El culpable de lo que pasa en el Atleti es Diego Pablo Simeone. No es el único, pero sí es el máximo responsable. Como es el culpable de liderar los diez mejores años de la historia del Atleti, como lo es de multiplicar por cuatro la economía del club, como lo es de haber ganado un rosario de títulos por los que aficionados de otros equipos apenas sueñan y como lo es de ocho, ochenta u ochocientos cincuenta episodios que han hecho al Atleti y algunos de sus aficionados creerse que están a la altura del Madrid y del Barcelona, cuando sólo fueron capaces de mirarle a los ojos, precisamente, porque ahí estaba Simeone. Quien esto escribe, cholista convencido porque ese espíritu y filosofía de vida está incluso por encima del Cholo, cree que la solución de la crisis es más sencilla de lo que parece. Menos “fines de ciclo”, menos chinitas, menos historias para no dormir, menos literatura y más realidades. El día que Simeone se vaya, el Atlético de Madrid seguirá existiendo. Existía antes del Cholo, permanecerá ahí y el mundo no se acabará el día que se vaya. Correcto. Otra cosa será la sensación de vacío, indefensión y hasta temor a que el club vuelva a ser lo que fue y funcionar como funcionaba antes de la llegada de un señor al que se le pide todo porque a otros nunca se les pide nada.
A Simeone, culpable de haber tenido los mejores resultados de la historia del club, hay que pedirle que encuentre soluciones. Hay que exigirle que recupere la capacidad de competir, que atine en la dirección de campo, que tenga mano dura con una preparación física que está fallando, que arregle el tema de las incesantes lesiones y peores recuperaciones, que inocule en la cabeza de los jugadores que van por mal camino, que monte de una vez por todas una defensa seria en la que no parezca que están ahí Doña Rogelia y Pocoyó, que le diga al centro del campo que deje de ser más blando que Patricio el amigo de Bob Esponja y que dome el ego de delanteros que no están a la altura del dinero que se pagó por ellos. Al Cholo hay que pedirle que se preocupe y sobre todo, se ocupe, de que el Atleti vuelva a ser lo que fue, que tenga actitud, pierna larga, vísceras, carácter y alma, porque todo lo que se ve ahora mismo en el campo es un muerto viviente sin confianza, sin organización, sin contundencia, sin autocrítica, sin fútbol y sin la energía suficiente para reaccionar, porque una cosa son las palabras y otra están siendo los hechos. Tienen que sacarlo, pero no lo sacan. Conclusión: Que dé la cara Simeone y claro, que se la partan.
Todos sabemos qué pasa cuando no le ganas a nadie. Aparecen rumores de camas, dimisiones, deserciones y cuando la caída es libre, en el caso del Atleti, es a plomo. Quien conoce la historia de este equipo sabe que, cuando la sombra del precipicio se asoma, hay quien sale corriendo. Y eso el Atleti no se lo puede permitir. Y su afición, aún menos, porque no se lo merece. A Simeone hay que pedirle que ponga a jugar gente que esté en forma, que si los futbolistas no dan la talla tome decisiones, que si el club tiene que fichar para no hacer el ridículo en lo que queda de temporada, tiene que dar un paso al frente. A Simeone, como cabeza visible del equipo, hay que pedirle que apriete a quien tenga que apretar para contratar a quien haga falta y no trague con lo que no tiene que tragar. En definitiva, a Simeone, al que ya daban palos como una estera cuando salió campeón, hay que pedirle que sea Simeone, ese señor que se lleva cargando a su espalda el peso, sostén y liderazgo de todo un club que, durante estos años, se ha escondido, tapado y glorificado gracias a la alargada sombra del escudo y pararrayos que significa el argentino. Adelante.
Simeone, al que quien esto escribe le habría deseado salir con la Liga bajo el brazo, en todo lo alto, como se merecía su figura, con aplauso y reconocimiento, hay que pedirle ahora que tenga la pasión, energía y capacidad suficiente para liderar un barco que se está hundiendo. Hay que pedirle que sea, por enésima vez, el pastor con el que a los atléticos nada les falta. Ese que, como cree y trabaja, puede. Ese que tiene que hacer renacer un equipo muerto, mientras tiene que aguantar mofas, vejaciones y comentarios indecentes ya no sólo de esa parte del periodismo militante que le desprecia por sistema, sino también de aficionados que, además de no tener memoria, están empezando a tener muy poco respeto. A Simeone hay que pedirle que perdone a muchos porque no saben lo que hacen, que aguante, que tenga fuerza, que saque la pata de donde la ha metido y que sea el líder que siempre fue, para que los atléticos no se hagan daño. A Simeone hay que pedirle que dé la cara por el Atleti cuando unos vándalos apedran el autobús y están a punto de consumar una tragedia, mientras algunos idiotas le acusan de encararse con una serie de "aficionados", cuando lo que el Cholo estaba era afeando a la seguridad haber permitido que el autocar del club fuese un blanco fácil. A Simeone hay que pedirle que vire el barco, que el grupo deje de parecer el Titanic, que frene este proceso de autodestrucción y vuelva a dejar retratados a los falsos profetas que ya no recuerdan la miseria y el barro por aquellos campos de Segunda, cuando los “atléticos” eran felices y comían perdices. A Simeone hay que pedirle todo, porque al resto jamás se le pide nada.
Simeone es culpable. Responsable. Cabeza visible. Merece toda la crítica que sufre, debe asumirla, procesarla y usarla como gasolina extra para dar vuelta al problema. A Simeone hay que pedirle el mundo, porque durante diez largos años, lo conquistó. Si se ve con fuerza para seguir, al lío y a trabajar. Si no se ve con energía y ha perdido al vestuario, paso al costado. Si el club cree en el Cholo, que alargue su contrato. Y si Simeone, que es culpable de lo bueno que pasó y de lo malo que está pasando, sobra, perfecto. Entre otras cosas, porque más allá del cabreo de los aficionados, de la sed de sangre de los telepredicadores y de las campañas de los expertos del universo Twitter, está la cruda realidad. Si Simeone sobra, ahí dentro sobran cien más.
Rubén Uría




