France Legacy GFXGetty/GOAL

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LEGADO: De Berlín a Doha: cómo Francia aprendió a ser resiliente en la Copa del Mundo

El pitido final. En Berlín, el 9 de julio de 2006, suena como la campana fúnebre de una tragedia griega. Confirma la caída de un dios, Zinedine Zidane, y el brutal final de una era dorada. La imagen se congela en el tiempo: una tarjeta roja, una mirada vacía, un trofeo rozado pero nunca tocado.

Dieciséis años después, el 18 de diciembre de 2022, en Doha, suena otro pitido final. Este concluye una derrota, sin duda, pero una derrota heroica, casi victoriosa en su garbo. No sella un final, sino que confirma la existencia de una dinastía y la coronación de un nuevo rey, Kylian Mbappé, autor de un asombroso hat-trick.

Entre estas dos finales de la Copa del Mundo, Francia vivió una de las odiseas más dramáticas del fútbol internacional moderno. Un ciclo completo de muerte y renacimiento, de la vergüenza absoluta a la gloria eterna. Es la historia de una selección nacional que, tras tocar fondo, reconstruyó meticulosamente su alma, purgó sus demonios y forjó una nueva identidad más resistente y pragmática. Un legado que ya no se define por la brillantez de un genio solitario, sino por la fuerza inquebrantable del colectivo.

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    La caída de los titanes

    La aventura de la Copa del Mundo de 2006 no comenzó con una explosión, sino con un murmullo de inquietud. Francia, envejecida y carente de inspiración, pasó a duras penas la fase de grupos con dos empates, lo que provocó grandes dudas sobre sus posibilidades de ganar el título.

    Este equipo se salvó del naufragio gracias al providencial regreso de los veteranos Claude Makelele, Lilian Thuram y, sobre todo, Zidane. Tras salir de su retiro internacional un año antes, su regreso se percibió como mesiánico. 

    «Dios existe y ha vuelto a la selección francesa», declaró Thierry Henry, pero esta frase revelaba un defecto estructural: la dependencia casi total del equipo de un solo hombre.

    La final en el Olympiastadion de Berlín fue el escenario perfecto para la última actuación del maestro. En el minuto siete, Zidane abrió el marcador con un audaz penalti a lo Panenka, un gesto escandaloso que resumía su genio y su absoluta confianza. Francia dominó y el defensa italiano Marco Materazzi reconocería más tarde, sin ambigüedades, la superioridad de Les Bleus esa noche. En la prórroga, Zidane remató de cabeza con fuerza, pero Gianluigi Buffon desvió milagrosamente el balón. Ese fue el momento en el que el sueño debería haberse hecho realidad.

    En cambio, en el minuto 110, Materazzi se encontró en el suelo. El incidente que lo llevó allí ocurrió lejos del balón, una provocación verbal sobre la hermana de Zidane. La respuesta fue rápida como un rayo, animal, un violento cabezazo en el pecho del italiano. Se mostró la tarjeta roja; la imagen de Zidane caminando con la cabeza gacha junto al trofeo mientras regresaba al vestuario se convirtió en un icono de la trágica derrota. Privados de su guía, el equipo se derrumbó psicológicamente y cayó en los penaltis.

    La reacción, un estado de conmoción nacional, fue inmediata. Este acto no destruyó la leyenda de Zidane en Francia, sino que añadió una capa de complejidad humana que hizo su leyenda aún más poderosa. Pero para la selección francesa, las consecuencias fueron profundas. La «generación Zidane» había llegado a su fin. La marcha del único hombre capaz de mantener unido el edificio creó un enorme vacío de poder. Nadie estaba preparado para heredar el testigo, y las semillas de Knysna se sembraron en el campo de Berlín.

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    Implosión

    El periodo posterior a 2006 fue de lenta y dolorosa erosión. La Eurocopa 2008 fue un fiasco: eliminación en la primera ronda con un solo gol marcado, concluida con la surrealista propuesta de matrimonio en directo por televisión del seleccionador Raymond Domenech minutos después de la derrota ante Italia. La clasificación para el Mundial de 2010, por su parte, se vio empañada por la famosa mano de Henry en la repesca contra Irlanda. Por lo tanto, se trataba de un equipo en crisis de legitimidad que aterrizó en Sudáfrica.

    Tras un insípido empate con Uruguay y la derrota ante México, la crisis deportiva se vio eclipsada por una crisis institucional. En el descanso del partido contra México, se produjo una violenta discusión entre Nicolas Anelka y Domenech. Los insultos, recogidos en la portada de L'Equipe con devastadora precisión, encendieron la mecha, y la Federación Francesa de Fútbol (FFF) decidió expulsar a Anelka de la selección.

    El 20 de junio de 2010, el fútbol francés escribió su capítulo más oscuro. En el campo de entrenamiento de Knysna, los jugadores se negaron a bajar del autobús. Se corrieron las cortinas mientras, fuera, cámaras de todo el mundo filmaban una escena surrealista.

    El preparador físico Robert Duverne, furioso, lanzó su cronómetro y tuvo que ser separado del capitán Patrice Evra. Domenech, humillado, se vio obligado a leer ante la prensa una declaración escrita por los jugadores. Fue un colapso total de la autoridad institucional, un acto de rebeldía sin precedentes en el que jugadores millonarios se amotinaron en plena Copa del Mundo.

    La eliminación en la primera ronda fue una mera formalidad, y Francia regresó a casa avergonzada. Se inició una investigación parlamentaria, algo poco habitual en un asunto deportivo, y la selección francesa se convirtió en el hazmerreír mundial, símbolo de disfunción y egoísmo. El trauma marcaría la psique colectiva francesa durante años. Lo que ocurrió en Knysna trascendió el deporte; fue la quiebra de todo un sistema.

  • Spain v France - UEFA EURO 2012 Quarter FinalGetty Images Sport

    Renacimiento imposible

    Laurent Blanc heredó un equipo en ruinas. Nombrado urgentemente para suceder a Domenech, el campeón del mundo de 1998 tuvo la tarea de purgar los elementos tóxicos y restaurar una apariencia de dignidad.

    Comenzó con un gesto contundente, insistiendo en que ninguno de los protagonistas de Knysna sería convocado de nuevo. Pero Blanc se enfrentó rápidamente a otra tormenta: el «escándalo de las cuotas». Las revelaciones sugerían que la FFF había considerado limitar el número de jugadores con doble nacionalidad en los centros de entrenamiento, un debate delicado que sacudió los cimientos del fútbol francés, supuestamente defensor de la diversidad.

    La Eurocopa 2012 en Ucrania y Polonia se convirtió en el examen de aprobación. Francia, debilitada por la pérdida de jugadores clave, logró llegar a cuartos de final. Pero la derrota ante España, actual campeona del mundo y dos veces campeona de Europa, reveló los límites del proyecto.

    Blanc había estabilizado el barco sin llevarlo a la cima. Su historial era respetable, pero insuficiente. Francia necesitaba un hombre capaz no solo de apagar incendios, sino de reconstruir los cimientos.

  • FBL-WC2014-FRA-JPN-FRIENDLYAFP

    El arquitecto

    En julio de 2012, Didier Deschamps fue nombrado seleccionador de Francia. La elección parecía casi inevitable. Campeón del mundo en 1998 y campeón de Europa en 2000 como capitán, Deschamps encarnaba el liderazgo y la mentalidad ganadora. Pero también era una figura controvertida. Antiguo centrocampista defensivo con un juego utilitario, había sido objeto de burlas durante mucho tiempo, en particular por parte de Eric Cantona, que lo apodó «el aguador», el trabajador que hace el trabajo sucio sin brillar.

    Sin embargo, fue precisamente esta mentalidad trabajadora, este ego al servicio del colectivo, lo que convirtió a Deschamps en el perfil ideal para la Francia posterior a Knysna.

    Deschamps impuso inmediatamente su visión de que la cohesión del grupo estaba por encima de todo. No había estrellas intocables, ni indulgencia con los comportamientos desviados. No buscaba el fútbol bonito que apreciaban ciertos puristas. Construyó equipos sólidos, difíciles de batir y capaces tanto de sufrir como de adaptarse. Su pragmatismo le valió críticas, pero no le importaba; solo importaban los resultados.

    El Mundial de Brasil de 2014 fue el bautismo de fuego de Deschamps. Francia, rejuvenecida y llena de ambición, impresionó con su juego ofensivo en la fase de grupos. Karim Benzema estaba finalmente en la cima de su carrera con la camiseta azul, apoyado por el vigor de jóvenes talentos como Antoine Griezmann y Paul Pogba. Pero en los cuartos de final contra Alemania, Francia cayó. La desilusión fue grande, pero la valoración, alentadora. Se había creado un impulso.

  • Portugal v France - Final: UEFA Euro 2016Getty Images Sport

    Prueba de resiliencia

    La Eurocopa 2016, celebrada en Francia, representaba una oportunidad de oro, pero también una trampa formidable. La presión mediática era aplastante y todo el país esperaba un título en casa.

    Deschamps dirigió al equipo con mano de hierro. Excluyó a jugadores indisciplinados como Hatem Ben Arfa y Benzema, este último envuelto en el escándalo de chantaje con un vídeo sexual de Mathieu Valbuena que acaparó los titulares franceses. El entrenador dio prioridad a la estabilidad por encima del brillo individual.

    La trayectoria del equipo fue controlada hasta la final. Francia eliminó sucesivamente a Irlanda, Islandia y, lo que es más importante, a Alemania en la semifinal. El Stade de France vibró, pero la final contra Portugal se convirtió en una pesadilla. Cristiano Ronaldo se retiró lesionado en la primera parte, pero fue Portugal quien se llevó la victoria en la prórroga gracias a un gol de Eder. La decepción fue inmensa tras la tercera derrota de Francia en una final en diez años.

    Pero, a diferencia de 2006, esta derrota no provocó el colapso. El equipo había demostrado fortaleza mental y resistencia. Los cimientos establecidos por Deschamps se mantuvieron firmes, y esta capacidad de absorber los golpes sin desintegrarse fue el fruto de su incansable trabajo en la cohesión del grupo. Francia estaba preparada para lo que vendría después.

  • TOPSHOT-FBL-NATIONS-FRA-NEDAFP

    Apoteosis del pragmatismo

    La Copa Mundial de 2018 en Rusia fue la obra maestra de Deschamps. Su enfoque, a menudo criticado por carecer de estética y tildado de «feo», resultó ser implacablemente eficaz.

    Francia abandonó la posesión del balón (solo un 49 % de media, lo que la situó en el puesto 20 del torneo) en favor de un bloque defensivo compacto, diseñado para eliminar espacios y lanzar contraataques devastadores. Este sistema se adaptó a sus jugadores: el trabajo incansable de N'Golo Kante y Blaise Matuidi, la visión de Pogba, el juego de pivote de Olivier Giroud y, sobre todo, el ritmo devastador de Griezmann y el joven prodigio Mbappé.

    La fase eliminatoria fue un modelo de gestión táctica: caos controlado contra Argentina (4-3); control contra Uruguay (2-0); disciplina férrea contra Bélgica (1-0) y eficacia clínica en la final contra Croacia (4-2).

    Esta victoria fue obra de varios hombres, entre ellos Deschamps, el pragmático jefe que acalló a sus críticos al demostrar que su obsesión por construir un equipo «muy difícil de batir» era acertada, y Mbappé, la superestrella emergente que irrumpió con fuerza en la escena mundial. Pero, sobre todo, fue la victoria del colectivo.

    El símbolo fue Giroud. Esencial para el sistema, no marcó ni un solo gol en el torneo, en un sacrificio que habría sido impensable para los individualistas de generaciones anteriores.

    El triunfo de 2018 no fue solo una victoria deportiva, fue una victoria ideológica. La revancha del colectivo sobre el individuo, la prueba de que un equipo unido y disciplinado podía volar más alto que un conjunto de talentos desunidos. Fue la revancha definitiva de Knysna.

  • FBL-WC2022-EUR-QUALIFIER-FRA-KAZAFP

    Gestión del nuevo estado

    El triunfo de 2018 no fue una casualidad. Fue el fruto de un sistema de desarrollo excepcional, cuya joya es el Instituto Nacional de Fútbol de Clairefontaine, situado en la región de París. Este centro de formación y desarrollo se ha convertido en una referencia mundial.

    La filosofía de la FFF, centrada en formar jugadores técnicamente completos, tácticamente inteligentes y versátiles, ha creado una cantera de talentos sin igual. Esto explica cómo Francia puede permitirse perder a varios jugadores de talla mundial como Pogba, Kanté o Benzema justo antes de un Mundial y aún así llegar a la final.

    Si 2018 reveló a un prodigio, los años siguientes confirmaron la llegada de un monarca. Mbappé, el goleador más joven de Francia en un Mundial y el segundo más joven de la historia (después de Pelé) en marcar en una final, pasó de ser una revelación a convertirse en un líder indiscutible. Su hat-trick en la final del Mundial de 2022, que casi por sí solo forzó la prórroga, consolidó definitivamente su estatus como heredero de los grandes.

    Sin embargo, la era Deschamps no puede relatarse sin mencionar la saga Benzema. Tras el escándalo del vídeo sexual que involucró a Valbuena en 2015, Deschamps tomó la audaz decisión de prescindir de su delantero más talentoso, dando prioridad al equilibrio de la plantilla. En un giro pragmático de la trama, volvió a convocar a Benzema para la Eurocopa de 2021, reconociendo su excepcional nivel en el Real Madrid, pero el delantero sufrió una lesión justo antes de la Copa del Mundo de 2022 y abandonó la selección en circunstancias controvertidas, en medio de versiones contradictorias de los hechos que generaron una nueva polémica.

    Esta saga ilustra la paradoja central de la gestión de Deschamps: un pragmatismo adaptativo en el que se pueden eludir los principios si está en juego la victoria.

  • Argentina v France: Final - FIFA World Cup Qatar 2022Getty Images Sport

    Círculo completo

    La Copa del Mundo de 2022 marcó el ocaso de la generación campeona del mundo. Las retiradas internacionales tras el torneo de pilares como Hugo Lloris y Raphael Varane, seguidas más tarde por Giroud, cerraron oficialmente la «generación Griezmann». Al mismo tiempo, la competición confirmó la llegada al poder de la siguiente generación. Jugadores como Aurelien Tchouameni se consolidaron como pilares, garantizando una transición fluida y la perpetuación de la excelencia.

    La final de 2022 contra la Argentina de Lionel Messi fue el contrapunto perfecto a Berlín. Con un 2-0 en contra y completamente superada durante 80 minutos, Francia no se hundió. A diferencia del equipo de 2006, que se derrumbó tras perder a su líder, la selección de 2022, impulsada por un extraordinario Mbappé, orquestó una de las remontadas más espectaculares de la historia de las finales. Esta resistencia, este rechazo visceral a la derrota, es el sello distintivo de la era Deschamps. Es la fortaleza mental forjada en el infierno de Knysna y en las lágrimas de la Eurocopa 2016.

    La valoración final de Deschamps es la de un arquitecto. Se hizo cargo de un equipo en descomposición moral que se había convertido en una vergüenza nacional y lo transformó en una potencia mundial. Con un título mundial, otras dos finales y un triunfo en la Liga de Naciones, su palmarés lo sitúa en el panteón de los mejores entrenadores internacionales. No será recordado como un filósofo del fútbol bonito, sino como un constructor de máquinas ganadoras.

    La historia parece destinada a cerrar el círculo. Deschamps ha anunciado que dejará su cargo después del Mundial de 2026 y, para sucederle, se cierne una sombra, la de Zidane. La hipótesis es tan natural que el propio Deschamps la ha validado. La simetría sería perfecta: el hombre cuya trágica salida en Berlín inició este ciclo de 16 años de caos y reconstrucción es hoy el mejor situado para heredar la dinastía estable que surgió de las cenizas que él mismo dejó atrás.

    Puede que el mayor legado de Deschamps no sea la segunda estrella, sino la institucionalización de la resiliencia. Sustituyó una cultura frágil, dependiente del estado de ánimo de un genio, por un ADN colectivo en el que la capacidad de sufrir y luchar se ha convertido en algo natural. Es esta fuerza tranquila la que legará a su sucesor, para que la era de Les Bleus pueda continuar.

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