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Barcelona

Valverde, un final esperado y cubierto de chapapote

15:27 GMT-6 13/01/20
Ernesto Valverde rueda de prensa Barcelona

Crónica de una muerte anunciada. Desde la cornada en la femoral de Anfield, una herida sin sutura, Ernesto Valverde intuía que el toro que le había de matar estaba en la dehesa. Era cuestión de resultados y de tiempo. Algo se rompió esa noche y nada volvió a ser igual entre el técnico y el barcelonismo. Hacía 17 años que el Barça no destituía un entrenador en mitad de temporada: fue en 2003, cuando Louis Van Gaal fue fulminado de su cargo con el equipo instalado en una bochornosa duodécima posición. El entonces presidente era Joan Gaspart. Hoy, la directiva de Josep María Bartomeu, al que se le está poniendo cara de Gaspart,  ha decidido despedir a Valverde, con el equipo siendo líder del campeonato y habiendo ganado las dos últimas Ligas. El club dejó un rastro de migas de desconfianza después de la hecatombe ante el Liverpool, pero al presidente le tembló la paletilla porque el vestuario defendió a ultranza al técnico. Por eso siguió en el cargo, con su futuro cogido entre alfileres y con gran parte del público en contra, tanto por derrotas inadmisibles como por su método y su estilo de juego, contraculturales con la herencia de Cruyff.

Valverde, que debió haberse ido antes de que le echasen, que debió ser despedido tras Anfield y nunca después de esta Supercopa, agotó su crédito. Y el vestuario, su gran valedor frente a la voluntad de la directiva y las demandas de muchos aficionados, ha dimitido en su defensa. Algunos defendieron a su entrenador en público y le mataron en privado. Otros, ahora mismo, pensarán que, si tanto querían defender a Valverde, debieron haberlo hecho más en el campo y menos en los micrófonos. Sea como fuere, Valverde ya es historia. En cuanto a la masa social, para algunos será injusto. Y para la mayoría, un alivio. Eso sí, en cuanto al despido del cacereño, sus partidarios y detractores coinciden: el Barça, que es más que un club y con esta directiva presume de valores pero no los demuestra, ha fallado en el fondo y en las formas. Primero, porque el despido llega tarde. Si no creían en Valverde, no debió empezar la temporada, porque ahora tendrán que cambiar de caballo en mitad del río. Y segundo, porque Valverde, más allá de si gusta o no, de si se ponderan sus resultados o no y de si se está de acuerdo con su gestión o no, no merecía el maltrato público que esta directiva le ha dispensado, televisando en directo una crisis inaudita, que durante estas horas ha mutado en sainete.

Con contrato en vigor, Valverde ha tenido que tragar con una catarata de despropósitos: primero, la reunión de dos ejecutivos con Xavi Hernández – el mismo que dijo que los que fichan en el club no tienen ni idea-, al que ofrecieron el banquillo y dijo “no”; segundo, sondeo a Ronald Koeman, que siendo holandés se hizo el sueco y rechazó la oportunidad; tercero, se filtró el nombre de Pocchettino – el mismo que dio que antes de entrenar al Barça se iría a una granja- y cuarto, se dejó caer el nombre de Quique Setién – despedido del Betis el curso pasado, con el equipo en décima posición-, tras sondear a García Pimienta. Un cúmulo de despropósitos, fiel reflejo de un club histórico convertido en un ente histérico. Las formas empleadas para ejecutar el despido de Valverde han sido un monumento al chapapote. Y la constatación de un hecho incuestionable: Messi sostiene al club, pero en los despachos, no hay nadie al volante. Valverde ya es historia. Su despido obedece a una ley no escrita: cuando los directivos ven que el socio gira el cuello al palco, el entrenador sale por la ventana. Es el arte de cambiar todo para que nada cambie. Que pase el siguiente. Suerte. Al fin y al cabo, la suerte siempre es el último refugio de la incompetencia.  

Rubén Uría