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Partido a partido, no cromo a cromo

El equipo está en la UVI. Sin anestesia y sin historias para no dormir. La gloria de la década dorada del Atleti fue contundente: Simeone heredó un muerto y devolvió un campeón. Hoy, el proceso se ha invertido y el equipo ha vuelto, de golpe y por demérito incalculable, a la casilla de salida. Simeone armó un campeón y ahora dirige a un muerto viviente. Su Atleti, un equipo de autor, se construyó en base a cimientos sólidos, esculpidos en la ética del trabajo y en un estilo que no contentaba oídos porque peleaba para conquistar títulos. El Atleti actual es un equipo Frankenstein, un gigante con pies de barro, esculpido en la ética del cromo caro, con un estilo irreconocible que hace feliz al periodismo y pelea por la más absoluta nada. El éxito del Atleti era de primero de cholismo: si se cree, y se trabaja, se puede. Hoy ese principio se ha traicionado: y si no se cree, y si no se trabaja, no se puede. 

La radiografía del equipo, como la clasificación, que es la prueba del algodón, no engaña: el equipo está roto anímicamente, lleva meses bloqueado, los jugadores han involucionado, la apuesta de juego es plana, el rendimiento individual de cada jugador es famélico, la plantilla que se creyó ser la mejor de la historia está desequilibrada, la preparación física del grupo es muy cuestionable y el entrenador, que durante diez largos años ha tenido discurso para salir de cualquier atolladero, no encuentra solución y es parte del problema. Es más fácil buscar culpables que encontrar soluciones, pero cuando el fallo es multiorgánico, la palabra crisis es un eufemismo. El primer gran problema es estructural. Después de una década acercándose, a golpe de riñón, a Madrid y Barça, el Atleti ha equivocado el camino, porque se ha creído que es el Madrid y el Barça, cuando ni lo es, ni jamás lo será. Su éxito era competir contra ellos sin pretender serlo. Paulatinamente, el equipo se ha dedicado a imitar todos los pasos de sus adversarios. Fichajes millonarios, cromos caros, overbooking en diferentes roles y un nivel de ansiedad e histeria directamente proporcional a los absurdos debates mediáticos que adornan a merengues y culés. Craso error. De discurso, de elección y de camino. El Atleti es partido a partido, no cromo a cromo. El Atleti es feo, fuerte y formal, no rico, guapo y pijo. El Atleti se tiró diez años sabiendo quién era y a quién representaba. Hoy no sabe quién es y no se representa a sí mismo. 

Simeone, que es lo mejor que le ha pasado al Atleti en su historia, es el primero en la fila de las responsabilidades. Él lidera en lo bueno y también debe hacerlo en lo malo. Si sale en todas las portadas de los grandes éxitos, debe figurar en la de los fracasos. Así es y así debe ser. Si no siente la energía que debe sentir, que no lo creo, debe dar un paso al costado. Si siente que el equipo no le responde, debe tomar decisiones drásticas y dejar en el banquillo a todo aquel que considere. Si siente que lleva equivocando toda la temporada, tiene que reflexionar y pegar un volantazo. Si siente que está perdiendo al vestuario, se tiene que encerrar con el grupo dos días si hace falta, mirarse a la cara, decir cuatro verdades y preguntar, en voz alta, qué necesita el equipo para volver a ser un equipo. Y si tiene que plantarse ante el club y pedir lo que tiene que pedir, que lo haga. Entre otras cosas, porque como el propio Cholo reconoce, hay cosas que no se pueden esconder. 

Atrás, el equipo que era una roca ahora es un flan. Tiene un ataque de pánico cada vez que llueve un centro al área, tirita de frío en cada contra, se hunde cada vez más para defender cada día peor y cuando toda la retaguardia no está lesionada, es de circunstancias, no tiene ritmo de competición o tiene un nivel de concentración de alevines. En el medio, el panorama es desolador. Muchos nombres, poco fútbol. A falta de un cinco puro, con un puñado de interiores que sabe y quiere, pero no puede, la duda se ha instalado para quedarse. Arriba hay una concentración de talento y también de egos. Un overbooking de cromos caros que brilla en los periódicos, pero no en el campo. Todos quieren jugar, todos piden minutos, todos alimentan debates y el entrenador no acaba de decidirse. Se ha perdido la meritocracia, se ha extraviado la confianza y cada partido es un simulacro de todo lo que el equipo había sido y ha dejado de ser. El Atleti es un equipo desestructurado, desnortado y sin identidad. Antes era un equipo molesto. Ahora es una ONG. Un engendro que parece cualquier cosa, menos un equipo de Simeone.

Durante ocho años fue un equipo de granito en defensa que lastimaba al galope. El curso pasado, con otros jugadores de mejor pie, apostó por tener más la pelota y guardar el equilibrio con tres centrales al fondo. Hoy, el equipo no defiende, ni ataca, ni construye, porque ha perdido el equilibrio. No tiene automatismos colectivos y depende, única y exclusivamente, de esfuerzos individuales. Un día es un golazo de Correa, al otro es un doblete de Antoine, una cabalgada de Carrasco o un eslálom de Lemar, pero no hay un plan de choque, no hay un estilo reconocible, no hay fuerza en el grupo y se ha perdido orden, trabajo, agresividad y carácter. Si los jugadores reconocen que les falta concentración y el entrenador reclama agresividad, porque no se gana un duelo ni a tiros, y todo eso no es un accidente sino una tendencia, el problema es de primer orden. El rumor circula: cama, litera o edredonning. La verdad vende menos: el grupo está bloqueado. Quiere y no puede. 

El camino es claro como el caldo de un asilo: el que se quiera ir, adiós y gracias. El que se quiera quedar, que se ate los machos con el palo de la bandera y que tenga autocrítica, humildad y vuelva al camino del que jamás debió apartarse. Jugar con el cuchillo entre los dientes, ir partido a partido y volver a ser lo que la historia del Atleti reclama que sean: pelea. Porque el Atleti, sobre todas las cosas, es pelea. Puede ganar o perder, pero si pierde su imagen, lo pierde todo. Anoche un gran amigo me confesó que, por primera vez durante la era Simeone, se sintió humillado por el equipo. Eso no puede volver a repetirse jamás. El hincha puede olvidar una derrota, porque da igual ocho que ochenta que ochocientos cincuenta, pero no puede perdonar ver cómo su equipo se autodestruye por querer ser un equipo que no es. El espíritu de este club es el que es: ser del Atleti es levantarse después de cada paliza, aunque no se tengan ganas de levantarse. Así ha sido, así es y así debe ser. El que no crea, que se vaya. Y el que todavía crea, que apriete los puños, que se trague la bilis y que suelte todo lo que tiene dentro en el campo. La gente del Atleti no se merece esto. Y en este club nadie es imprescindible, salvo su afición. Se acabaron las excusas. Los nombres no sirven. Se necesitan hombres. Resuena la frase de Al Pacino. O se curan como equipo o morirán como individuos. Partido a partido, no cromo a cromo.

Rubén Uría

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