La camiseta 10 del América: un número y una metáfora para Sebastián Córdova

No debe haber en el mundo un aficionado al futbol que no haya preguntado al vecino de platea "¿Quién es el 10 de ellos?”. Si antes, en el América, el 10 era de Arlindo, Zizinho, Eduardo Bacas, Javier ‘Chalo’ Fragoso o Eduardo dos Santos Edú, los tiempos que siguieron fueron los de Luis García, Cuauhtémoc Blanco, Salvador Cabañas, Osvaldo Martínez, Daniel Montenegro, Cecilio Domínguez y Giovani dos Santos, entre otros. La semilla del jugador diferente, sin embargo, no floreció en todos los casos.

Los jugadores figuras de sus equipos, fuesen enganches o delanteros, prefirieron usar la 10 porque la gente que va a la cancha lo primero que busca en el rival es esa camiseta. A la sombra de Cuauhtémoc, uno de los máximos ídolos americanistas, se multiplicaron los esfuerzos por continuar su legado. Pocos como él lograron que el número fuese al mismo tiempo sinónimo de su nombre.

Durante años, la 10 del América comenzó a tener un dueño fijo. Arlindo y ‘Chalo’ Fragoso la utilizaron en los 60; Zizinho y Lalo Bacas en los 80; Edú, Martelotto y Luis García en los 90, al igual que Leo Rodríguez; y luego vinieron los contemporáneos: Cuauhtémoc, Cabañas, Osvaldo Martínez, ‘Rolfi’ Montenegro, Cecilio y Gio, “pero el más completo fue el ‘Cuauh’”, dice Carlos Reinoso, otros de los grandes emblemas del americanismo.

“Lo de él era imaginación pura. Sólo a un genio se le pueden ocurrir esas cosas: la ‘Cuauhteminha’, el pase con la joroba… Pensaba una jugada y dejaba solo al compañero. Fue de los mejores jugadores que vi jugar en mi vida”, agrega el chileno, multicampeón como jugador y luego también como técnico de las Águilas. Después, esa misma camiseta le quedó estampada a otro ídolo de nacionalidad paraguaya: Salvador Cabañas.

“Era una bestia, un animal. Más allá del número de camiseta, fue el mejor 9 con el que jugué en mi vida”, afirma el exzaguero argentino Sebastián Domínguez, quien fue su compañero en 2008, cuando los equipos mexicanos competían todavía en la Copa Libertadores. “Había partidos en los que éramos diez atrás y se la tirábamos a él, porque sabíamos que algo iba a inventar. Ese sí que te marcaba diferencia”.

Cabañas, como Cuauhtémoc, vendió montones de camisetas con la 10 del América, una marca registrada que atravesó las barreras del tiempo. “La pelota siempre al 10”, dice el refrán en la calle y en los pasillos de los estadios de futbol. Sin embargo, no todos pudieron trascender con ella. En ese renglón están Daniel Montenegro, Cecilio Domínguez y Giovani dos Santos, a los que les costó lidiar con la historia de viejos héroes. Entre ellos Zizinho, el papá de Gio.

“Tiene una situación que se lesiona y es: ‘me duele y me duele’, y de ahí no lo sacas. En el Mundial de Brasil 2014, le quemaban los pies”, señaló hace unos meses el técnico Miguel Herrera sobre Dos Santos, en una entrevista con el emprendedor Carlos Muñoz. El último 10 de las Águilas jugó 42 partidos en cuatro torneos (14 entrando de cambio) y marcó cuatro goles. Además, ganó un trofeo Campeón de Campeones (2018-19). La misma irregularidad acompañó años antes a Cecilio, ‘Rolfi’ Montenegro y Osvaldo Martínez. Ninguno supo entender el viejo manual del jugador número 10. El del conductor, el genio, el creativo: ese que Cuauhtémoc, Cabañas, Zizinho o Lalo Bacas se aprendieron de memoria.

Sebastián Córdova México tercer puesto Tokio 2021@miseleccionmx

El momento ahora es de Sebastián Córdova, quien aceptó cargar con el peso que hay detrás de la 10. Lo hará con 24 años, un tercer lugar en los Juegos Olímpicos, tres campeonatos en su carrera (dos de ellos con el América: Copa MX y Campeón de Campeones) y un pequeño recorrido con la Selección mexicana.  Pero, sobre todo, con eso que buscan los aficionados americanistas en las tribunas: identidad, sentido de pertenencia, coraje. Eso que tal vez no tuvieron los que se fueron antes.

Hace unos días, durante su aventura por Tokio 2021, Córdova celebró uno de sus goles ante Corea del Sur -en los cuartos de final- recostado en el césped y con un brazo sosteniendo su cabeza, tal como lo hizo alguna vez Cuauhtémoc en un partido contra el Atlas de Ricardo La Volpe. La leyenda ante el prodigio. Usando una metáfora del juego, puede decirse que Cuauhtémoc armó la jugada y Córdova la definió de taquito, como aprendió de él.

Claro que antes hubo una prehistoria. “Hace una semana me dieron la 10 del América. Fue un homenaje para recordarlo”, dijo el joven volante antes de llegar al duelo por la medalla de bronce (ante Japón). En el América, Córdova es menos enganche y más velocidad, un jugador que sirve para el futbol de malabarismos y cortes para los comerciales. Su función no es pensar el juego, sino hacer que jueguen los demás. Y ahí radica su diferencia: es un 10 contracultural, porque le tocó ese juego de ahora en el hay más dinámica y menos freno.

El número de los jugadores diferentes lo espera ahora. Algunos, en mensajes de WhatsApp, le dicen que juegue como quiera y no como le dicen, y que sea tan bueno que no tenga más remedio que permitírselo. Porque siempre habrá alguien que pregunte por él.

Sebastián Córdova México Selección mexicana Juegos OlímpicosGetty
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