La noche fue un concierto de 'AC/DC'. Su banda sonora, 'TNT'. Pura dinamita. Avanzó, de detonación en detonación, hasta el derrumbe final. La eliminatoria fue para el City, ese club-estado que lo es o no, dependiendo del equipo al que se enfrente. La noche fue para el Atleti, ese apóstol del antifútbol y las artes oscuras o no, dependiendo del rival que tenga enfrente. El choque de trenes tuvo los ingredientes de las grandes noches. Estilos contrapuestos, energía desbordante y un rosario de cuentas pendientes. Futbolísticas, personales y morales. En la ida mandó el ballet de Guardiola, que tuvo posesión, ocasiones y conquistó el botín del gol. El Atleti apeló a su resistencia, se resguardó en el área y confió en cambiar el cuento en la vuelta. Lo rozó. En la vuelta mandó el equipo de Simeone, con empuje, corazón y ocasiones de sobra para conquistar un gol que mereció, de sobra, y que no logró por falta de contundencia. Pasión. Fútbol. Detalles. Y una conclusión de ida y vuelta: ni el City es puro glamour siempre, porque también recurre al pragmatismo cuando toca; ni el estilo del Atleti es puro catenaccio, porque no merece el desprecio gratuito que recibe. Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.
De fondo, una reflexión: durante la eliminatoria, se jugó a lo que quiso Simeone. En la ida, plantó su muro. Decisión suya. En la vuelta, tiró del séptimo de caballería. Decisión suya. Insuficiente para ganar, suficiente para explorar los límites del City, que se retorció como no lo había hecho en toda la temporada, atropellado durante media hora volcánica rojiblanca. El alto voltaje de la noche alteró el guión y cambió las partituras. Si la ida sirvió para criminalizar a Simeone por defender y alabar a Guardiola por atacar, en la vuelta el Cholo atacó con todo lo que tenía y a Pep le quedó el manual de supervivencia y el “otro fútbol". Suficiente para pasar. Nada que reprochar. Para desgracia de los puristas, eso también es fútbol. Simeone hizo de Guardiola y Guardiola, de Simeone. La noche se cerró con un clásico: gente que no saber ganar frente a gente que no sabe perder. Walker y Grealish sacaron la sin hueso de paseo y Savic y Vrsaljko quisieron dar un paseo para romperles todos los huesos. Cuando se vean en las imágenes, no se sentirán orgullosos. Cabe esperar expediente, sanciones y moralina correspondiente de UEFA, que siempre aparece cuando nadie la necesita. Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.
En el limbo, conjeturas indemostrables. Qué habría pasado si el Atlético hubiese jugado más abierto en la ida; qué habría sucedido si los que maltratan a Simeone hubieran quedado con el trasero al aire; qué habrían dicho los supremacistas morales si el City, minimizado, hubiera muerto empotrado en su área; qué habrían dicho Van Basten, Sacchi y John Carlin si Pep hubiera caído después de media hora colgado del larguero; y por último, qué habrían dicho los cofrades del revisionismo arbitral si la caída de Correa en el área - que no mereció ni la consulta con el VAR- hubiera tenido que ver con su equipo. De fondo, la cuestión moral. La noche puso a cada uno en su lugar. Y desnudó las miserias de los que se creen en posesión de la verdad y el relato prefabricado. Fútbol es todo. Atacar, regatear, rematar, defender, rascar, protestar, perder tiempo y hasta una buena bronca. No existe una manera única de jugar a esto. Todas son legítimas. Todos los estilos, gusten más o menos, merecen respeto. Y no hay más gloria en el fútbol champagne que en el fútbol de la caña y el pincho de tortilla. Cada uno juega como quiere. O como puede. Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.
La noche fue eléctrica. El espíritu del Calderón se trasladó al Metropolitano, la grada se volcó, censuró la doble moral de la UEFA, jaleó cada carga colchonera, protestó las pérdidas de tiempo inglesas y añadió el nombre de Pep a su particular lista de la venganza: “Jürgen Klopp, Dean Saunders, Gary Lineker, Arrigo Sacchi, Van Basten, John Carlin, Clattenburg, Alexander Ceferin, la UEFA y Guardiola.” Y después de caer, el público tiró del ritual marca de la casa: convertir un funeral en una reivindicación de su sentimiento, pasando quince largos minutos ovacionando a sus pretorianos y saliendo del campo con la cabeza bien alta, cantando el himno de su equipo. Todo cuello. Con la dignidad intacta y con el orgullo de sentirse representados por un equipo que no merece las lecciones morales y el desprecio sistemático que recibe. Saben que los titulares de la prensa inglesa mejoran al arder y que los telepredicadores de la telebasura española mejoran con el "mute". Insuficiente para pasar, suficiente para vivir. Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.
Las palabras son gratis. Los hechos no. En fútbol profesional, ganar no es lo importante, es lo único. La eliminatoria fue para el City de Guardiola. La noche, para Simeone y su Atlético. Ganar o perder no cambiará la realidad. Pep y Cholo, intercambien flores o dardos verbales, con mejor o peor léxico, seguirán siendo dos monstruos de esto. Guardiola seguirá siendo el mejor representante de su estilo. Y Simeone, del suyo. Eso exige y merece respeto. El debate de fondo, también el moral, desnudó que los extremos se tocan, que los talibanes de ambos estilos se parecen más de lo que creen, que se puede ganar perdiendo y que se puede perder ganando. En el fútbol, que es el mejor relato de la vida, ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.
Rubén Uría




