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Bailar pegados

6:22 GMT-5 29/09/22
Luis Enrique GFX
Rubén Uría analiza el 'deja vu' que se está viviendo con Luis Enrique

Ya lo cantaba el amigo Sergio Dalma. Bailar de lejos no es bailar, porque es como estar bailando solo. Precisamente por eso, telepredicadores, bufones mediáticos, patriotas de pacotilla, meritocráticos de camiseta, nacionalmadridistas y miles de seleccionadores nacionales potenciales, bailan pegados. Así les tiene Luis Enrique. Bailando. Y cada vez, más pegados. A este seleccionador nacional, al que se le pueden discutir sus convocatorias, pero no sus resultados, es mejor no tocarle las palmas, porque le va la marcha. Un tuit y un recuadro con datos, no opiniones, han bastado para que el contenedor de bilis del personal se haya disparado hasta las cotas más altas. Construida la trinchera, o con Lucho o contra Lucho, el seleccionador ya sabe que el toro que le ha de matar está en la dehesa. Su crimen intolerable: no empatizar con el madridismo. Las aguas fecales en las que se han empeñado en bañar a Luis Enrique ya lindan las playas del odio que se alcanzaron con el difunto Luis Aragonés, aquel señor al que primero asesinamos su reputación gratuitamente y después elevamos a los altares, batiendo el récord mundial de cinismo. Bailar pegados es bailar.

El movimiento ‘hater’ de parte del periodismo de este país hacia Luis Enrique, al que cada día se le está poniendo más cara de Aragonés, curiosamente está monopolizado por los nostálgicos que se jactaban de aquel famoso dedo que señalaba el camino. No sorprende. Llevan años tiroteando a un seleccionador, arrogándose una bandera que, paradojas de la vida, pisotean cuando festejan apasionadamente las hazañas de la Portugal de CR7, la Croacia de Modric, la Francia de Mbappé y la Brasil de Vinicius. Quien olvida la historia se condena a repetirla. A Clemente se le puso en la frontera y se le enterró en cal viva con la coartada de los resultados. A Luis se le demonizó en vida y con la Eurocopa bajo el brazo, se le santificó en su muerte. Le dimos hostias de todos los colores. A Vicente le recibieron con los brazos abiertos y se le aplaudió por su concordia, pero en cuanto empatizó con el Barça y su estilo, pasó a ser el marqués al que todo hijo de vecina podía faltar al respeto. Ahora el blanco es Luis Enrique. Ninguna sorpresa. Es un ‘deja vu’. Bailar pegados es bailar. Como Vini. Igual que baila el mar con los delfines.

Sin tregua. Acoso y derribo. Leña a Lucho, que es de goma. Un día la crítica es porque es antimadridista (¿no se puede ser seleccionador siendo antimadridista?), otros es porque sigue llevando a Eric García, otros porque Ramos deja de ir, otros porque no va Nacho, al siguiente es porque Ferran mantiene una relación con su hija, otros porque no va Aspas y hoy es porque tuitea recuadros que, puestos en contexto, contienen resultados más que decentes. Quizá ese tuit tenga un efecto ‘boomerang’ si en Qatar no sale cara. Es igual. Importa entre poco y nada. Si fracasa, no habrá piedad. Y si triunfa, el hámster seguirá dando vueltas en su rueda. El bucle de críticas y chinitas, más o menos zafias, seguirá multiplicándose. Hasta el infinito y más allá, porque sus críticos son inasequibles al desaliento. Si pierde, jarabe de palo. Y si gana, España aburre. El problema para los que odian a Luis Enrique es que el asturiano no pone la otra mejilla. Al contrario. A Lucho le va la marcha, sabe cómo va este circo y devuelve las hostias que recibe. No es un pecado estar contra Luis Enrique. Nadie es menos español por eso. Simplemente, bastaría con reconocer que, por ahora, sus resultados están siendo excelentes. Algunos se pasan la vida hablando de la dignidad de los demás y con Luis Enrique han perdido la suya. Bailar pegados es bailar.

Rubén Uría