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Real Madrid v Atlético Madrid

Siempre al límite

15:28 GMT-6 12/01/20
Alvaro Morata Raphael Varane Atletico Real Madrid Supercopa 12022020

Partido trabado, prórroga vibrante y final agónico. No defraudó la final de la Supercopa de España, porque el guión, entre los dos vecinos capitalinos, se vivió al límite, al filo de la navaja, jugado entre el cielo y el suelo, como ya es costumbre habitual. Ambos lo tuvieron ganado y perdido, ambos se mantuvieron firmes estando a un paso del precipicio y ambos llegaron a la tanda de penaltis – que no es una lotería, sino un arte-, exhaustos. El título menos importante de la temporada, jugado como si fuera un todo o nada, acabó decidiéndose en el último aliento del último suspiro. Así fue en Madrid. Así fue en Lisboa. Así fue en Milán. Así fue en Tallin. Y así fue en Yeda, porque parece estar escrito en las estrellas que, en esta particular historia de un derbi madrileño que ya es planetario, el corazón de unos y otros debe estar hecho a prueba de bomba. Cada duelo es una montaña rusa de emociones y todas se deciden al límite. Todas.

Sangre, sudor y lágrimas – unas de felicidad y otras de frustración-, los dos rivales eternos demostraron categoría, entereza y hambre de triunfo. El destino, caprichoso, no quiso que la gloria estuviese en las botas de Jovic, ni en las de Modric, ni en las de Mariano, ni en las de Kroos. Tampoco fue condescendiente con Correa, ni con Giménez, ni con Vitolo, ni con Thomas. Menos tuvo que ver con el destino con el hecho de que Morata no pudiera gritar un gol en un mano a mano que parecía lapidario, porque de eso se encargó Fede Valverde. El uruguayo, con una patada tan desesperada y necesaria como alevosa y violenta, evitó lo que parecía el fin para el Madrid. Cazó a Morata y se fue a la caseta. Minutos más tarde, vivir para ver, le nombrarían MVP de una final en la que cualquier jurado con un mínimo de decoro habría reparado en que premiarle, al menos esta noche, sólo puede inspirar un sentimiento: vergüenza ajena.

En una final sin dueño, con una prórroga trufada de emoción y dos equipos entregados, el veredicto llegó desde los once metros. Un escenario fatídico para el subcampeón y apoteósico para el campeón. Así fue: lo merecieron los dos, lo rozó el Atleti y lo ganó el Madrid. El duelo entre dos equipos que el pasado curso no ganaron ninguna competición doméstica se inclinó del lado blanco. Para unos, nada. Para otros, todo. En los banquillos, cabeza arriba: hablarle a Zidane de gen ganador es como hablarle a Noé de la lluvia y hablarle de competir a Simeone es como pretender darle lecciones de gravedad de Newton. Como en “Los Inmortales”, sólo podía quedar uno. Y ese fue el Madrid. En los penaltis. Que no son una lotería, sino un arte. O cuando menos, un elemento más del juego que hay que dominar. Uno que atormenta al colchonero y pone trempante al madridista.

En la Supercopa de España más extraña que uno recuerda, el Atleti salió de Arabia mejor de lo que llegó, sabiendo que todavía está en obras, pero interiorizando que puede mirarle a los ojos a cualquiera. Y el Madrid, más reforzado que nunca, alzando un trofeo que, como es norma de la casa, se entiende como un posible ensayo general de su escenario favorito, ganar en primavera. Todo se resolvió al límite. Otra vez. Como siempre. Es la marca registrada de este derbi interminable y planetario que amenaza con repetirse el resto del curso. Y sí, volverá a decidirse al límite. 

Rubén Uría