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Tocopilla, la ciudad natal de Alexis Sánchez

Las camisetas de Barcelona y Arsenal se repiten, pero la postal se reproduce a miles de kilómetros de Europa. Un nombre, un hombre, un ídolo, es el responsable de la imagen: Alexis Sánchez es, en su Tocopilla natal, un ícono digno de admiración. El futbolista que le dio a la pequeña ciudad del norte chileno un lugar en el diccionario universal.

“Tenés que hablar con Glen y el Manzana. Ellos son los mejores amigos de Alexis, con los que se crió”, me cuenta Frana, la dueña del hotel en que me hospedo. Frana es, además, mi guía y mi productora, y mi contacto: Conoce a Martina, la madre de Alexis, desde joven. Trabajó con ella vendiendo mariscos por la ruta en sus años mozos. “Cuando no nos iba bien, los regalábamos en el camino de regreso. Es muy buena persona”, recuerda Frana mientras me ofrece llevarme en su camioneta a recorrer el barrio natal de Alexis.

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Encontrar lo de Glen y lo del Manzana no es nada difícil. Viven, ambos, en la calle con el nombre de su amigo: Desde 2013, Alexis Sánchez nace a la altura del cementerio. Interesante paradoja. En frente está la canchita donde despuntaban el vicio cuando jóvenes, hace tres años remodelada gracias al aporte del propio Alexis para que jueguen los chicos del barrio.

Allí se desarrolló la infancia del crack, antes de sus primeros pasos en el Deportivo Arauco, club local del que primero vistió su camiseta. A 150 metros de su casa, trabajaba en el cementerio cuidando y lavando autos con su amigo David López, alias el Manzana. “Al final del día se peleaban por las monedas, ‘yo limpié más que vos’, se recriminaban”, me cuenta Ruth, la mamá de David. En la parte posterior de su casa está pintado uno de los últimos murales que le dedicaron al Niño Maravilla, crack del Arsenal inglés.

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Claro que no siempre fue el Niño Maravilla. De chiquito, me cuenta su abuela Leda Espinoza, que atiende su propia florería en el mercado de la ciudad, le decían Dilla. “Lavaba los autos como su papá, pero cuando no trabajaba se la pasaba pateando la pelota. Era tan rápido que le decían Dilla porque parecía una ardilla. Pero a veces, cuando jugaba con los chicos de mayor edad, les robaba la pelota y ellos también le decían Dilla, pero por pesadilla.

Martina debió cumplir los roles de madre y padre en la infancia de Alexis. El papá no estuvo presente y lo abandonó al cuidado de su mamá. Leda, sin embargo, dice que su nieto le guarda un buen recuerdo y que le manda camisetas autografiadas cada tanto. En el barrio Cardenal Caro, al norte de la ciudad de 25 mil habitates, nadie quiere hablar mucho del tema.

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Aquel niño que se pasaba las tardes jugando a la pelota y trepándose a camiones solo por diversión, hoy es el ídolo indiscutido de la Roja. Y en su terruño es hijo ilustre, querido por todos. Cada vez que tiene un descanso, Alexis regresa a Tocopilla ara ir a jugar con sus amigos, como cuando chico, al Corral de los chanchos, una playa alejada del centro que hoy rebautizaron como el Arenal. Ahí, entre animales salvajes y piedras filosas, se pasaban horas hasta el atardecer pateando la pelota. Ahí, hoy regresa para escapar del fervor de sus fanáticos y hacer lo que más le gusta: jugar a la pelota.

“Cada Pascua, Alexis se sube a un camión cargado de regalos y sale a repartirlos personalmente por toda la ciudad, de punta a punta. Regala poleras, pelotas, mochilas, de todo”, me cuenta Frana, mientras me pasea por las cinco canchas que construyó en su ciudad natal, todas habitadas por decenas de “cabros chicos” pateando pelotas y vistiendo camisetas del Arsenal y Barcelona, bien lejos de Europa, en la cuna de Alexis. El hijo pródigo al que todos llamaban Dilla. Dilla de Ardilla, de Pesadilla, de Niño Maravilla… Dilla de Tocopilla

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