Las reglas de la FIFA establecen una división entre las competencias internacionales femeninas y masculinas de fútbol, decisión inamovible hasta el momento y sin excepciones. Sin embargo en Argentina -y en muchos lugares del mundo- hay jugadoras y jugadores que cuestionan esta regla. Gabriela Garton es una de ellas.
"Si hay una mujer que tenga nivel para jugar con varones, que juegue. Es romper con esa idea de que los hombres siempre van a ser mejores que las mujeres en cualquier deporte y que no puede haber mujeres que desafíen esa norma", dice la arquera de la Selección argentina y de Sol de Mayo, equipo de hombres de San Luis con el que comparte no sólo entrenamientos, si no también partidos amistosos, por ahora. Es que su entrenador quiere que la autoricen a participar en la Liga puntana. "Quiere romper con el prejuicio de que el fútbol tiene que ser sí o sí masculino y femenino", agrega Gaby, quien además de ser arquera es socióloga (escribió un libro, "Guerreras. Fútbol, mujeres y poder") y becaria del Conicet, organismo dedicado a la promoción de la ciencia y la tecnología en la Argentina. Una desafiante total del sistema.
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Gabriela nació en Rochester, Minnesota, pero su mamá es argentina -su papá es estadounidense- así que a los 23 años, y después de recibirse de Licenciada en Estudios Hispánicos en Texas, decidió volver a Argentina para jugar al fútbol en River. Dejó la comodidad de toda una vida en el mismo lugar, lugar que promueve el deporte femenino, dejó a sus padres y a sus amigos. Dejó el confort para llegar a Buenos Aires, a un fútbol que la obligó a trabajar de otra cosa para poder sobrevivir porque nunca cobró un sueldo por atajar. Después de pelearla en River se fue a la UAI Urquiza, donde fue campeona y jugó la Copa Libertadores. Y otra vez se la jugó, porque si hay algo de lo que sabe Gabriela es de jugársela: se fue a vivir a San Luis porque su marido, Cristian, es militar y fue trasladado al Grupo de Artillería N° 7.
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Volvió a empezar, una vez más. Primero, sin encontrar un equipo en el que se sintiera cómoda y en el que los entrenamientos le permitieran compartir tiempo con su pareja, quien la banca en esta locura del fútbol. Es que Gaby, que viste la camiseta de la Selección desde 2015, nunca dejó de representar a la Albiceleste, incluso sin tener club o sin jugar en una liga competitiva. Pero el premio de representar a su país tiene un costo alto: tres veces por semana (como mínimo) recorrió los 800 kilómetros que separan San Luis de Buenos Aires en micro para entrenarse bajo las indicaciones de Carlos Borrello en Ezeiza. También debió comprarse sus guantes, sus calzas, su ropa, pagarse el gimnasio, la nutricionista, el kinesiólogo. Le puso el cuerpo, el tiempo, la mente, y su dinero que gana haciendo traducciones. Sin embargo lo hizo sin quejarse, pero también sin dejar de visibilizar las diferencias entre hombres y mujeres futbolistas (¿alquien se imagina a Messi recorriendo esa distancia en micro tres veces por semana?) y ahora juega el Mundial de Francia, aunque ya haya conquistado mucho más que una Copa del Mundo.
