El FC Internazionale Milano, su presidente Giuseppe Marotta, el vicepresidente Javier Zanetti, el entrenador Cristian Chivu y su cuerpo técnico, los futbolistas y todo el mundo Inter se unen con profunda conmoción al dolor por el fallecimiento de Sandro Mazzola, leyenda del Inter y del fútbol mundial y, al recordarlo, abrazan a sus familiares.
Las ganas de recordar se mezclan con el pudor: ¿qué difícil es encontrar las mejores palabras para despedir a quien escribió la historia, la escribió de verdad, de manera indeleble y sin precedentes?
Y luego cuesta, atenazados por una melancolía que ya está presente y que no nos dejará, porque nos parece verlo todavía aquí, entre la sede y Appiano, recordando a Puskas, a Herrera, a Suárez y Corso, una anécdota tras otra para mezclarlas enseguida con la actualidad, con las ganas de Inter encendidas en los ojos, de hablar de Lautaro y de nuestro Inter, el de ahora, el de siempre.
Sandro Mazzola fue uno de los más grandes futbolistas de la historia. No solo de la del Inter. Él fue la historia del Inter: entró de niño y ya no salió nunca. Sobre los hombros, una pesada carga, el recuerdo de un padre que parecía invencible. En el destino, dos legendarios del Inter que de hecho lo criarían, acompañándolo en el recorrido de la historia.
Una sola camiseta para toda la vida, un solo sueño. Que construir sin un padre, perdido en la tragedia de Superga, la del Grande Torino. Alessandro tenía seis años, cinco meses y 23 días, para todos Sandro, Sandrino. Veía las caras destrozadas de la gente que lo abrazaba y le pasaba las manos por la cabeza y se preguntaba qué estaba pasando. Quién fue Valentino, Sandro lo conoció en la épica transmitida día tras día. Empezó a cultivarla en el oratorio San Lorenzo de Milán, en Porta Ticinese, en partidos a todo el campo contra Adriano Celentano. No fue el único interista que marcó su crecimiento: Giuseppe Meazza y Benito Lorenzi. Meazza lo formó técnicamente, enseñándole todos los secretos. Lorenzi se presentó en casa de Sandro, en Cassano d’Adda, con botas y balón. A los 8 años, Mazzola y su hermano eran de hecho las mascotas del Inter: entre el campo, los vestuarios y el estadio, una formación interista total.
Quemar etapas, hacerse mayor por necesidad. Sandrino lo hizo rápido, también gracias a los acontecimientos. Él, nacido en el 42, fue lanzado al campo con el primer equipo en la famosa repetición de Juventus-Inter, el 10 de junio de 1961, en Turín. De un examen en el colegio al viaje a la capital piamontesa, donde Moratti y Herrera alinearon al Primavera. Terminó 9-1, y para el Inter marcó un chico delgado y bueno en el toque: Sandro Mazzola. Tenía 18 años.
Una segunda punta, diríamos hoy. Un 8 y un 10, como las camisetas que llevó en el Inter. ¿Interior o delantero centro? Herrera logró construirle el papel adecuado, para una explosión incontenible en aquel ejército espectacular que era la Grande Inter. ¿La consagración? Muy pronto, santificada por los monstruos sagrados del fútbol mundial. Prater de Viena, final de la Copa de Europa, 1964. En la salida al campo fue Suárez quien empujó a Mazzola al césped: Sandro se había quedado admirando a sus ídolos fuera de los vestuarios, Di Stéfano, Puskas y los otros campeones del Real Madrid. Luego, en el campo, dos goles. Doblete en una final de la Copa de Europa, el primer triunfo europeo del Inter, un triunfo sin precedentes con las firmas de Mazzola y los elogios de Puskas: “Eres digno de tu padre Valentino”, le dijo el fortísimo húngaro, regalándole la camiseta.
Historias que conocemos de memoria, que hemos escuchado una y otra vez sin cansarnos nunca, descubriendo cada vez un detalle nuevo, contado por una voz afable y siempre emocionada al recordarlo. Un sentido de devoción y de agradecimiento total hacia el Inter -“para mí como una madre”-, correspondido con una infinidad de jugadas, de goles, de maravillas. Cuatro Scudetti, dos Copas de Europa, 2 Copas Intercontinentales, el título de máximo goleador de la Serie A (en 1965 con 17 goles) y de la Copa de Europa (7 goles en 1964). Segundo en el Balón de Oro de 1971 por detrás de Johan Cruyff.
La Grande Inter de Angelo Moratti, de Helenio Herrera, de Sarti, Burgnich, Facchetti. Mazzola allí, entre el centro del campo y el ataque, dibujando trayectorias y marcando goles. Noches europeas, tardes en el Meazza. Goles pesadísimos e inolvidables. Su sello contra Independiente en la Copa Intercontinental, la remontada ante el Liverpool firmada y celebrada con “When the Saints Go Marching In” sonando por los altavoces de San Siro. Y aún más: el gol en el derbi a los 13 segundos, el gol en Inter-Lazio en 1966 que regala la Primera Estrella. Hasta 1977. En medio, la Eurocopa con Italia, los Mundiales, la alternancia con Rivera.
17 temporadas, 565 partidos oficiales, 158 goles. Un vínculo con el Inter que nunca se cerró, con la carrera como directivo y después como director deportivo. También detrás del escritorio, intuiciones únicas. Platini y Falcao, luego frustrados. Zenga, devuelto a Milán desde la Sambenedettese. Y, sobre todo, Ronaldo. El Fenómeno, llegado tras la presión de Moratti y Mazzola, precisamente. Cuando R9 fue presentado en la sede del Inter, a su lado estaban Luis Suárez y Sandro Mazzola.
Sus visitas a la sede del Inter continuaron también en los últimos años; él, que está en el Hall of Fame del club, siempre contó el vínculo único e indisoluble con los colores del Inter. También lo hizo contándoselo a Lautaro y sus compañeros, en una visita reciente a Appiano Gentile. Donde se sentía como en casa, donde recordaba las concentraciones con Herrera, entre anécdotas maravillosas y divertidísimas.
El cariño de los aficionados del Inter también lo sintió en directo en mayo de 2024, el día de la celebración de la Segunda Estrella: él, con Bedin y Cappellini, sobre el campo, homenajeados por aquella primera estrella lograda 58 años antes.
Brillaba en el campo, brilla también ahora, la estrella del bigote. Que, como contó a menudo, tenía un solo, último, deseo: “Ser recordado como un buen hombre, que compite incluso cuando es imposible ganar, como en aquel 9-1”.
Lo haremos, Sandro.