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Manual para patear tiros libres como Messi

Seis etapas tienen las entrañas de la magia. Son tres segundos según la precisión del reloj del partido entre Argentina y Estados Unidos, en Houston, por en la Copa América 2016: de 31:30 a 31:36. A simple parpadeo, pensará que es el reflejo perfecto de un animal salvaje, pero no: todo tiene un minucioso cálculo. 

Uno : las cejas levantadas, la creación de una mente que logra el silencio en el medio de una multitud parlante, las pupilas clavadas en tres secuencias que requieren cálculos pitagóricos: arco, arquero y pelota. 

Dos : un pasito cortito con la derecha, casi como utilizando esa pierna como estaca al suelo.

Tres : una arremetida más larga con la izquierda, acelerando de cero a cien en instante.

Cuatro : un nuevo paso en derecha, para equilibrar la embestida del galope a toda velocidad y dejar preparado el mundo para lo que se viene. 

Cinco : el despegue arrollador hacia la última vuelta del Gran Prix del tiro libre, con la izquierda haciendo un péndulo en el aire para combinar peso con velocidad para lograr fuerza.

Seis : el impacto con un híbrido de empeine y cara interna que termina besando el travesaño y yendo adentro. 

Golazo y golazo y golazo. Qué golazo, Lionel Messi .

Ya decía Carlos Tevez, hace un tiempo, que los tiros libres son una cuestión de práctica y que notaba, en eso, el esfuerzo del 10 de la Selección por mejorar ahí. Ya decía Juan Román Riquelme que, cuando Manuel Pellegrini lo colgó en Villarreal, se quedaba con Diego Forlán y con el arquero suplente pateando y ahí se superó a sí mismo y volvió a las Eliminatorias para hacerle dos goles a Chile en el debut de Marcelo Bielsa en esa Selección. Todos adquieren ese proceso: él también.

"Poné la pelota acá y escuchame bien: no le saques tan rápido el pie cuando pateás porque si no ella no sabe lo que vos querés” , Maradona combinaba su garganta con el aire frío, sacaba humo de la boca, combatía el frío de Marsella y agarraba el hombro de Messi para explicarle, en ese entrenamiento previo a un partido contra Francia, en 2009, cuando recién arrancaba la era Diego en el banco de Argentina. Esa es la gran enseñanza de Maradona a Messi. Puro entrenamiento, de esos chiquitos, que no responden a la cybernética que provee de información a la táctica ni a un gurú emocional para armar grupos: técnica, nada más que eso.

Contó alguna vez Jorge Valdano, que, siendo director deportivo de Real Madrid, pasó caminando por el predio de entrenamiento, un rato más tarde de que hubiera terminado el entrenamiento, y él, que hasta durmió con Maradona la noche anterior al gol a los ingleses, se quedó sorprendido por lo que estaba ocurriendo: un auxiliar de la Casa Blanca tiraba centros una y otra vez y ahí estaba Cristiano Ronaldo practicando saltos y cabezazos dentro del área. Imágenes así veía casi diariamente con el portugués pateando tiro libres también, algo que le hacía acordar a David Beckham, un obsesivo en practicar esos detalles.

Seis etapas tienen las entrañas de la magia porque el arte requiere de obsesiones. Dicen que no es sólo inspiración: que requiere un método que abarca saber mirar al arquero, entender cómo dar los primeros pasos para llegar con el impulso justo al impacto, poner el pie con el mismo detalle milimétrico que le requiere a un golfista hacer un drive de 200 kilómetros con viento y desniveles. ¿Cuántas veces se preguntaron a lo largo de la historia millones de personas qué tan largo era el infinito? Messi, de magia infinita, cada vez pasa más y más al cielo.

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