quiso refugiarse en ellas, debió haber escogido una mejor. Pudo haberse quejado del viaje, de un posible penalti a Casemiro o hasta pudo haberse quejado de sus propios cambios, que empeoraron al equipo en vez de mejorarle. De lo único que no puede quejarse fue de lo que pasó en el campo. Su equipo debió jugar mejor.
Toni Kroos, que no es sospechoso de practicar contubernios contra el club que le paga, demostró los valores de los que otros presumen . Dijo que el campo estaba mal para los dos y que eso no podía ser excusa. Elegante y honesto. El oficialismo mediático, el de las redes sociales y el de los medios afines, quedó compuesto y con el trasero al aire. No es la primera vez ni será la última. Una cosa es el madridismo y otra, el borreguismo. El campo no era una alfombra, pero estaba en condiciones suficientes para jugar gracias al notable trabajo de los operarios de Osasuna, que cuidaron el césped con lámparas de calor, pico y pala. Justo eso, pico y pala, fue lo que le faltó al Madrid en Pamplona. Debía ganar en casa del penúltimo y no lo logró. A eso cabe unir dos aspectos. El primero, que ya ve a Messi por el retrovisor; y el segundo, que no ha podido cazar al Atleti, que sigue líder con tres partidos menos.
Sí, aquí lloran todos. Hoy es Zidane, mañana le tocará a Koeman, pasado mañana a Simeone, otro día será Lopetegui y dentro de quince días Dios dirá. Así funciona este circo. Lo que nadie puede poner en duda es que el Madrid, por más que lloriquee, no hizo lo único que estaba en su mano, ganar. A llorar, al Carmen. Y en caso de seguir refugiándose en excusas de mal pagador, un humilde consejo: Ser carne de meme, tomar la autopista y buscar el desvío de la fotografía que hace crepitar las redes sociales. Circulen. A llorar, a la llorería.
Rubén Uría




