Ruben Uria BlogGoal

Historia de un fuego incontrolable que surgió de la nada

Paradojas de la vida: la final de la Supercopa de España, por primera vez, la jugarán dos equipos que no han sido campeones de nada. Odio eterno al fútbol moderno. O mejor dicho, al negocio puro y duro. Sea como fuere, el fútbol escribe sus relatos con renglones torcidos, porque el guión parecía escrito. Era el de casi siempre. Messi había vuelto a demostrar que sus caminos son inescrutables, había reducido la resistencia heroica de Oblak, el Atleti volvía a inclinarse y la Supercopa de Arabia iba a ver el enésimo Barça-Madrid de nuestras entretelas. Y entonces, de la nada, sucedió. La computadora azulgrana gripó: Error 404: File not Found. El Barça creyó tener todo bajo control, bajó la guardia y cuando quiso reaccionar, le habían puesto la cara como un mapa. Más duro mentalmente, más hecho a al arte de remar a contracorriente, el Atleti salió de la tumba que Messi le había vuelto a fabricar, mandó la prótesis del perdedor a hacer gárgaras y se puso manos a la obra. Había que creer y creyó. Había que trabajar y trabajó. Y como repite el prócer, si se cree y si se trabaja, se puede.

Y pudo, El Atleti pudo, entre otras cosas, porque Simeone, ambicioso ya en el entretiempo – sacó a Koke que marcó, aguantó 15 minutos y se volvió a romper-, arengó a su tropa cuando tenía pie y medio en el precipicio, cuando el Barça era netamente superior y cuando todo parecía perdido. Con gritos de general acorralado, tocó zafarrancho de combate, sacó la artillería pesada, dejó en el campo a Vitolo, Correa, Joao Félix (que tiene carácter y no se arruga) y Morata y apeló, al famoso toda la carne en el asador. De perdido al río, el Cholo, vituperado una y mil veces por los falsos profetas que le acusan de ultradefensivo, viró el partido, lo convirtió en un ida y vuelta y dejó que el Atleti ocupase el centro del ring, para intercambiar mano por mano con un Barça, hasta entonces, superior. Oblak había salvado al Atleti, Correa lo agitó y Vitolo lo resucitó. Del resto se ocupó un gran Marcos Llorente. El Atleti homenajeó su himno poniendo “coraje y corazón”, puso el alma en cada balón dividido y robó con tanta voracidad como acierto. Uno, dos, tres y hasta cuatro contragolpes rabiosos para fulminar a un Barça víctima de un apagón de juego, motivación e ideas. El Barça dio un paso atrás y el Atleti, dos hacia adelante.

De menos a más, con un ritmo febril y una fe inquebrantable en que a morir, los suyos mueren, Simeone se marchó del campo orgulloso. Tenía motivos. Tenían el agua al cuello, todo el mundo les había cerrado la persiana y cuando el funeral rojiblanco parecía seguro, el Barça se descompuso ante el empuje colchonero. El Atleti ganó con la receta añeja que el viejo Cus D’Amato grabó a fuego en el cuerpo de Mike Tyson. Primero transformó la chipa en una llama, luego esa llama se tornó en fuego y después, ese fuego, se convirtió en un incendio incontrolable. Los jugadores del Barça corrían como un coche de bomberos en dirección equivocada, Messi no daba crédito a un final así después de su enésimo recital y cuando Valverde quiso sacar la manguera, del Barça ya sólo quedaban cenizas. A la tremenda, con bravura y épica, el Atleti se metió en la final. Fue, como tantas y tantas veces, fruto del relato de su vida: sobreviviendo en el alambre y renaciendo triunfante saliendo de la nada. El Atleti prendió un fuego incontrolable y el Barça, que tenía todos los triunfos en su mano, acabó abrasado. En Arabia se cenó pizza.

Rubén Uría

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