El flirteo de la selección inglesa con el nazismo

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La FA instó a sus jugadores a realizar el saludo nazi en un amistoso en Berlín a pesar de su oposición en 1938.


EL MUNDIAL Y LA POLÍTICA

Los internacionales ingleses no querían pero les obligaron a realizar el saludo nazi en un partido amistoso disputado en el estadio Olímpico de Berlín en mayo de 1938 ante una camarilla de autoridades de la talla de Hermann Göring, Rudolf Hess y Joseph Goebbels y más de cien mil fervorosos espectadores tras el resurgir económico y militar de Alemania durante los últimos años. El Tercer Reich acababa de anexionar, incumpliendo los acuerdos del Tratado de Versalles con el que se cerró la Primera Guerra Mundial en 1919, buena parte del territorio occidental de Checoslovaquia ante el estupor de Inglaterra y Francia, incapaces de discutir la ambición sin límites del führer. En las islas británicas, sin embargo, el Primer Ministro, Neville Chamberlain, quería evitar una guerra y dio instrucciones a la selección, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, para que saludaran al estilo nazi antes del partido como muestra de buenas intenciones cuatro meses antes de la firma del Pacto de Múnich que legitimó los territorios anexionados por los nazis.

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"Todos los futbolistas ingleses estaban furiosos y en total desacuerdo, yo incluido" ha recordado Stanley Matthews, estrella del combinado inglés al respecto de la fotografía que abre estas líneas. Tuvo que intervenir el embajador británico en Alemania, Neville Henderson, para convencer a la Football Association de la importancia que tenía aquel gesto en el plano diplomático. Aun así, "Eddie Hapgood, por lo general un capitán respetado y devoto, meneó su dedo hacia el mandatario y le dijo lo que podía hacer con su saludo nazi, el cual invitaba a metérselo en donde el sol no brilla" según Matthews. Pero no había discusión posible. La política británica, en busca de un encaje imposible de la Alemania nazi entre las democracias europeas, requería que sus internacionales realizaran el gesto aunque no les gustara.

Tragaron muy a su pesar. “Pateé una pelota a los pies de Mussolini en Roma y experimenté lo peor en Milán; estuve en Suiza, Rumanía, Hungría, Checoslovaquia, Holanda, Austria, Bélgica, Finlandia, Francia, Noruega, Dinamarca, Suecia y Yugoslavia, comí ajo hasta no querer probar otra cosa en mi vida, estuve en un naufragio, en un choque de trenes y a centímetros de un accidente de avión; pero el peor momento de mi vida, y uno que no repetiría por propia voluntad, fue cuando dimos el saludo nazi en Berlín” ha relatado Hapgood en sus memorias. Los once futbolistas que realizaron el saludo jamás se reconciliaron consigo mismos por ello. Y cabe decir que tampoco resultó muy útil porque el Pacto de Múnich tampoco sació a Hitler y algunos meses más tarde invadió Polonia y forzó a los aliados a intervenir en el que acabaría siendo el conflicto armado más sangriento de la historia de Europa, la Segunda Guerra Mundial.

Pero antes de llegar al absurdo más absoluto hubo un tiempo en el que Inglaterra intentó llevarse bien con el gobierno de Hitler aun contra la opinión pública, encarnada en el sentir de los miembros de la selección inglesa. De hecho, incluso el efímero monarca inglés, Eduardo VIII, llegó a coquetear muy seriamente con el führer, a quien visitó en 1937, meses después de haber abdicado del trono que ocupó durante once meses, desde la muerte de su padre, Jorge V, hasta diciembre de 1936, cuando renunció para poder casarse con Wally Simpson, una mujer divorciada, y cederle la corona a su hermano pequeño, Jorge VI, y padre de Isabel II, la actual reina de Inglaterra. El nuevo monarca, como el nuevo primer ministro, Winston Churchill, resolvieron plantar cara al nazismo y el resto, como suele decirse, es historia aunque por el camino hayan quedado recuerdos para la vergüenza.

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