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Copa del Mundo

Valentin quiere que Rusia "sea buena"

19:27 GMT-5 18/06/18
Crónica
Una conversación en un bar de Moscú que agrupa el sentimiento de los locales: se esfuerzan porque todos se sientan bien en su país.

Él decide todo. Primero, la botella de champagne más cara del bar. Después, unas fresas. Un rato después, otra botella. En ningún momento consulta a la mujer que está sentada con él en la misma mesa. También pide una shisha, un elemento que muchos árabes usan para fumar tabaco de distintos sabores, filtrado por agua. En una pantalla gigante de un bar céntrico de Moscú, mira con atención el partido entre España y Portugal, uno de los grandes choques de la zona de grupos del Mundial Rusia 2018. Se molesta cuando la gente cruza el pasillo o se queda parada justo adelante suyo. Les grita. Todos se dan vuelta, lo miran y se corren rápidamente.

Valentin, de 35 años, no es un ruso típico: habla inglés mal pero se hace entender, por lo que ya está por encima de la media, que no reconoce ni siquiera una palabra. Y sabe bastante de fútbol (no solo menciona a Ronaldo y Messi, también a varios argentinos que juegan en el Zenit, como Mammana ("Muy buen jugador") , Rigoni ("juega bien solo los partidos fáciles") y Paredes ("es un vago"). 

"Aunque te parezca raro, el fútbol es el deporte más popular de Rusia", dice con una sonrisa. Lo comenta porque reconoce que para la gente de Moscú el Mundial es una fiesta mucho más social que deportiva. No creen en su equipo, distinguen sus limitaciones y no se ilusionan. Y sigue: "Aquí son muy importantes los deportes de hielo. Yo juego al hockey. ¿Quieres ver fotos?". Saca su celular y exhibe su orgullo. Vestido con una armadura amarilla, se lo ve con una copa, posando con algunos compañeros. Dice que es muy bueno, que tiene un equipazo en Socchi, la ciudad en la que vive. Es comerciante y está en Moscú por 'negocios'. Muestra más contenido de su móvil. Son fotos de hinchas en la calle de las luces, cerca de la Plaza Roja, el lugar en el que los fanáticos se reúnen todas las noches para cantarle su amor a su país. Exhibe una foto de un joven con la camiseta argentina que apunta su cara hacia arriba, con los ojos cerrados. Como si no le faltara nada más para ser feliz. 

Valentin está fascinado por todo lo que vive su país. Muchos rusos salen a cazar historias a la calle. A atrapar miradas. A captar lo distinto (solo el 8% de los rusos salieron alguna vez del país; de ese porcentaje, la mitad fue a Turquía; algunos dicen que es una cuestión de mentalidad. Los años de la Unión Soviética dejaron una huella. "Un ruso prefiere comprar un sillón que gastar ese dinero en vacaciones. Un sillón queda para siempre, es una buena inversión. Un viaje no deja nada", dice Valentin). Simplemente caminan por el centro de Moscú, sacan fotos a los hinchas que les llaman la atención, se hablan al oído mientras ríen y observan de reojo. Valentin tiene una curiosidad terrible, como la mayoría de los rusos. Tan grande que deja de ver el partido solo para hacer preguntas. "¿Argentina no va a jugar mejor?". "¿Neymar es mejor que Messi?". "¿Cuántos argentinos vinieron a Rusia?" "¿Rusia es barato?".

Pero lo que más le interesa a Valentin es si Rusia está siendo "buena". Ahora se pone serio. Tiene el pelo negro, la cara cuadrada, los ojos marrones. Sentado parece bastante alto. Toma la copa de champagne con la mano izquierda y la sostiene. Atento. Como varios otros locales, que se desesperan por saber cómo los ven, es curioso por saber si su país está siendo un buen anfitrión. Cuando la respuesta es 'sí', parece sentir alivio. Y después explica algunas cosas:

"Sí, hay mucha seguridad porque aquí tenemos miedo de que pase algo malo. Policías por todos lados. Vestidos de policía y civiles".

"Algunas personas no quieren al Mundial porque se gastó mucho dinero en eso. Para mí, el Mundial es algo muy bueno para Rusia. Bares llenos, hoteles llenos, gente por todos lados".

"El metro en Moscú es muy bueno, pero en otras ciudades no es así".

Dice que lo pone muy feliz escuchar que un ruso acompañó a un periodista durante cinco estaciones de metro para que pudiera llegar bien a donde necesitaba. Que es una obligación para ellos hacer cosas así, aunque en su país no sea algo normal. "Los rusos son muy serios, muy duros".

En algún momento de la larga conversación, la mujer que acompaña a Valentin, que ignoraba la charla por completo y solo miraba su celular, comienza a hablarle al oído. Unos segundos después, un poco más fuerte. Parece que le recrimina algo. Él no parece contento. Ella tampoco. Pide la cuenta. Paga con tarjeta. 

Se despide con un apretón de manos. Su mujer ya camina hacia la salida mientras mira su celular, a paso acelerado, golpeando los tacos con fuerza contra el piso. Luce enojada. Ahora, Valentin no está preocupado. Sonríe mientras dice en español: "¡Vamos Messi!".