Era un chico trabajador, un rival feroz e increíblemente agresivo dentro y fuera del campo, con un hambre insaciable de éxito. Al atacar, prescindía de alardes y regates; era directo y con una mentalidad obsesiva hacia un solo objetivo. Dios mío, la forma en que ese chico atacaba la portería... Era un espectáculo poco común; ni siquiera en el Barcelona veíamos ese talento.
Fuera del campo era tímido y reservado. Compartí habitación con él en una gira por Asia poco después de que subiera al primer equipo. Me pedía permiso hasta para encender la tele, así que le dije: «Tranquilo, no pasa nada, no tienes que recibir órdenes de mí». Intenté calmarlo y hacerlo sentir a gusto.
En el campo hablábamos sin parar. Me decía: «Maki, me marca muy de cerca, búscame detrás». Se escapaba con una carrera en profundidad. A veces se preocupaba si no tocaba el balón. Yo le decía: «Vuelve atrás, vuelve». Retrocedía para acercarse a mí, a Andrés Iniesta y a Busi (Sergio Busquets), hacia donde se desarrollaba el juego. Cuanto más tocaba Leo el balón, más se beneficiaba el equipo. Queríamos que se sintiera feliz y que se metiera en el partido.
Jugar con él era muy fácil: si no te entiendes con Messi, no puedes jugar al fútbol. Cuando le pasas el balón, te lo devuelve en el momento justo, siempre a tu pie bueno. Para alguien a quien siempre le gusta pasar el balón, jugar con él fue un placer. Leo me hizo mejor jugador, y yo traté de aportar mi granito de arena.
Era un compañero excepcional. Comenzó como un capitán tranquilo, que siempre pedía la pelota y mostraba carácter, pero poco a poco asumió más responsabilidad. Cuando me fui del Barcelona en 2015 ya era un gran motivador que animaba al grupo antes de cada partido. Hoy, con Argentina, es el líder indiscutible con palabras y hechos. Le sale de dentro: ese deseo insaciable de ganar. Siempre está preparado, y su pasión competitiva es profundamente argentina.