El libro Maradona no se va a cerrar nunca. Será un ladrillo gigante, el más grande del mundo, con uno y otro capítulo. Vivió tanto, conoció a tanta gente, pasó por tantas situaciones que su techo de relatos nuevos por conocer no tiene límites.
¿Se puede contar algo nuevo de Maradona? Sí. Hay miles de anécdotas desconocidas que todavía están dando vueltas por ahí. Las conocen los que estuvieron con él.
Los que estuvieron con él parecen recordarlo con una extraña fascinación que se mantiene. Hablan de la versión de "Diego" contra la de "Maradona". Recuerdan con mayor o menor detalle, pero están impregnados por una presencia más bien fuera de lo común.
El Mono Rodríguez, excompañero en Cebollitas, parece ser el que más lo conoce de la tanda de entrevistados que pasaron por Diego inédito, un documental de Goal a un año de la muerte de Maradona, a publicarse el jueves 25 de noviembre, a las 10.45 de Argentina. Porque Pelusa se quedaba en su casa las noches previas a los partidos para no tener que hacer el viaje hasta Fiorito. Porque se subían a la chata y viabajan todos pegados. Padres e hijos. Porque jugaban al metegol y Diego no sabía cómo. Porque probaban al pool y Dieguito, ese pibe que en esa época todos los días hacía un gol como el que le marcó a Inglaterra en el 86, no sabía cómo agarrar el taco. Porque lo vio bailar sin parar en los cumpleaños, la única actividad que sabía hacer más o menos bien por fuera del fútbol.
Carlos Fren, de la época de Argentinos, tiene la mirada del veterano que contempla a un pibe. Era tan bueno el pibe que a los pocos días todos tuvieron claro que había que cuidarlo. Les iba a hacer ganar plata. Mucha plata. Diego se cambiaba en el vestuario visitante porque todavía no se animaba a más.
El Mono Perotti, del famoso campeonato del 81 con Boca, no olvida cómo estaba la cancha en el debut de Maradona en la Bombonera, ante Talleres de Córdoba. No entraba nadie. Y nunca olvidará la cara del papa Juan Pablo II cuando vio a Diego. O cuando no podían aterrizar en ninguno de los países de África porque la pista estaba desbordada por gente que quería verlo a él.
Alexanco, de la época del Barcelona, se ríe porque ellos mismos le tiraban naranjas y manzanas para que hiciera jueguitos, como si al lado tuvieran a un protagonista de algún circo.
Di Fusco no se olvida cuando Diego quiso ir al cine durante una concentración. Cinco minutos duró la película. Maradona tuvo que salir corriendo.
Hay tres grandes pilares dentro de la vida de Maradona. La épica futbolera, el hombre y la invasión. La parte del fútbol todavía encandila a todos sus ex compañeros. Nunca vieron nada igual. Sobre el hombre hablan de una persona humilde, a un par. Y la invasión...una pesadilla interna que nunca se fue. Tuvo que convivir ante un asedio que impuso barreras ante todo y todos.
Checho Batista se ríe del día que lo asustó con máscaras en la concentración en México y de los pedos que Maradona le tiraba en la cara a Galíndez, el masajista.
Monchi todavía disfruta porque nunca vio que un jugador pudiera esconder tan bien el tiro, con la suela casi enterrada en el césped y envolviendo la pelota de una manera extraña.
Berti, de Newell's, todavía parece estar elongando mientras decide disfrutarlo a él. Lo mira patear tiro libres. Pegarle al palo, al ángulo, al ángulo, al travesaño. Muy de vez en cuando, afuera. Y ahí se enojaba.
Scotto todavía le agradece por el contrato que le consiguió con Puma.
Maradona siempre será el hombre más público de todos, pero también el más inédito. Alrededor de su figura flotan una locura de historias que conviven en la cabeza de los privilegiados que estuvieron con él. Sus relatos sobreviven pero también pesan por lo que pudo haber sido, por el reflejo de un ser pleno que ya no está y que, sobre el final de su vida, se fue apagando de una manera contradictoria a su propio camino.
