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La dinastía de Messi

18:13 GMT-6 06/04/19
MESSI BARCELONA REAL MADRID COPA DEL REY

Campeón virtual, el Barça de Messi sigue reescribiendo la historia del club: a falta de siete trámites para el final, suma ocho de las últimas once Ligas. Una cifra que destila dos realidades incuestionables: la primera, que la hegemonía del Barcelona en el campeonato doméstico es incontestable; la segunda, que desde la irrupción de Messi con la camiseta blaugrana, el ciclo ganador se ha invertido, porque ahora Di Stéfano lleva el 10 y es culé. Y eso que el Atleti desafío al campeón. La tropa de Simeone plantó batalla, con once y con diez.  De inicio, el guión era el de las grandes noches: dos equipos encendidos y un título en juego.Todo saltó por los aires con la expulsión de Diego Costa, un temperamento volcánico que soluciona problemas al tiempo que los crea. El árbitro recogió en el acta un insulto que castigó con roja directa. El lance tiene una lectura y un matiz: si se dirigió al colegiado en esos términos, merece la roja y además, una sanción por irresponsable; el matiz, convendría establecer, de una vez por todas, el grado de tolerancia de algunos colegiados sobre estas cuestiones, ya que algunos son inflexibles – como debe ser- y otros, laxos- ellos sabrán por qué-, porque las injurias, como las expulsiones, no pueden depender del valor del árbitro, del jugador que las profiere o del color de la camiseta.

Espoleado tras verse en inferioridad, el Atlético se multiplicó y no reculó en el Camp Nou.  El Atleti murió de pie, con grandeza. Era su última bala y murió con dignidad. Ante la adversidad, entereza. Ante la fatalidad, rebeldía. Y en la derrota, orgullo. Todo cuello, Godín y Giménez completaron un ejercicio defensivo de primer nivel; Thomas estuvo imperial, Rodri jugó a fútbol de cine y Griezmann, objeto de una avalancha de pitos desde el despecho, ya sabe en qué lugar le quieren y dónde no. Simeone murió matando. Se quedó con uno menos, pero perseveró en su ofensiva, retiró un defensa y sacó un punta. Fue ambicioso y envió un mensaje: su equipo sólo iba a bajar la cabeza para besar el escudo. Al Barça, con un ojo en la calculadora y otro en la pelota, le costó. Messi lideró y Suárez percutió, pero la potencia de fuego moría en manos de Oblak, prodigioso como siempre. Valverde masticó el partido, apuró los cambios y decidió abrir el campo. Toda vez que descorchó el encuentro por los flancos, apelando al recurso de Malcom, el Barça, remolcado por Messi y Suárez, remató la Liga con el rival sacando el corazón por la boca. Oblak mantuvo a los del Cholo con vida hasta la recta final. Hasta que Messi y Suárez, asesinos natos, sacaron humo de la red. Al Atleti le quedó el consuelo de vender cara su piel y estirar el chicle de un campeonato que, en realidad, ya tenía dueño, porque estaba escrito: el equipo de Messi.

Esta nueva Liga azulgrana es, en realidad, la confirmación de algo que sólo los telepredicadores siguen negando: un aplastante dominio del campeonato de la regularidad que parece no tener fin. Con Messi, la tiranía en azul y grana parece “La Historia Interminable”. Desde que apareció el crack de Rosario en la escena, el Barça se ha convertido en el dominador de un torneo que se juega al ritmo que quiere el argentino. Los números no engañan: ya son ocho Ligas de las últimas once. Y en todas, el denominador común es el que es: el señor bajito que lleva el 10 cosido a la espalda. Es el que más goles marca, el que más asiste, el que más regatea, el que más marca desde fuera del área y el que más goles marca de libre directo. Como el curso pasado. Nunca el Barça ganó tanto y nunca la Liga fue tan azulgrana como con Messi. Él ha creado y sostenido una dinastía barcelonista. Una que, con Messi en el campo, no tiene fin. 

Rubén Uría