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Giorgio Chinaglia y la Lazio de los pistoleros

Mientras que el gran director de cine Sergio Leone tuvo que llevarse a sus pistoleros a Almería para pasar a la historia con obras maestras de la talla de El Bueno, el Feo y el Malo, Giorgio Chinaglia se quedó en Roma, desde donde aterrorizó a toda Italia con su propia banda de forajidos.

No en vano, durante el rodaje del scudetto de 1974, muchos equipos se discutían el papel del bueno. Estaba el Cagliari de Gigi Riva, que cuatro años antes había desafiado al establishment ganando el campeonato; o el Torino, que con el fichaje de Francesco Graziani y la confirmación de Paolo Pulici volvía a presentar su candidatura al título; la sempiterna Juventus que entonces entrenaba el tío de Zdenek Zeman, Cestmir Vicpalek; y también la Fiorentina que lideraba el joven genio de la rubia melena Giancarlo Antognoni.

El rol del feo se lo disputaban el errático Milan y la Roma, grises competidores pero grandes animadores del torneo. En cambio, el del malo estaba claramente adjudicado a la Lazio desde 1969, cuando incorporó a Long John Chinaglia, un corpulento y arrogante delantero de ideas fascistas y amante de las armas. Rápidamente rebautizado con el nombre del villano de La Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson por su origen galés y su carácter dominante y despótico, lideró a uno de los equipos más violentos de la historia del calcio, famoso por haber apalizado a los jugadores del Arsenal en un restaurante de Roma en 1970.

Formado en el Swansea después de que su familia emigrara a Gales para abrir una trattoria, regresó a Italia en 1966 para cumplir el sevicio militar y se enroló en el Massese y en el Internapoli antes de vestir el biancoceleste de la Lazio. En Roma Chinaglia se erigió como líder de un vestuario igual de agresivo y con su misma filia por las armas. El portero Felice Pulici hasta reconoció que “más o menos todos íbamos armados en aquel equipo; paseábamos con las cartucheras bajo el brazo, como los inspectores de polícia norteamericanos”.

Jóvenes y armados como eran, en las concentraciones, podía pasar cualquier cosa, pues en lugar de jugar a cartas los futbolistas laziali preferían disparar contra las farolas, los pájaros o los tifosi de la Roma que se acercaban para truncar el supuesto descanso del rival en las vísperas de los derbis ciudadanos. El defensa Sergio Petrelli ha admitido que incluso disparó contra la lámpara de su habitación para apagar la luz antes de ir a dormir por simple pereza.

Ésta era la ciénaga en la que Chinaglia se había instalado y en la que se sentía tan cómodo con su Magnum .44 en la mano. “No voy armado para defenderme, sino porque me divierte” matizaba. El equipo, además, estaba literalmente fracturado en dos partes irreconciliables. Por un lado estaba el grupo de Long John, formado por su inseparable Pino Wilson, Giancarlo Oddi y Sergio Petrelli y, por el otro, estaban Luigi Martini, Luciano Re Cecconi y Renzo Garlaschelli. Ambos grupos utilizaban vestuarios diferentes y la violación de la frontera, aunque fuera esporádica, desembocaba en batalla campal. Durante las sesiones de preparación, el técnico Tommaso Maestrelli tenía que acabar siempre los partidillos con empates, porque sino cabía el riesgo que los futbolistas terminaran a bofetadas. De hecho, muchos de ellos sólo utilizaban las espinilleras durante los entrenamientos. Con semejante preparación, un partido de la Serie A era como un paseo dominical por el barrio romano de San Lorenzo.

Pero el secreto de aquel scudetto de 1974, el primero de la historia de la Lazio, radicaba en esta misma mentalidad tan competitiva de Chinaglia y sus secuaces. Puertas adentro se odiaban entre ellos. Pero el día del partido, cuando endosaban el biancoceleste, del primero al último sabían que el rival era el auténtico enemigo, y que había que tratarle como tal. Sólo tres años antes, la Lazio se encontraba en la Serie B. Fue la potencia de Chinaglia, su ansia de ganar y de molestar a todos los que, desde que le echaran del Swansea, no creyeron en él, lo que permitió conseguir el título en una década de claro domino juventino. 

Sin embargo, hay muchos que creen que el fin no puede justificar los medios. El artista y cineasta Pier Paolo Pasolini, por ejemplo, describió al equipo como “una banda de fascistas” y no mentía. Chinaglia había declarado en 1972 que votaría al Movimento Sociale Italiano de Giorgio Almirante, responsable de la propaganda antisemita de Mussolini entre 1943 y 1945 porque le parecía “alguien fuera de los esquemas”. Quizás fuera más bien una actitud de provocación que un sentimiento real, pues una vez retirado, se presentó en varias elecciones con el partido Democrazia Cristiana, una formación de derecha moderada, aunque jamás consiguiera ganarlas.

Se puede decir que Chinaglia se lo montó mal, en este sentido, porque no se puede recabar amor repartiendo odio. Ni siquiera la asistencia que le sirvió a Fabio Capello en la histórica primera victoria de Italia frente a Inglaterra en Wembley le reconcilió con su país, que no le podía ni ver a excepción de los tifosi de la Lazio. En 1975, la presión mediática que tenía que soportar era tanta que accedió a abandonar su Lazio para marcharse al Cosmos de Nueva York, donde jugaría hasta 1983. Se despidió de su amada afición con el saludo imperial romano.

En los Estados Unidos coincidió con leyendas como Pelé, Beckenbauer y Cruyff sin que ello modificara ni un ápice de su carácter conflictivo y arrogante. En un partido el brasileño le recriminó que hubiera preferido tirar desde una mala posición a pasar el balón, a lo que el italiano le respondió: “yo soy Giorgio Chinaglia, y Giorgio Chinaglia chuta desde donde le da la gana”.

Tampoco cambió su actitud una vez estuvo retirado, regresando a las posiciones de poder de la Lazio, en esta ocasión como presidente en 1983 después de comprar el club. Desde su nueva poltrona, continuó despotricando de todo el mundo, acusando a los árbitros de corrupción mientras su equipo iba a la deriva para terminar abandonando el cargo en 1986 bajo acusación de haber firmado balances fraudulentos. Buscó regresar en 2005 después de que los ultras le utilizaran para presionar al entonces presidente Claudio Lotito, que intentaba rebajar el poder de los aficionados más violentos capando sus intereses en la venta de merchandising del club. Lotito llegó a denunciar amenazas del propio Chinaglia en este período: “las piernas de tu mujer son preciosas, sería un pecado que alguien se las rompiera”.

En 2006 fue la fiscalía de Roma quien se acordó de Chinaglia, dictando una orden de arresto por extorsión. El ex delantero optó por escapar del país vaticinando su desafiante regreso: “volveré porque soy italiano; vivo en el extranjero pero soy italiano”. Más tarde, la fiscalía de Nápoles decretó una orden de búsqueda y captura bajo el cargo de asociación mafiosa con el clan de los Casalesi, dominado por los Di Cosimo, una de las famílias más poderosas de la camorra napolitana. Desde entonces y hasta el día de su muerte, en 2012, se le consideró un fugitivo de la justicia italiana ya que no tuvo tiempo de regresar. Fue una de las pocas veces que no cumplió con sus amenzas.

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