Diego Armando Maradona, entre lo humano y lo divino

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Maradona fans
Con más claroscuros que una obra de Caravaggio, el futbolista del pueblo brotó de entre lo más humilde para representar lo divino.

OPINIÓN

Tuvo más claroscuros que un cuadro de Caravaggio pero, exactamente igual que sucede con la obra del pintor renacentista italiano, brotó de entre lo más humilde de la sociedad para elevarse hasta representar lo divino, para poner al mundo ante un espejo en el que no aguantó su propia mirada al ver como un despojado de Villa Fiorito desnudaba a los amos del planeta y daba voz a los que nunca tuvieron nada, los mismos que al fin pudieron atesorar algo propio sin miedo a que se lo arrebataran. Porque ni Diego ni Maradona estuvieron jamás en venta.

Su figura es compleja, capaz de generar religiosa admiración entre los que comprenden que, a pesar de sus mil y un errores, los mismos que habría cometido cualquier ser humano en su posición de enviado de Dios, nunca olvidó sus orígenes ni su gente; a la vez, sus detractores se cuentan por millones si bien nadie le podrá negar que fue el futbolista del pueblo por antonomasia, el profesional del deporte más popular del planeta al que los poderosos no pudieron someter y que si cayó fue solo por sus propios vicios terrenales, que se convirtieron en el agujero en el que los que se la tenían jurada acabaron sepultándole.

Su amigo y preparador físico, Fernando Signorini, reveló al respecto que "Diego era un chico con inseguridades, un pibe maravilloso, mientras Maradona era el personaje que se tuvo que inventar para poder estar a la altura de la exigencia del negocio del fútbol y de los medios de comunicación". Ello no le exime de ningún exabrupto, improperio o meada fuera de tiesto pero no le señalen si actuó como el ser humano que en realidad era y recuerden lo que le cantaba Manu Chao. "Si yo fuera Maradona, viviría como él".

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